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Crowdfunding o el triunfo del miedo

Crowdfunding o el triunfo del miedo

Crowdfunding o el triunfo del miedo
octubre 28
03:42 2014

Recientemente, en unos de mis viajes en tren por la ciudad de Frankfurt, advertí que la señal luminosa de mi Samsung S3, esa que nos mantiene en vilo pendientes de su significado, de las implicaciones de su brillo, no paraba en su tarea de hacerse notar. A veces verde y otras veces azul, se apagaba y encendía acompasadamente recordándome los rudimentarios dancing lights de aquellas fiestas que se hacían los sábados en diferentes enclaves de La Habana. No había dudas, alguien o algo requería mi atención.

Miré en las actualizaciones y descubrí que se trataba de ese omnipresente y subyugante invento tecnológico que trae de cabeza a nuestra contemporaneidad, caballo de Troya para tanta privacidad, causa subcutánea de tanto divorcio; o sea, Facebook. Y advertí que en el chat un antiguo amigo (esto apurando la elasticidad del término) de uno de los barrios donde viví en la capital dicen que de todos los cubanos, me estaba ofreciendo algún tipo de colaboración en algún asunto que no terminaba de definir.

O dicho de modo más directo: estaba a la caza de financiamiento. Me apresuré a aclararle, para evitar posteriores decepciones, que mi bolsillo no andaba tan feliz, que tenía determinadas luchas contra determinados gigantes, y muy poco tiempo. Pero incluso así le pedí que me trasmitiera cuáles eran sus intereses y cuáles sus ideas. Mi “amigo” dio un cierto rodeo deslindando, eso sí, que no se requeriría de mi aporte financiero personal; se trataba de la modalidad novedosa del crowdfunding (un tipo de micromecenazgo mediante el cual, según Wikipedia, un grupo de personas realizan una red para conseguir dinero u otros recursos, en función de financiar una idea, un producto), método que ya conocía y que me parecía óptimo para cualquier propósito que requiriera de patrocinio. Mi papel sería entonces el de coordinador, siendo que yo en mi casa, en el móvil o en cualquier Café Internet de poca monta, tengo lo que tenía que tener, o sea, acceso a una internet de calidad más que decorosa, barata y veloz.

Dada mi aprobación, dispuesto a confabularme en complicidad creativa con mi “amigo”, le pregunté sobre la naturaleza de su idea. Me dio largas no sé por cuál razón, puesto que es bien difícil solicitar la colaboración de alguien en algo sin explicarle qué. Antes más bien me preguntó nuevamente por mi tiempo, cómo era, cuál era su calidad, si disponía de él. Le repetí que bueno, estaba bastante “apretado” de tiempo y cargado de problemas, los cuales por una rara obsesión me perseguían a todas partes, negados a dejarme descansar. Le dije en otras palabras y dado cierto grado de confianza que, en ese mismo instante y sin apartarme de mi más vitalista optimismo, me iba más mal que bien, pero con bien fundadas esperanzas de cualquier tipo de mejora. Fue entonces cuando, luego de una breve pausa, leí que mi interlocutor me escribía: “por eso yo prefiero quedarme a vivir en el lugar donde nací y donde está mi gente”.

Algo de índole incómoda se activó dentro de mí, como una intuición de que ciertamente no se debe solicitar ayuda, apoyo o que alguien sea tu tabla de salvación dejando entrever desde la distancia y el supuesto reguardo de “los tuyos” que la decisión del mismo de abandonar su país y enfrentar lo desconocido, lo cual conlleva riesgos y responsabilidades varias, ha sido equivocada. O sea, esa decisión que sirve como ejemplo de que afuera uno lo puede pasar mal, o puede uno tener problemas, o puede uno tener que enfrentarse a este u otro coco.

Aquello me pareció una infame manera de restregarme en la cara algo así como “viste, lo sabía, afuera no se está tan bien…”. Por eso, porque aquella expresión de aquel conocido me había horadado el alma, medí muy bien mis palabras, el peso de mi respuesta, consciente de que esta podía ser definitoria y, más que nada, consciente de que mi “amigo” seguramente estaba conectado a internet en algún sitio o dependencia estatal, con las consabidas restricciones y vigilancias. Tampoco quería ser hiriente de la misma manera que él, tal vez sin querer, o quién sabe si queriendo, había conseguido serlo. Entonces le escribí, en ese espacio que puede convertir un chat en el Aleph que delata todas las intenciones, un credo elemental que dice así:

“Prefiero enfrentarme a mis problemas en un país que me dio asilo, y donde tengo libertad, a tener que vivir en una tierra en la cual su gobierno impide a las personas acceder a internet, convirtiéndolos en analfabetos digitales”.

Mi amigo –bueno, es un decir–, quedó en silencio, suspendido en una pausa que se fue ensanchando al punto que mi ya legendario y utilitario compañero con ADN coreano –del sur no tan feroz–, que siempre  me acompaña, decidió reposar y apagó su pantalla. Mi conocido, el libre, el artista del arte indefinido, el rompedor, el de los dreadlocks, siempre rodeado de los suyos en el plácido y cálido ecosistema familio tropical, había enmudecido hasta más no saber, tal vez hasta más nunca.

Era el triunfo del miedo. Un escenario en el cual la única verdad evolutiva es la que imponen la presión, la coerción y el miedo, el sistema de gobierno, sus figuras totémicas y los diversos personajes menores y perfectamente reciclables que sostienen su engranaje como ejes prestos siempre a vigilar, a descubrir y a condenar. Un miedo que nos deja sin capacidad de interactuar. Un miedo conocido porque muchos lo vivimos de una manera u otra; por tanto, se trata de un miedo que podemos comprender. Es el Ángel Yunier Remón Arzuaga (El Crítico)miedo a la pesquisa sistemática, cotidiana, que en la red los gendarmes muy bien capacitados y empleados por el régimen, realizan. Es un miedo bien fundado, porque a fin de cuentas es cierto que las figuras famosas, digamos las Yoani y Berta Soler; los Yusnabi y Antonio Rodiles, están saliendo y entrando del país, ¿pero si uno se pone fatal y le sucede como a Ángel Yunier Remón Arzuaga, El Crítico (en la foto), rapero, igualmente joven artista de la poesía oral contestataria (bueno, parece que contestataria de verdad), bien arropada por el beat de turno? Se entiende ese miedo, incluso a responder en el espacio reducido y supuestamente personal de un chat ante alguien que ya tiene la libertad de decir lo que desea y cuando lo desea. Incluso de decidir ausentarse de aquel ecosistema, aquella patria que se ha vuelto tiránica hasta el punto de la incertidumbre, del “¿me dejarán entrar?”, “¿me dejarán salir?”.

Declaro entonces mi comprensión y mi ausencia de repulsa ante la desaparición del “conocido aquel”. Eso sí, si regresa a mi chat, y si quiere dialogar, buscar apoyo, alguien con el acceso diario a esta amenaza acechante que para la dictadura  resulta la internet, que le sirva de ágil intermediario entre él, su idea y el posible mecenas, será recibido con los brazos, o con mi Facebook, abiertos. Eso sí, mi primera frase detrás del “Hola, qué tal” será seguramente: “mi socio, ni te imaginas lo sabroso que es vivir en democracia y tener la internet en casa o en el móvil, sin que nadie te moleste”. El chat seguirá abierto. Permanecer o no, contestar o callar, ya será cuestión suya.

Sobre el autor

Osmel Álvarez Burgos

Osmel Álvarez Burgos

Proyectándose a sí mismo como sujeto embrionario, constructor de heterónimos a materializarse en un “cercano presente”, Osmel Álvarez lleva en sí el germen de un Dj, de un músico electrónico, de un posible escritor o de un activista antirracista en ciernes. Es frecuente polemista de las redes en temas que contraponen el ideario, las ansias y las fobias de diferentes generaciones y destinos migratorios de cubanos, o al menos eso intenta cuando se lo permiten. Ha ejercido de músico en diversas ferias de Frankfurt, la ciudad donde vive en Alemania.

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3 comentarios

  1. Churry2
    Churry2 octubre 28, 10:16

    Es el triunfo del miedo o es el triunfo de la doble moral cubana que ve normal pedir sin sacrificar?

  2. tentaciones
    tentaciones octubre 28, 10:25

    El que no conoce la libertad nunca la aprexiará y su condicion de esclavo hasta le parece una bendición y hasta pueden llegar a amar al q le esclaviza

  3. Uff
    Uff octubre 28, 11:42

    El crowfunding o el título traido por los pelos.

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