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Cruzar la calle

Cruzar la calle

Cruzar la calle
febrero 13
09:16 2014

Puede que lo sobrecogedor e inesperado de aquel suceso sea la causa que me impidió calcular su duración, pero el hecho de haberlo experimentado y también de que su propósito fue de alguna manera consumado, provocó que, a partir de aquel instante, tanto ella como yo hayamos vivido bajo el influjo del insólito acontecimiento.

Acostumbrábamos pasar largas horas juntas, especialmente los fines de semana en las noches, sumidas en diálogos interesantes que casi siempre iban a parar a uno de sus temas preferidos, el ámbito paranormal. Cuando salí al portal a despedirla eran casi las dos de la madrugada de aquella primavera hace más de veinte años, y en el barrio el sueño de los vecinos no parecía turbarse ni con la cantaleta de los grillos y las cigarras en el placer contiguo al pasaje que ella pretendía franquear para regresar a casa.

La cuadra estaba desierta, aquella noche aparentemente la guardia del Comité, la de las mujeres, establecida en el período de once de la noche a dos de la madrugada, se había retirado antes de hora y el relevo masculino, que debía cubrir el lapso entre dos y cinco de la mañana, brillaba por su ausencia. El panorama era inquietante. No sé por qué razón al separarnos, cuando ella se dispuso a cruzar la calle, sentí la sierpe de un escalofrío recorriéndome el cuerpo. Un sudor helado bañó mi frente cuando vi como luego de haber alcanzado la acera de enfrente con la intención de penetrar en aquella suerte de calleja interior que la llevaría hasta la casa en que vivía con nuestra Abuela, ella quedaba paralizada en el gesto de asir la aldaba del portón de madera bajo el cono de luz irradiado por una figura plana y ovalada que se deslizó en la oscuridad acercándose a una velocidad que se hacía indeterminada producto de un comportamiento inusual que no era posible comparar al desplazamiento de un avión u otro artefacto volador conocido.

Para intentar definir la dinámica de aquel movimiento de traslación como un mecanismo de acercamiento en superposiciones progresivas, podría describir cómo el artefacto espacial pasaba de un plano de aproximación a otro sin tocar el espacio trazado entre los puntos en que daba la impresión de cumplir infinitesimales descansos, como si al dejar de estar en la focalización anterior, apareciera en la siguiente saltándose las leyes de la física o simplemente probando que la óptica podía tener sus propios códigos. Fue así que aquel objeto volante de forma ovoide tan cerca de poder ser definido como un OVNI, alcanzó su objetivo que supuse fuera ella, se emplazó en un punto determinado de la escena y abrió el deslumbrante cono de luz verde claro que bañó su rostro en el que pude distinguir con cierta nitidez a pesar de la distancia, una terrible mueca de pavor. Su torso era un escorzo inmóvil de cabeza torcida mirando hacia el lugar donde yo me encontraba de igual forma paralizada. En ese momento me pareció que su único contacto directo con lo que pudiera llamarse el plano real, era el picaporte del portón de madera al que su mano yacía aferrada sin que hubiese podido avanzar en el propósito de tirar de él para abrir la puerta y escabullirse por aquella garganta oscura que la empujaría al ahora tan añorado lugar seguro, la casa.

Repentinamente aquel ingenio que antes había sorprendido al escuálido reducto de paisaje sin vigilancia, levantó el ancla de luz y, de la misma extraña forma en que había aparecido, se retiró, ahora con una maniobra de reversa diferente a la que utilizó al acercarse, para esconderse de nuevo en la negrura del espacio habanero.

Ella, como si regresara de súbito, médula a instalarse en su antigua corteza identitaria, recobró el movimiento perdido, u olvidando quizás –no se lo pregunté– su intención de cruzar el pasaje. Como el OVNI, ella también volvió sobre sus pasos luego de que el sortilegio de aquel instante lograse en nosotras el tremendo efecto de aquella mezcla de miedo y asombro ante lo desconocido.

En vísperas de atravesar una franja que parecía haberse confabulado territorio fronterizo entre circunstancias reales e inverosímiles, ella, mi hermana, pulsó tangencialmente, sin proponérselo, esa molécula de otredad que se origina en la confluencia de ciertas zonas completamente indefinibles. Por fortuna, alguna causa desconocida había interceptado el muón preciso sin el que quedaría cojo el artificio de aquel  encuentro al cruzar la calle; y, átomo devuelto a nuestro espacio y a su tiempo, ella parecía convencida de que una noche como aquélla inducía a la consumación de un delito, tal vez al crimen…

Una infusión de hojas de Anís de España y Caña Santa sirvió de  acompañante a las tostadas con canela y miel en espera de que el hueco del alba se tragara la noche con sus caprichosas invenciones.

Sobre el autor

María Eugenia Caseiro

María Eugenia Caseiro

María Eugenia Caseiro nació en La Habana. Narradora, poeta, es Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba-Exilio, Miembro Colaborador de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Integra la Muestra Permanente de Poesía Siglo XXI de la Asociación Prometeo de Poesía, y el comité editor de La Peregrina Magazín. Es Miembro de la Asociación Caribeña de de Estudios del Caribe, de la Unión de Escritores y Artistas del Caribe y de la Unión Hispanoamericana de Escritores. Ha publicado “No soy yo” en edición bilingüe (español y rumano), 2005; “Nueve cuentos para recrear el café” en edición bilingüe (español y francés), 2010; “Escaparate, el caos ordenado del poeta”, en 2011, y “Arreciados por el éxodo” en 2013. Reside en Miami.

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