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Cuba: Del ego y el alma

Cuba: Del ego y el alma

Cuba: Del ego y el alma
octubre 08
21:31 2013

Desde los primeros años de la Revolución, el pueblo cubano empezó a reunirse en la Plaza convocado por el flautista de Hamelin (Fidel Castro). Era como una especie de éxtasis imaginario, en el que todo el mundo seguía como coro de teatro griego las palabras de aquel hombre que señalaba con gestos apasionados y con una elocuencia avasalladora un futuro de promesas y de utopía; un futuro que se encontraba a unos cuantos años-luz, porque nunca se iba a cumplir (simplemente por el hecho de que todo era una ilusión y un hechizo). Era la potencialidad de ese ser para transformar el pueblo en una masa, y que en cada asamblea, en cada concentración, en cada mitin, se enardecía más y más, y apuntaba hacia una cueva (o Cuba) oscura que terminaba en un despeñadero.

Ese “pueblo” cubano, en aquel tiempo, la emprendía contra otra parte de sí mismo que venía a ser cada uno de los que ellos decían eran burgueses y los hijos de los burgueses, descendientes de españoles, de negros y de cuanta criatura aterrizó en Cuba, y que ya por historia de medio siglo admiraban y rechazaban a los estadounidenses, pero que, peor incluso, no transigían con la nueva palabra del caudillo, y nunca le quisieron perdonar su arrogancia de poder ni que violara la democracia. En realidad, se creó una lucha entre el Alma cubana y el Ego cubano. El ego de un enorme número de isleños escogió el espejismo de lo fantasmagórico y dejó sola a su imaginación anímica, que tuvo que ocultarse o marcharse del país en un riesgoso vuelo o travesía que siempre conducía a la incertidumbre o al naufragio. A partir de ese año de 1959, el Anima Cuba cayó en la ansiedad, el dolor, la soledad y la inercia.

Se dio mucha importancia a los periódicos oficialistas; y en un principio se contuvo y más tarde se prohibió en su totalidad la prensa extranjera; hasta de la Unión Soviética llegaron a prohibirse publicaciones. Todos sabemos que en Cuba, desde mediados de la década del 60, hacer una cultura basada en la exclusiva lectura de la prensa o en las informaciones oficiales dadas por un noticiero de televisión, discursos insoportables, y ya en estos tiempos una mesa redonda (“mesa retonta”, dicen en Miami) es —más allá de contribuir con la pereza mental histórica que teníamos— algo que no conduce más que al descomunal y burdo aburrimiento de una mediocridad espantosa, amén de la infamia de la desinformación, la patraña y la insistencia idiotizante de lo ideológico al lado de la cerrazón política.

La pereza mental —junto al hecho de que España nos negara la instrucción, como bien dijo Fernando Ortiz, para que los habitantes de la Isla no lograran discernir las causas de la realidad que vivían— ha sido una de las claves que ha dado lugar a la ignorancia, y de aquí al debilitamiento de la potencialidad imaginativa que antes (época de la década de los años 50), al lado de la inteligencia natural y un sentido empresarial, hacía que el cubano progresara.

El flautista nos señalaba el camino de esa ignorancia nuevamente, creando espejidades de eslóganes en vez de  imágenes verdaderas: “¿Voy bien, Camilo?” (el ya escritor y periodista Roberto Álvarez Quiñones me ha comentado que F nunca dijo eso, sino: “¿Se oye bien, Camilo?”, porque había dificultades con el audio local y los micrófonos, y el público se quejaba con frecuencia de que no oía bien las palabras del líder barbudo cuando las palomas se le posaron sobre el hombro, en aquel inicial acto en el campamento de Columbia de La Habana, el 8 de enero de 1959, pero que después un periodista tontamente incauto, o nada inocente, lo tergiversó para titular su crónica del acto con esa supuesta “histórica”, bonita frase de: “¿Voy bien, Camilo?”, que en apariencia expresaba la “humildad” del nuevo caudillo). Y el BB obviamente aprovechó muy bien la confusión de la frase.

“El ego de un enorme número de isleños escogió el espejismo de lo fantasmagórico y dejó sola a su imaginación anímica, que tuvo que ocultarse o marcharse del país en un riesgoso vuelo o travesía que siempre conducía a la incertidumbre o al naufragio”. Manuel Gayol Mecías

“Para atrás ni pa coger impulso”; “todo lo que somos hoy, se lo debemos al socialismo” (dicho sea de paso, uno de los pocos lemas, sino el único, que es una verdad tan enorme como una catedral. Este es un slogan-boomerang). Y de este modo, cada una de las intervenciones estaba plagada de símbolos, imágenes, consignas. Y las personas en la Plaza, y al otro día en los trabajos, comentaban con entusiasmo, con la resolución de seguirlas hasta el final.

Y había un afán de sospechosos fans; algo que parecía ser moda y no lo era. Porque la gente no se acababa de dar cuenta de que cada vez pensaban menos y se apasionaban más, se dividían más, hasta que se les fue metiendo en el meollo la condición de ser-turba (más-turba-en-acción: masturbación). Y así, los sesos se iban a los calcañales, como diría un cubano de esos años, y también se iban a los albañales, como diría la lógica de cualquier tiempo. Pero lo más grave y triste es que todo esto no era la moda por un cantante, o un equipo de béisbol, o por un espectáculo determinado, no, sino por un hombre y unas ideas absurdas que estaban costando sangre, fusilamientos, torturas y cárcel.

Y muchos —aun cuando hablamos de buenas personas que creían en el proceso revolucionario con la mejor intención— no eran capaces de descifrar la melodía de aquella flauta medieval que los embobecía, y que era la voz de FC, que les empastaba las ideas en una masa amorfa de embriaguez. ¡Ah!, por supuesto, muchos se dieron cuenta desde un principio, los preclaros, los que de una forma u otra contaban con una visión larga, aunque a decir verdad, después de que se marcharon de la Isla, unos cuantos también volvieron a perder esa largueza de vista y cayeron en la intransigencia contraria, y pensaron que las cosas se resolverían en un año, dos o tres, y además con la misma violencia que le habían aplicado, y es que se pretendía responder con el pasaje bíblico de “ojo por ojo y diente por diente”.

Hay que reconocer que rectificar es de sabios, aunque esto suene manido o refrito. En la actualidad, las personas que han sido consecuentes con la vida y con la honestidad de lo que sienten han reconocido sus equivocaciones, y a mi modo de ver —si nunca hicieron daño, en ningún caso criminal—, pues se merecen el respeto y la consideración que se les debe dar a los que vuelven al mundo corpóreo-imaginativo, al mundo inteligente y sensible. Y hasta algunos que han confesado, en la Isla y en el extranjero, su oscura tozudez de antaño, se les debe admirar por honestos.

Lo interesante de este fenómeno es que los primeros que se dieron cuenta del engaño, y venían a pertenecer a la misma generación que la de F y R (y quizás a una anterior), primero, se atrevieron a sacar a los hijos en la Operación Pedro Pan, y luego buscaron la manera de lograr salir ellos. Este fuerte desmembrado generacional (hablo de los que conforman la misma generación que tomó el poder en Cuba y, como ya dije, algunos también que probablemente fueran de la generación anterior y también posterior, claro que sí), con el dinero que se pudieron llevar, con el esfuerzo laboral y la audacia empresarial y, claro, la educación que poseían —muchos habían estudiado y contaban con una preparación profesional—, ese referido desmembrado generacional, repito, logró hacerse poderoso y cambiar, incluso, la fisonomía del entorno miamense. De modo que los exiliados se constituyeron en las nuevas células extremadamente fuertes de la oposición. Habría que hacer un estudio bien imparcial, desprejuiciado de partidismos e ideologías, desde la perspectiva económica, política y social del exilio, y así sabríamos cuánta ejemplaridad ha dado ese verdadero exilio, al que sí se le puede llamar histórico, cuántos aportes —al igual que los emigrantes de México y demás latinoamericanos— ha dado a la multiexpresividad cultural de Estados Unidos; aportes con los que fue recíproco a lo que este país le entregó.

La generación dividida

Quizás, entonces, en una breve visión del sentido de lo generacional, podamos entender mejor o acercarnos en algo siquiera a ese extraño fenómeno de lo que nos pasó a los cubanos en la Isla, o mejor: de cómo esta hecatombe en la actualidad promete nuevos frutos… podridos.

Por intuición estoy seguro de que, entre varias causas, se encuentra esta de carácter antropológico y al mismo tiempo psicosocial; es decir, de cómo se comporta el cubano de estos tiempos. En realidad, yo sí intuyo (y disculpen que use el pronombre “yo”), de que el problema de Cuba empezaría a resolverse (con muchas dudas, claro, porque verdaderamente el problema de Cuba siempre ha rondado en la incertidumbre y lo impredecible) el día que las dos partes de esta generación de los años 50 que tomó el poder en la Isla haya quedado en el pasado, en la historia de algo que fue y no debió ser; generación que, al escindirse, una parte se instaló en Miami y la otra se quedó en Cuba en posesión de todo; cuando los “intransigentes” (algunos de los que han vivido en Estados Unidos y han tomado la misma postura de los castristas pero desde el extremo contrario) y otros que son los “infiltrados” (venidos con el propósito implícito de socavar la imagen del exilio y de hacerle, por supuesto, el juego a los herederos de los Castro; es decir, a los nuevos ricos y poderosos hijos, parientes y acólitos castristas que aspiran a seguir en el Poder y a querer persuadir de que en Cuba “no pasó nada”, que todo ha sido barrido por la “reconciliación”, o, como dice el escritor Armando Añel, “El cambio sin cambio”); es decir, repito, el problema de Cuba empezaría a resolverse cuando esas dos poderosas partes del mal, extremas pero que se dan las manos,  desaparezcan definitivamente de la palestra pública.

El día que los neocastristas —los que dicen venir como inmigrantes “económicos” y, por supuesto, les han quedado reminiscencias doctrinarias, y que en verdad nunca han representado ni representan al verdadero exilio político, aun cuando muchos inmigrantes “económicos” también sean exiliados políticos pero aparenten no saberlo— ya no puedan realizar labores de zapa (como “intransigentes”, o como “infiltrados” o como “tontos útiles”) ni acciones políticas encaminadas a hacer el juego al Gobierno de la Isla (desde Miami los que dicen creer que el Gobierno de los Castro se está abriendo y desde Cuba los que se dejan instruir y preparar para venir luego a Estados Unidos a cometer distintos tipos de fraudes); cuando todo este saco de incautos, ingenuos y apasionados (que han pasado buena parte de sus vidas dando bastonazos en el suelo o golpeando la mesa con la punta del dedo índice, afirmando que “la dictadura se caerá el año próximo”), y también los malévolos, oportunistas, espías y torturadores camuflados ya estén completamente seniles, y aunque sea, quizás, algunos, por suerte para nosotros, hayan comparecido ante la justicia, sí, ante la Justicia y no ante la venganza, aclaro; y la otra parte de esa misma generación, más senil aún (desde la Isla), pierda la voz ya por el desgaste de sus mítines de repudio; cuando ya todos estos grupos no tengan la posibilidad objetiva, tanto dentro como afuera, de hacer sus participaciones y decisiones respectivamente, entonces, vuelvo a insistir, será cuando en realidad podría crearse una esperanza para empezar la verdadera transición en lo económico, político y social con las nuevas generaciones; es decir, los que en la actualidad son jóvenes (y que conforman una importante cantidad del pueblo) y que aparentan estar descastrizados (si es que no quedan descuartizados), descomunizados (si es que no quedan demonizados), jóvenes audaces y que ya, por ley de la vida, no conocen el miedo o tienen menos miedo que el que hemos tenido nosotros, entonces, insisto, es cuando se supone comenzaría una transición que recaería, como ya dije, en esos jóvenes, y que tendría la posibilidad de restaurar la energía genética e imaginativa necesarias para continuar con la espiral de progreso que se rompió en 1959.

Claro, el problema, como ya se ve, es muy complejo, por la gran diversificación de tipos de personajes en que se ha fragmentado el cubano de estos tiempos; el hombre nuevo del que tanto se habló. Después de los muchos cambios cosméticos que se han tratado y tratan de implementar ahora, el cubano, acostumbrado ya a la discriminación y distribución de la miseria —ansioso de paz y de progreso pero con miedo al liberalismo económico y a una libertad que pudiera inhibirlo del seguro de vida de un paternalismo que les compra el alma—, podría seguir en la corriente de la dependencia y no interesarse o no importarle los grandes valores de la justicia, de la verdadera libertad ni de los derechos humanos, y seguiría navegando en las lagunas de la corrupción y la supuesta resistencia servil.

Así sería fácil caer en un nuevo autoritarismo (bajo un poder disfrazado de democracia, como sucede en estos tiempos en Venezuela); muy probablemente sería el neocastrismo “democrático” de nuevos cuatreros poscomunistas que gobernarían el país, para así crear otro caos, ahora dentro del capitalismo desbordado, sin que la Justicia y las instituciones hagan ruido, o mejor dicho: impongan un orden institucional y, de hecho, se dé “el cambio sin cambio”… Pero todo esto es una verdadera incertidumbre, y como es natural, depende de las nuevas generaciones de cubanos.

Sobre el autor

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías, escritor, investigador literario y periodista cubano, ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1992, y en el año 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, “Retablo de la fábula” (poesía), “Valoración múltiple sobre Andrés Bello” (investigación), “El jaguar es un sueño de ámbar” (cuentos), “Marja y el ojo del Hacedor” (novela) y “La noche del Gran Godo” (cuentos). Reside en California.

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