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Cuba, dos monedas para un espejismo

Cuba, dos monedas para un espejismo

Enero 15
04:37 2012

1-11_cucPara la solución de un problema en términos matemáticos es imprescindible la correcta formulación de la ecuación: regla aplicable a cualquier campo de la acción humana.

Algunas cuestiones económico-financieras son harto complicadas y no son dominadas o comprendidas por toda la población –al menos teóricamente. Es normal y comprensible. Lo que no lo es tanto es que algunos (no pocos) de los supuestamente llamados a informar en los diversos medios de difusión muestren a veces un rampante desconocimiento respecto al tema que tratan.

Es el caso en cuanto a la doble moneda en Cuba.

En el artículo de Velázquez Callejas sobre manifestaciones de economía capitalista que vio en una reciente estadía en Cuba, se pone de manifiesto la existencia de una mentalidad pragmática e incipientes mecanismos de mercado, aunque limitados y restringidos.

El fetichismo con respecto a la moneda no permite a veces dilucidar en qué radica el escaso poder adquisitivo del cubano, que no es debido a la existencia de la doble moneda, sino a la ineficacia del modelo económico. Pensar –y expresar– que el problema es que se paga en una moneda devaluada y se vende en otra de más valor, y pretender que al abogar por la existencia de una sola moneda se está en el camino de resolver la situación, es esperar por la varita mágica de los cuentos de hadas.

La existencia del CUC –equivalente al dólar en teoría– encubre la realidad de la enorme brecha entre el monto del salario y los precios de los productos en las tiendas de recaudación de divisas; además de que le proporciona al gobierno una forma sumamente lucrativa de obtener ingresos mediante el impuesto que se cobra por el cambio de las monedas extranjeras, el cual a propósito existe en cualquier lugar del mundo, pero no con un cargo tan desproporcionado.

El CUC, por tanto, no sería más que una forma transfigurada del dólar. Habrá quien argumentará que sólo tiene valor en Cuba, pero eso para nada cambia el análisis, porque por supuesto que se cambia en Cuba, y para ser usado allí, no en Singapur o Filipinas, por decir algo.

A lo largo de los tiempos la forma de cambiar las transacciones comerciales ha evolucionado, y es sabido que esa historia es bien extensa. Baste aquí decir que el actual sistema monetario mundial, con base en el patrón dólar, fue establecido después de la II Guerra Mundial, cuando Estados Unidos se consolidó como potencia hegemónica, tanto en el aspecto económico como el militar.

El dólar estuvo respaldado por las reservas de oro hasta 1971, cuando el gobierno de R. Nixon imprimió billetes verdes sin freno para sostener la guerra en Vietnam. A partir de entonces, el dólar ha sido sostenido por la fortaleza de la economía norteamericana. Cuando la economía tiene problemas, hay un proceso de devaluación (observar lo que sucede actualmente en la zona euro).

Es decir, el valor de una moneda sólo puede ser manipulado por los políticas gubernamentales hasta cierto punto (China mantiene artificialmente devaluado el yuan para facilitar sus exportaciones), pues su poder adquisitivo depende de factores económicos.

Por supuesto que en Cuba el gobierno ha establecido valores de cambio monetario que en ocasiones no cuentan con una base objetiva, lo que no es más que parte de una política económica voluntarista, que a todas luces –y sombras– ha fracasado.

En verdad, no pienso que sería para nada difícil eliminar una de las dos monedas en Cuba. Pero todo seguiría igual: si elimina el CUC, inmediatamente todos los precios en esa unidad monetaria se multiplicarían por 25; si por el contrario el eliminado es el maltrecho peso cubano, todos los salarios se dividirían entre 25. Resultado: el cuartico igualito. Pensar otra cosa sería querer vivir en el País de Jauja.

La solución para aumentar el poder adquisitivo en Cuba es, sin dudas, liberar de ataduras a la vida económica. Política y economía están relacionadas. Los fenómenos sociales son interdependientes. Pero a la hora de un análisis hay que ir por partes: mezclarlo todo en el mismo saco no puede conducir más que a la confusión.

Vale.

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