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Cuba, el capital y la Ley de Inversión Extranjera

Cuba, el capital y la Ley de Inversión Extranjera

Cuba, el capital y la Ley de Inversión Extranjera
junio 02
17:11 2014

“O aceptas esas condiciones, o te cerramos el negocio y no recibes un centavo más de Miami”. Creo que esta sería la frase que le diría el gobierno de Raúl Castro a cada uno de los cuentapropistas que pudiese recibir recursos financieros enviados por empresarios cubanoamericanos desde Estados Unidos si el presidente Barack Obama aceptase la petición que le ha hecho un grupo de importantes figuras de los negocios y la política.

La iniciativa a priori suena muy bien y hasta patriótica, formidable: suministrarle capital y tecnología a los cubanos de a pie para que puedan montar distintos negocios y de esa forma contribuir a que se conforme el sector privado pujante y autónomo que tan urgentemente necesita el país.

Pero resulta que es irrealizable. Así de simple. Los promotores de esta propuesta o ignoran por completo cómo funciona la economía en Cuba o simplemente quieren hacer negocios ahora y estar ya “dentro” de la isla para cuando mueran los Castro y se inicie el postcastrismo.

A mí por lo menos me parece demasiado obvio que la dictadura aceptaría el apoyo económico a los cuentapropistas desde EE.UU únicamente si pudiese obtener ganancias infinitamente superiores a las que recibirían los cubanos emprendedores. Es muy ingenuo pensar otra cosa.

No sólo la nueva Ley de Inversión Extranjera, promulgada a fines de marzo pasado, excluye la posibilidad de que los cubanos residentes en la isla puedan invertir, “porque no tienen capital” –como argumenta el gobierno–, sino que en el caso de que pudiesen recibir financiamiento o equipamiento desde el extranjero tampoco lo podrían invertir porque lo prohíbe en forma absoluta el Partido Comunista (PCC).

Los “lineamientos” económicos, aprobados en 2011 por el VI Congreso del PCC, establecen: “No se permitirá la concentración de la propiedad en personas jurídicas (negocios privados) o naturales” (individuos).

Dicho en otras palabras, en Cuba no se puede crear capital nacional privado. No hay otro país en la Tierra, excluyendo a Corea del Norte, en el que se impida a sus ciudadanos crear riquezas, acumular capital y progresar. Ese precisamente es uno de los mayores absurdos que presentan las “reformas” raulistas, que nada tienen que ver con China o Vietnam.

Si alguien en la isla quiere ampliar un tallercito de reparación de calzado para comenzar a producir zapatos en pequeña escala y avanzar en el negocio, no puede aunque le llueva todo el dinero del mundo desde el extranjero. Su timbiriche no podrá crecer. Tampoco el propietario de una “paladar” (restaurante privado) puede progresar, pues el Estado sólo autoriza que tenga un máximo de 50 sillas, no importa todo lo que le puedan enviar Carlos Saladrigas u otros cubanoamericanos.

Lo único positivo que veo en esto es que cubanos que hoy no tienen su propio negocito por falta de dinero, tal vez podrían abrir uno. Eso sí, sabiendo que no van a poder prosperar porque el régimen no se los va a permitir, y que apenas obtendrán recursos para pagar los impuestos abusivos que les impondrán. No obstante, sin duda eso sería bueno. Algo es algo.

Quienes solicitan a Obama que permita inyectar capital a los cuentapropistas tienen razón en cuanto a que la economía cubana necesita urgentemente de un sector privado que dé empleo al 43% de los 4.2 millones de empleados del Estado, unos 1.8 millones de trabajadores que son innecesarios según un estudio oficial. La economía isleña no saldrá de su devastadora crisis endémica mientras no se liberen las fuerzas productivas.

Sobre el autor

Roberto Álvarez Quiñones

Roberto Álvarez Quiñones

Roberto Álvarez Quiñones es periodista, economista e historiador cubano. Autor de siete libros de temas históricos, económicos y sociales. Trabajó como editor y columnista del diario La Opinión de Los Ángeles de 1996 a 2008. Ex profesor universitario. Ex analista económico de la TV hispana en Estados Unidos. Ha impartido cursos de postgrado y conferencias en países de Europa y Latinoamérica. Ha recibido 11 premios de periodismo. Reside en el sur de California.

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