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Cuba, el capitalismo de vuelta a casa

Cuba, el capitalismo de vuelta a casa

Cuba, el capitalismo de vuelta a casa
julio 04
12:51 2014

Un refrán muy conocido y una frase polaca expresan muy bien lo que ocurre con las llamadas “reformas” de Raúl Castro. “Tanto nadar para morir en la orilla”, dice una. La otra es la definición de comunismo que a escondidas del gobierno en los años 80 corría de boca en boca en toda Polonia: “Un largo y tortuoso camino que va del capitalismo al… capitalismo”. Así se lo contó el escritor y cineasta Jesús Díaz a mi esposa Tenchy en el ICAIC –donde eran colegas de trabajo– al regresar de un viaje a Varsovia.

La reciente decisión de la dictadura castrista de poner en manos “no estatales” la gestión –que no la propiedad, que sigue siendo del Estado—de las cafeterías, restaurantes y demás establecimientos que prestan servicios gastronómicos, personales y técnicos, es la aceptación formal del fracaso del socialismo en la isla.

Constituye además el funeral de la “Ofensiva Revolucionaria” de Fidel Castro, en virtud de la cual fueron estatizados o suprimidos los 57,280 pequeños negocios y oficios por cuenta propia que hasta el 13 de marzo de 1968 había en el país.

Castro le subió entonces la parada al Che Guevara, quien varios años antes había sido el verdadero artífice de la implantación del modelo económico estalinista y los monopolios por ramas económicas, o sea, las funestas empresas consolidadas y la emulación socialista en sustitución de la competencia capitalista.

‘Revolución cultural’ castrista

Aquello fue la versión cubana de la “revolución cultural” maoísta. Castro estaba inmerso en su lucha contra el capitalismo y las tonterías del “hombre nuevo”. De inmediato cayó brutalmente la disponibilidad de alimentos de la población, que ya era precaria desde la estatización del 80% de las tierras cultivables, y se disparó el deterioro progresivo del nivel de vida hasta colocar a Cuba junto a Haití, Nicaragua y Honduras, entre las naciones más pobres de Latinoamérica.

El argumento del dictador para confiscar desde las bodegas de barrio hasta los puestos de frita y las tijeras de los barberos fue que los cuentapropistas eran unos “holgazanes en perfectas condiciones físicas, que montan un timbiriche, un negocio cualquiera, para ganar 50 pesos todos los días”. Y remató: “Debemos ir proponiéndonos, firmemente, poner fin a toda actividad parasitaria que subsista en la revolución…, ¿vamos a hacer socialismo o vamos a hacer timbiriches?”.

Lo curioso es que el propio Castro había sido un “holgazán”, pues cuentan varios de sus colegas de estudios universitarios que en los años 40 él tuvo un puesto de fritas con un socio en la céntrica esquina de Infanta y San Lázaro, aunque sólo se presentaba en lugar a buscar el importe de la venta de cada día.

Pues bien, el “parasitismo” está de vuelta cuatro décadas después, porque el barco socialista se hunde sin remedio y no se puede ya disimular más y afirmar que navega como el velero bergantín de Espronceda: viento en popa a toda vela.

Esta muy tardía rectificación, siendo una buena noticia no lo es del todo, pues no se le devuelve la propiedad a sus dueños expropiados hace 46 años, o a sus descendientes, ni los establecimientos se venderán a nadie. No habrá realmente privatización. La resolución del Consejo de Ministros establece que el Estado sigue siendo el propietario y que el gobierno le rentará a particulares los inmuebles y equipos y les venderá enseres, útiles y herramientas para que operen esos negocios.

Obviamente la intención del régimen es fomentar cooperativas en los restaurantes y cafeterías y centros de prestación de ciertos servicios a la población. Eso encaja bien con los planes ya en marcha para el postcastrismo. A corto plazo no habrá propiedad privada en Cuba para los ciudadanos de a pie, sino sólo para los miembros de la casta cívico militar y sus familiares que ya se entrenan para establecer en la isla un modelo de capitalismo de Estado fuertemente controlado por ellos.

Fuerzas productivas asfixiadas

Al no permitirse la propiedad privada no se liberan las fuerzas productivas de la industria, los servicios y la agricultura. Así no se puede salir de la pobreza, ni reconstruir la devastada economía cubana. Y se condena a “volar muy bajo” a los pequeño negocios permitidos.

Sin el fomento de un vigoroso sector privado se sigue estrangulando la ley universal de “el ojo del amo engorda al caballo”, que es la antítesis de los sistemas colectivistas en cualquiera de sus manifestaciones, ya sea socialista utópica, comunista, fascista, o el modelo cooperativista de autogestión que fracasó en la antigua Yugoslavia.

Para decirlo a la manera de Galileo, eppur si muove. La decisión de dejar en manos privadas la gestión de los restaurantes y cafeterías se inscribe en el inevitable proceso de regreso de la sociedad cubana al capitalismo. Eso ya no puede ser detenido. Lo que pasa es que se trata de un camino “largo y tortuoso”, como bien decían los polacos.

A lo largo de la historia humana los proyectos de sociedades ideales basados en el colectivismo comunal o estatal han fracasado todos sin excepción, debido a que niegan la naturaleza humana. Lejos de impulsar el desarrollo y el bienestar de la gente, lo frenan.

Y es lógico. Si en un grupo humano los más talentosos, productivos y esforzados tienen que sostener con el fruto de sus innovaciones, su abnegación y su trabajo “fuera de serie” a los menos capaces y los que no se esfuerzan mucho, no hay incentivo para seguir poniendo ese “extra” ingenioso y eficiente. Y ese “extra” fue el que edificó el mundo moderno que hoy conocemos, y que no existiría de haber tenido éxito la República colectivista que propuso Platón hace 25 siglos.

Por eso esta medida del gobierno raulista de regresar al 12 de marzo de 1968 (antes de la “ofensiva” fatal) como hecho positivo se queda a mitad del camino. Y allí estará mientras la propiedad continúe siendo estatal.

Lo malsano del caso es que la cúpula dictatorial castrista está convencida de que la restauración de la economía de mercado será realidad en Cuba, pero quiere que sean los nuevos “burgueses revolucionarios” quienes controlen el poder económico y político, las fuerzas militares y represivas. En ese proyecto no hay espacio para la gente común.

Todos sabemos que eso será imposible y que el capitalismo “normal” tarde o temprano se impondrá en la isla. Pero la mafia cívico-militar que se apresta a relevar a la actual gerontocracia en el poder pretende monopolizarlo y servir en la mesa una hibridación de capitalismo de Estado con rasgos fascistas, chinos y de la Rusia postsoviética.

De controlar finalmente el país esa oligarquía cívico-militar no se va a culpar a los Castro y a los históricos de la Sierra Maestra por el cataclismo social, económico y humano causado en la mayor de las Antillas, ni se va a reconocer que la revolución socialista cubana fue la expresión caribeña de la Gran Estafa, la monumental denuncia del sistema comunista que a mediados del siglo XX hizo Eudocio Ravines.

Así ha sido en China. Casi 40 años después de la muerte de Mao Tse Tung, su foto gigante sigue dominando la colosal Plaza Tianamen en Beijing. El “Gran Timonel” aún no ha sido responsabilizado por la muerte de 65 millones de chinos, entre fusilados y muertos de inanición por la colectivización forzosa de las tierras.

No obstante, para decirlo a la manera de Galileo, eppur si muove. La decisión de dejar en manos privadas la gestión de los restaurantes y cafeterías se inscribe en el inevitable proceso de regreso de la sociedad cubana al capitalismo. Eso ya no puede ser detenido. Lo que pasa es que se trata de un camino “largo y tortuoso”, como bien decían los polacos.

Sobre el autor

Roberto Álvarez Quiñones

Roberto Álvarez Quiñones

Roberto Álvarez Quiñones es periodista, economista e historiador cubano. Autor de siete libros de temas históricos, económicos y sociales. Trabajó como editor y columnista del diario La Opinión de Los Ángeles de 1996 a 2008. Ex profesor universitario. Ex analista económico de la TV hispana en Estados Unidos. Ha impartido cursos de postgrado y conferencias en países de Europa y Latinoamérica. Ha recibido 11 premios de periodismo. Reside en el sur de California.

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