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Cuba, el embargo estadounidense y el socialismo subvencionado

Cuba, el embargo estadounidense y el socialismo subvencionado

febrero 08
15:31 2012

1-11_a-cubaVuelve a la actualidad el embargo al régimen de los hermanos Castro, cuando se cumple medio siglo de su implementación. Sucesivas administraciones estadounidenses lo han mantenido sin que ello propiciara el fin del totalitarismo en Cuba, aducen los detractores de la medida, y concluyen que de una manera u otra a quien realmente afectan las sanciones es al pueblo cubano. Pero el asunto es más complejo de lo que parece.

Se ha dicho muchas veces, pero cabe recalcarlo: El embargo no es una herramienta concebida para desmontar el sistema imperante en Cuba, sino una respuesta a los hurtos y agresiones de sus sostenedores. Aunque en lo que se refiere a su naturaleza práctica, que dificulta la expansión del castrismo y limita los recursos de sus órganos de propaganda y represión –recuérdese la uniformidad social o la inexistencia de una disidencia pública durante los años dorados del neocolonialismo soviético–, puede decirse que, adicionalmente, el embargo actúa como dique de contención contra la marea del totalitarismo.

Lo cierto es que durante más de medio siglo el pueblo cubano no ha dependido principalmente del comercio con Estados Unidos para sobrevivir. Lo que precisa con urgencia la ciudadanía no son bienes de consumo, sino libertades, entre otras cosas porque el orden de la variable “a más libertad más bienes de consumo” no puede ser impunemente alterado. El comercio de Cuba con su vecino norteamericano, ascendiente a miles de millones de dólares en los últimos años, ha consistido básicamente en la compra de alimentos por parte de La Habana –arroz, productos cárnicos, etcétera–, sin que ello haya mitigado sustancialmente las carencias alimenticias de la población. Ni el llamado “bloqueo” existe realmente –el comercio entre ambas partes continúa desarrollándose–, ni lo que pretende el régimen cubano con su ofensiva en los foros internacionales es desmantelarlo (no puede desmantelarse lo inexistente): más que a comerciar con Estados Unidos, a lo que aspira el castrismo es al subsidio estadounidense. A sus créditos, a sus inversionistas, a su turismo.

Tan es así que, por ejemplo, en la III Conferencia La Nación y la Emigración, celebrada en 2004 en La Habana –a la cita acudió lo más granado de la emigración procastrista–, el ex canciller Felipe Pérez Roque invitó a la comunidad emigrada a invertir en Cuba. Nada menos que a la comunidad emigrada: una demostración de que el castrismo cree poder manejar a su antojo los resortes del sistema tras el levantamiento de las sanciones comerciales. Y no le faltan razones.

Más que nacionalista, la de los hermanos Castro ha sido siempre una revolución subvencionada. Parásita y por lo tanto entreguista, neo-anexionista. En sus inicios fue subsidiada por la antigua Unión Soviética –alrededor de treinta años de subvención sin que el sistema generara estándares de vida aceptables para sus ciudadanos–, ahora mismo lo es por Venezuela y, tras la caída del llamado Campo Socialista, intentó e intenta serlo por Estados Unidos. Como que la subvención venezolana pende del hilo de la persistencia con que el gobernante Hugo Chávez sea capaz de aferrarse al poder o sobrevivir al cáncer que supuestamente lo mina, no caben medias tintas para el castrismo: o se obtiene el subsidio norteamericano o el régimen sucumbe, más temprano que tarde, víctima de su contradicción fundamental: el divorcio entre su imaginario y su realidad.

Por añadidura, la campaña contra el supuesto bloqueo supone una contradicción adicional para el régimen cubano. Éste decreta una y otra vez la debacle histórica del capitalismo y de su buque insignia, los Estados Unidos, pero apuesta insistentemente por ellos, por sus inversiones y excedentes. Como si dijéramos: el socialismo es incapaz de desarrollarse por sí mismo y depende del capitalismo, luego no hay futuro socialista sin desarrollo capitalista. Luego, en el marco del discurso revolucionario, nada es lo que aparenta ser: se quiere y se tiene al niño, pero no se le reconoce.

Lo que necesita Cuba no es que el bienestar de su gente dependa de la economía de otro país, sino que la economía del país crezca con la libertad, ahora mismo secuestrada, de su gente. Esto último no lo resolvería un levantamiento sin contrapartidas del embargo estadounidense.

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