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Cuba, el reparto del poder en el poscastrismo

Cuba, el reparto del poder en el poscastrismo

Cuba, el reparto del poder en el poscastrismo
diciembre 19
00:38 2013

En Cuba, los Castro podrían antes de 2018 hacer una repartición para que nadie más pueda gozar de la omnipotencia feudal que ellos tuvieron. O crear un cargo separado para la jefatura de las FAR, como en China, donde el comandante en jefe es el presidente de la Comisión Militar Central de la República (CMC), al mando de 2.5 millones de hombres. La jefatura de la CMC usualmente la ostenta el jefe del Partido Comunista chino, pero Deng Xiaoping luego de retirarse en 1987 como secretario general del partido la siguió presidiendo.

No obstante, puede que no haya reparto alguno. El caudillismo autoritario, llevado en Cuba a cultura nacional por los Castro, podría prevalecer y quedar todo en manos de un solo líder en aras de la “unidad revolucionaria”. Para entonces las posibilidades del actual vicepresidente, Miguel Díaz-Canel, de ser presidente, serían remotas. Y de serlo, en vez de ser otro Dorticós sería un nuevo Manuel Urrutia, quien hasta mediados de febrero de 1959 tuvo poder ejecutivo real, pero era Fidel, sin cargo alguno en el gobierno, quien gobernaba desde su residencia de Cojímar como comandante en jefe del Ejército Rebelde. Empero, pienso que Díaz-Canel sería un nuevo Dorticós, quien nunca tuvo oficialmente poder alguno.

Cuando llegué a Estados Unidos, en 1995, me pareció genial la consigna de “No Castro, No Problem”. Eso ha cambiado radicalmente. El poscastrismo ya se gesta en la isla. Los generales, coroneles y sus familiares, y las familias de los Castro y los grandes jerarcas de la burocracia civil partidista y estatal, hoy se entrenan como gerentes de las únicas industrias y actividades que son rentables o podrían serlo, para convertirse luego en sus propietarios neoliberales.

El 7 de febrero de 1959, nueve días antes de desplazar a José Miró Cardona y asumir como primer ministro, Castro redactó e impuso la llamada “Ley Fundamental”, que dejó sin efecto la Constitución de 1940 y convirtió la figura del primer ministro en jefe del Gobierno, por encima del Presidente de la República; abolió el Congreso y pasó al Consejo de Ministros la facultad de redactar y promulgar las leyes. Devino monarca absolutista criollo con todos los poderes, aunque “provisionalmente”, pues al tomar posesión como primer ministro, el 16 de febrero de 1959, dijo: “No me importa ningún cargo público, no me interesa el poder”.

El presidente de la República pasó a ser un jefe de Estado de cartón. Un cargo protocolar con la misión de recibir las cartas credenciales de los embajadores y representar a Cuba internacionalmente. Recuerdo bien que a partir de entonces, con el clásico humor criollo, a Urrutia la gente lo llamaba “cuchara”, porque “ni pincha ni corta”.

Cinco meses después, el 17 de julio de 1959, cuando Urrutia comenzó a hacer resistencia al rumbo comunista del gobierno, Castro lo acusó de traidor a la revolución y lo obligó a renunciar. Nombró en su lugar a Dorticós.

Díaz-Canel simplemente no tiene pedigree castrista suficiente para ser dictador, y sí el necesario para emular con Dorticós, Urrutia o Mikoyan.

¿Qué va a pasar en Cuba?

Con respecto a qué va a pasar en Cuba, siempre me acuerdo de lo que me dijo Carlos Alberto Montaner hace algo más de dos años en Los Angeles: “En Cuba puede pasar cualquier cosa”.

Cuando llegué a Estados Unidos, en 1995, me pareció genial la consigna de “No Castro, No Problem”. Eso ha cambiado radicalmente. El poscastrismo ya se gesta en la isla. Los generales, coroneles y sus familiares, y las familias de los Castro y los grandes jerarcas de la burocracia civil partidista y estatal, hoy se entrenan como gerentes de las únicas industrias y actividades que son rentables o podrían serlo, para convertirse luego en sus propietarios neoliberales. Y van a querer sustentar el poder político para adentrarse bien protegidos al capitalismo de Estado que ya comienzan a erigir en la isla.

Que lo logren, o no, o si el poscastrismo se parecerá al modelo chino o al de Putin, o al chavista, o si será una azarosa transición real a la democracia, nadie lo puede saber. Lo que sí sabemos es que para hacer cualquier pronóstico sobre el futuro de Cuba es requisito sine qua non considerar este gradual posicionamiento de los militares y sus familiares de todos los estamentos del poder económico y político en la isla. Ellos no van a renunciar y entregar el poder fácilmente.

La buena noticia es que en política las cosas casi nunca ocurren como son pronosticadas. Esa es mi esperanza. Con los Castro fuera de escena los acontecimientos podrían suceder de forma muy diferente a como hoy los podemos avizorar cuando competimos con los oráculos de la antigua Grecia.

Ojalá pronto veamos la luz al final del túnel.

Sobre el autor

Roberto Álvarez Quiñones

Roberto Álvarez Quiñones

Roberto Álvarez Quiñones es periodista, economista e historiador cubano. Autor de siete libros de temas históricos, económicos y sociales. Trabajó como editor y columnista del diario La Opinión de Los Ángeles de 1996 a 2008. Ex profesor universitario. Ex analista económico de la TV hispana en Estados Unidos. Ha impartido cursos de postgrado y conferencias en países de Europa y Latinoamérica. Ha recibido 11 premios de periodismo. Reside en el sur de California.

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