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Cuba, la herida abierta

Cuba, la herida abierta

Cuba, la herida abierta
diciembre 26
13:44 2013

Luis Eligio de Omni ante la estatua de José Martí, en La Habana

Luis Eligio de Omni ante la estatua de José Martí, en La Habana

He reflexionado mucho en estos días sobre el dilema de mi patria. Por un lado, me siento feliz de que al fin salgan a la luz manchas ocultas sobre un sistema que oídos sordos se han negado a escuchar por muchos años. Aun así me he preguntado por qué todavía hay quien defiende a toda costa un sistema, un gobierno que para disidentes como yo constituye una verdadera calamidad. ¿Por qué Cuba es como un corazón partido, una dicotomía que tiene sus desgracias y “sus logros” como punto de referencia de toda discusión sea apasionada o racional?

Nacido en los mediados del siglo XX, con la sombra del último caudillo democrático, Eduardo Chivás,  quise por años comprender las motivaciones intrínsecas que llevaron a una Revolución que transformó la Isla, para ser más exactos, el archipiélago cubano, en motivo de separación entre sus detractores y sus apologistas. En ocasiones, joven aún, mi oportunidad de estudiar, de integrarme al movimiento cultural en ascenso, de aprovechar el servicio de salud gratuito me llevó a colocarme en la lista de los que creyeron en el paraíso corrompido por la incapacidad humana más que en la perfidia de sus dirigentes. El tiempo me fue cambiando cuando descubrí que otros países hispanos habían alcanzado logros similares sin la necesidad del sacrificio interminable y la represión sin límites. No niego que otros más visionarios detectaron a tiempo la corrompida ascensión de una dinastía que destruiría en mucho nuestra idiosincrasia nacional. Mi padre, hombre humilde, lo declaró recién instalado el régimen mientras mi madre vio pasar los años hasta que el abuso, los sueños incumplidos y la lesión causada por la mentira la transformaran hasta llevarla a la locura.

¿Por qué Cuba no es un país democrático y sin embargo admirado por muchos intelectuales de izquierda, y los machacantes serviles a un viejo en decadencia? ¿Por qué hoy parte de la población cubana sigue los dictados de un modus vivendi que los encanalla, participando del declive increíble de una nación que se ha ido alejando de la modernidad?

Primero, habría que plantearse qué admiran los simpatizantes de otras naciones y si ello está basado en la subjetividad de su posición ideológica o el desconocimiento de nuestras realidades. La Cuba que ellos admiran es una entelequia que satisface sus requerimientos políticos, y por otro lado desconocen a profundidad la evolución de la sociedad que tanto alaban.  En el lugar de avanzada se encuentra su confusión entre la idea y la realidad y en el segundo caso es la absurda y rampante irrupción en un campo del cual solo conocen un eslabón.

Para los que  todavía apoyan el régimen en la isla, la promesa de transformar un país subdesarrollado y desigual en una sociedad donde la educación llegara a toda la población, donde el arte se convirtiera en derecho del pueblo, el servicio de salud se extendiera universalmente y el deporte se convirtiera en el orgullo nacional y latinoamericano, les brinda un argumento irrefutable para sus posiciones. Según estos simpatizantes, apologistas y cubanos de a pie, el triunfo de un barbudo rebelde con su imagen de Mesías que se enfrenta al apocalíptico mundo latinoamericano, al gigante del norte con la valentía de un David, se convirtió y sigue aún entre sus afecciones. Ni las estadísticas ni los hechos los han cambiado. La Cuba mítica y utópica los ilumina en sus afecciones, sean externas o internas.

Sé que algunos cantarán los himnos de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y otros artistas. Sé que junto a los deportistas, científicos y “logros”, son “sus santos” y sus salmos. Yo no niego la creación de la belleza y el prometeico uso del cuerpo y no reniego de quien sobresalga cuando proviene de mi patria. Pero ojo. Yo abjuro de la idealización de una utopía que es infierno.

Mi Cuba no es esa. Para mí el proceso revolucionario fue la negación de los mismos principios que proclamaba. Desde los comienzos se profundizó la herida que la historia sembró entre nosotros. Nuestra búsqueda de la utopía, arraigada entre los cubanos que se dividieron en autonomistas e independentistas, entre los pro-españoles y los de nación libre se conjugaron en nuestra república joven en ese interés persistente por alcanzar la perfección. Cuba fue por siglos un lugar de enorme riqueza si comparamos su tamaño y recursos naturales, pero el cubano pre-revolucionario se empecinaba en alcanzar la utopía. Y como en todas las sociedades, otros se aferraban al orden imperfecto de la injusticia o el status quo.

Mi tierra ha cambiado mucho.  Cincuenta y cinco años de dictadura han sistematizado el abuso de los derechos humanos, la violencia sobre el disidente y la destrucción de una superestructura que hace cinco décadas superaba en mucho a la actual. Las cifras no mienten. Y aunque se manipulan, la realidad es que hoy vive más gente hacinada, el ingreso promedio es mucho menor y la educación, la salud se encuentran, si el régimen no miente, en posiciones similares a otros países que no han institucionalizado una ideología como sinónimo de patria. En Cuba no hay clase media, no hay acceso a comodidades de la vida moderna y la sobrevivencia alcanza proporciones trágicas. Ya no hay millonarios pero existe una nomenclatura que disfruta privilegios de señores feudales. La riqueza se ha esfumado y la pobreza se ha generalizado porque una sociedad no puede vivir de promesas, necesita alcanzar sus metas sin transgredir el límite de lo racional.

Las respuestas a mis ideas y a las del bando contrario, difíciles de por sí, las encuentro en la historia y en la subjetividad humana. Nacimos al Occidente con la marca de Colón, quien llamó a la Isla “la más hermosa que ojos humanos hayan visto”, cosa que repitió en otros lugares pero que nosotros creímos exclusiva. Los nativos que quedaron, los negros que llegaron, vivieron el infierno de una dominación que se fue conformando con el peninsular. Dos existencias que convivieron, a pesar de las desigualdades y no obstante sirvieron, llegado su momento de prueba, para unir a los allí residentes contra el invasor de otras tierras: “El Espejo de Paciencia” nos habla de negros, mulatos, indios, españoles y criollos rescatando a un obispo. La toma de La Habana fue enfrentada por milicianos que se inmolaron por su terruño. Por otro lado, La Rebelión de los Vegueros contra el monopolio español sobre el tabaco, y el Comercio de Rescate llevado a cabo por los lugareños para suplir sus necesidades a través del Contrabando de Carne Salada y Cueros con los corsarios holandeses, fueron la otra Cuba que se opuso al mítico concepto de un pueblo unido.

Los países de Nuestra América se sacudieron del yugo colonial  para iniciar su jornada por el desarrollo y la libertad aún sin terminar. Cuba quedó por casi un siglo bajo el dominio de la Corona española. En la primera mitad del siglo XIX la Isla eran dos, porque una población mayoritariamente negra vivía esclavizada o sin derechos mientras los blancos de la nación prefirieron en su mayoría continuar siendo territorio español por miedo a esa misma población explotada. Ya en aquel tiempo se produjo un hecho similar al de hoy. Muchos odiaban el sistema pero unos pocos se enfrentaban a él. Las conspiraciones minoritarias de independentistas fueron vistos como entes al servicio de gobiernos extranjeros, como criminales. Nuestro primer patriota independentista salió del primer grupo: el padre Varela, quien admiró a España hasta que rompió con ella y murió en tierras del Norte. Muchos disidentes de entonces escaparon mayormente hacia Estados Unidos y de ahí que los Clubs Patrióticos de Nueva York fueran el portavoz de la minoría, de la Cuba sofocada, de la nación aún en ciernes que no acababa de luchar por su independencia.  Por eso la disidencia, la Cuba de la libertad democrática, tiene raíces en este país dividido.

La Utopía nació entonces cuando se buscaba transformar la colonia más querida por la metrópoli en una nación libre. Esa sería la contradicción de aquella época. El exilio formaba parte de la Cuba del progreso y de la independencia. La otra Cuba la formaban los españoles, los criollos que se negaban a la ruptura con la metrópoli. Los autonomistas que tuvieron grandes intelectuales aunque Martí, un independentista, se llevó el mérito de la jornada.

Entonces, habría que clarificar la situación de la herida de aquellos tiempos, de la división de lo que se convirtió en nación. Primero, Cuba se abstuvo de avanzar hacia su propia autodeterminación aun cuando España permitió que en ella se construyera el cuarto ferrocarril del mundo, se instaurara uno de los primeros telégrafos, servicio de teléfono y por primera vez el permiso a la emigración europea para con ello cambiar la configuración racial del país, que se blanqueó hacia finales del siglo XIX. Por eso la batalla por la independencia nos costó casi treinta años. Tuvimos la Guerra de los Diez Años, la Guerra Chiquita y la de Independencia. Hubo en la isla más soldados ibéricos que en el resto de todas las otras posiciones españolas juntas. Cuba era “la joya de la corona”, rica y rentable. Por un lado se batían los patriotas y por otro contraatacaban en una trifulca casi pareja los pro-españoles. Queríamos lo mejor según nuestra posición y Estados Unidos intervino para acelerar ese proceso con secuelas negativas por el sabor de una independencia mediática, de una lucha que no siguió su curso natural.

El medio siglo de república fue la réplica de Latinoamérica. Corrupción, golpes de estado, revoluciones. Por otro lado el país siguió avanzando económicamente. Siguiendo la tradición de la colonia, la nación mantuvo su crecimiento hasta ubicarse en uno de los más adelantados de Latinoamérica. Eso no bastaba porque la Cuba que soñaban unos competía con la establecida. No importaban las cifras, había que cambiar, que alcanzar el sueño de los patriotas y de los inconformes. La Constitución del Cuarenta, con sus avanzados artículos y sus conceptos sobre derechos humanos, pareció zanjar las diferencias. En su momento se unieron todos para crearla y parecía que la herida podría cerrarse.

Poco tiempo duró la democracia. Las fuerzas del cambio soñaban con la utopía: la nación justa que cumpliera todos los proyectos incumplidos. Frente a ellos Batista y la confabulación de factores internos y externos de la Guerra Fría aceleraron el enfrentamiento y provocaron el sangramiento de la herida a corazón abierto. La Revolución de Castro se presentó como la alternativa, como el fin de los males. Su ascenso al poder ganó a muchos soñadores, a los inconformes con un país rico, pero injusto según ellos.

Desde el momento de su instauración, lo que pareció un proceso de sanación se convirtió en la aceleración de las dos Cuba. A modo de la España que cantaron muchos durante el siglo XX, mi país de origen reinició, ahora multiplicada, la odisea de las dos visiones. Primero se fueron los que estuvieron en el poder y se asentaron en las tierras que antes dieron albergue a los disidentes cubanos de otros tiempos. Luego siguieron los inconformes con el cambio, los sobrevivientes de la represión generalizada, los que escapaban de un gobierno que no cumplía sus promesas o que cambiaba algunas cosas catalogadas por logros y que paralelamente disminuía aquella riqueza que antaño nos provocaba orgullo.  Esa porción de la nación cubana se trasladó al exilio con sus sentimientos frustrados y con el dolor de la separación forzosa.

Entonces quedó para el mundo de los soñadores la Cuba unificada, desafiante que intentaba cumplir promesas. Eso no es cierto. Otros países avanzaban y la propaganda que ayudó a los Castro fue secuestrada de otros países que alcanzaron sin tanto dolor muchos de esos llamados logros. También quedó la gente que se enfrentó a la depravación de la riqueza y el desarrollo. Quedaron cientos de miles de ciudadanos que pasaron por las cárceles debido a su oposición al sistema. Los que fueron fusilados, los marginados, los expuestos al miedo. Fue cuando ser disidente constituía una especie de enfermedad similar a la lepra de los tiempos medievales. Y los admiradores miraban y escuchaban lo que querían ver. Los disidentes no existían, la tortura había sido abolida y la ejecución se substituyó con el fusilamiento basado en juicios sin derechos porque los poderes unidos respondían a partir de ese momento a la cúpula de poder. EL corazón sangrante de las dos Cuba se escuchaba en sus logros mientras la otra parte, ignorada, era tratada con la denominación de gusanos. El miedo paralizó, la rebeldía fue castigada y predominó el mundo idílico de una revolución que había cambiado el mundo para orgullo de Latinoamérica. Triste paradoja del enraizamiento de la represión, apoyada por unos y odiada por otros.

¿Qué sucede ahora cuando el siglo XXI ha acelerado la separación de las dos Cuba rajando la herida hasta el sangramiento de sus hijos buenos?

No puedo convencer a nadie que no quiera escuchar. Como en religión, muchos aman lo que adoran por encima del raciocinio y la nación de la Revolución continua se ha convertido para los de la nueva izquierda en paradigma de lo que quisieran alcanzar. Entre alguna gente del pueblo de la Isla, la rutina de una vida que es la única que conocen o por la que lucharon, les impide moverse. El miedo, el lavado de cerebro y “los logros” los mantienen junto a la República oficial y comunista. Los intelectuales y amigos foráneos continúan admirando lo que dicen no haber logrado en sus países de origen. Admiran la Utopía que ha sobrevivido el bloqueo, yo digo embargo, y que olvidan nace del mismo proceder obtuso de quienes no quieren cambiar. Se comenta por lo bajo que faltan algunos derechos humanos, pero lo alcanzado, según ellos, compensa todo, incluso el crimen.

Yo me coloco del bando de la Cuba del progreso, de la democracia, de la libertad. Para mí la modernidad significaría rescatar la eficiencia económica y despertar las potencialidades de una nación desgarrada. Para mí los derechos humanos van en primer lugar y los del espíritu preceden cualquier “logro”. Yo no quiero el buen trato del amo hacia los esclavos. Yo quiero el respeto a la dignidad humana sin ataduras ideológicas. Para mí patria no es socialismo ni comandantes en jefe.

Sé que algunos cantarán los himnos de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y otros artistas. Sé que junto a los deportistas, científicos y “logros”, son “sus santos” y sus salmos. Yo no niego la creación de la belleza y el prometeico uso del cuerpo y no reniego de quien sobresalga cuando proviene de mi patria. Pero ojo. Yo abjuro de la idealización de una utopía que es infierno. De los recursos usados como propaganda cuando falta alimento en la mesa. Willy Chirino, Gloria Estefan, Celia Cruz, Guillermo Cabrera Infante y Carlos Alberto Montaner son también mis ídolos y sobre todo mis aliados. Porque si de idealismos y pasiones se trata yo me pongo del lado de la libertad y la democracia.

Finalmente, me gustaría recordar a Martí y al exilio. Vapuleado y exorcizado por extremista, motejado de mafioso y anexionista, los que vivimos acá tenemos tanto derecho a opinar y a trabajar por Nuestra Cuba como los de allá. Está en nuestra historia y ningún olvidadizo lo va a engavetar. El  Apóstol de la Independencia avizoró tiempos difíciles. Ayudó a reunir fuerzas, a sentar a la mesa a los enemigos y pidió que nos uniéramos en una sola voluntad. ¿Es eso posible? Cuando los Pinos Nuevos y los cubanos nos decidamos a curar la herida que sangra, entonces vendrá el momento del corazón. No olvidemos los abusos. No olvidemos los malos ratos, pero si algún día queremos una patria libre tenemos que perdonar sin dejar la memoria a un lado. Habrá castigos pero deberá predominar el perdón. Es siempre más fácil odiar que condonar. Mi patria será una cuando recogiendo la bandera de José Martí, esta sea Con Todos y Para el Bien de Todos. Sin Socialismo o Muerte sino con la Vida y la Democracia, con las dos Cubas, con los mejores trozos del corazón que pertenece a cada uno de los cubanos.

Sobre el autor

Julio Benítez

Julio Benítez

Julio Benítez (Guantánamo, 1951) es profesor y escritor. Fue activista de los derechos humanos en Cuba. Ha publicado, entre otros libros, “En Glendale no hay ladrones”, “Las tres muertes de Gurrumina Robinsón”, “La reunión de los dioses” y “El rey mago”. Obtuvo el premio Regino Boti en 1990. Actualmente reside en Los Ángeles, California.

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1 comentario

  1. ARROCHA
    ARROCHA diciembre 26, 14:41

    Este señor sera muy profesor y escritor, y seguramente cuando dice que hay otros paises en Latinoamerica que han logrado avances similares a los alcanzados por la Revolucion Cubana se referirá a Colombia, Costa Rica, Chile, Panama etc que son los paises modelos de democracia para este tipo de personas. Yo lo invito a que revise el indice de Gini de estos paises para que vea la tremenda desigualdad que existe en ellos. Pero claro son “Democracias Modernas”.
    El indice de Gini representa el nivel de distribución de ingresos, donde el 0 es que los ingresos y el consumo están distribuidos equitativamente entre toda la población, mientras el 1 representaría una situación hipotética en la cual sólo una persona posee toda la riqueza.

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