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Cuba, soberanía o anexión

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Cuba, soberanía o anexión

Cuba, soberanía o anexión
noviembre 09
19:21 2015

 

La idea de la anexión de Cuba a Estados Unidos, recurrente en buena parte del siglo XIX y mencionada en otras oportunidades, no ha pasado de ser un proyecto minoritario con incidencia coyuntural, ya sea en un sector de opinión o en las estructuras de poder. Los primeros intentos, declaraciones o conversaciones tuvieron cierta relación con el período descrito magistralmente por Ramiro Guerra en su obra “La Expansión Territorial de los Estados Unidos a expensas de España y los países hispanoamericanos” (La Habana: Cultural, 1935).

Algunos detalles tienen relación directa con potencias extranjeras que deseaban aumentar su presencia en el Caribe. El presidente Thomas Jefferson comunicó en 1805 a un representante diplomático británico que Estados Unidos se apoderaría de Cuba en caso de que se intentara hacerla salir de la soberanía española. Puede consultarse la obra de Emeterio Santovenia “Armonías y conflictos en torno a Cuba” (Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 1956). Un precedente considerado por Jefferson lo era la ocupación británica de La Habana (1762-1763). Después vendrían los intentos de penetración en la Isla mediante infiltraciones jamaicanas en plantaciones de esclavos y conspiraciones como la de la Escalera (1844) y un proyecto de “República Etiópico-Cubana” bajo el protectorado británico. Sería también la preocupación de los capitanes generales del período como puede notarse fácilmente en la documentación disponible, parte de la cual fue publicada como “Correspondencia Privada del General Don Miguel Tacón” (La Habana, Biblioteca Nacional José Martí, 1963). Del interés británico se ocupa también Rodolfo Sarracino en “Inglaterra: sus dos caras en la lucha cubana por la abolición” (La Habana, Letras Cubanas, 1989).

Santovenia hace una lista de los países que interesados “…por la riqueza natural y la trascendencia estratégica de Cuba, no siempre con pretensiones anexionistas o de protectorado: Francia, Gran Bretaña, Holanda, Estados Unidos, Rusia, México, Colombia, Perú, Chile, Bolivia, Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, República Dominicana, Haití, Ecuador, Venezuela, Guatemala, Costa Rica, Honduras, Nicaragua, El Salvador, Panamá, Italia y Alemania. En su opinión, “la posición de gobiernos o pueblos se manifestó en relación con la política de España en la principal de las Antillas. En medio de todo ello se halló Cuba…”.

La idea de la anexión de Cuba a México ha sido estudiada minuciosamente sobre todo por un historiador en nuestro propio tiempo. Rafael Rojas lo hace en su importante trabajo “Cuba Mexicana: Historia de una anexión imposible” (Ciudad de México, Secretaría de Relaciones Exteriores, 2001). Según Rojas, esa idea “tan recurrente en todo el siglo XIX, es apenas un leitmotiv de la escritura, un hilo narrativo que no pretende en modo alguno sugerir la teleología de que la política exterior mexicana buscó siempre esa finalidad o que alguna vez siquiera, se haya propuesto alcanzarla plenamente”. En su opinión, tal proyecto “nunca se verificó como un evento de la historia, pero siempre gravitó sobre la imaginación de ciertas élites cubanas y mexicanas entre 1821 y 1898”.

Pero lo que más se conoce acerca de cualquier proyecto anexionista o de protectorado en torno a Cuba tiene relación directa con los Estados Unidos. Puede documentarse en detalles la existencia y actividades de una especie de partido o movimiento anexionista que atrajo a buena parte de la aristocracia esclavista cubana aproximadamente hasta la terminación de la Guerra Civil en Estados Unidos (1861-1865). Se produjeron también algunos intentos relacionados con la primera ocupación norteamericana en Cuba (1898-1902) que han sido estudiados por conocidos historiadores cubanos como Herminio Portéll Vilá (“Historia de Cuba en sus relaciones con los Estados Unidos y España”, La Habana, 1939).

Por otra parte, retrocediendo en el tiempo, no debe extrañar entonces que los contactos de Narciso López en Estados Unidos, considerado por unos como separatista y por otros como anexionista, hayan sido mayormente con políticos y militares del sur. Una famosa polémica entre Narciso López y el historiador marxista Sergio Aguirre atrajo alguna atención en Cuba. Aguirre sostuvo la condición de anexionista de López en su obra “Quince objeciones a Narciso López”, (La Habana: Instituto Superior de Educación, 1962), enfrentado a las tesis de Portéll Vilá en su libro “Narciso López y su época (1850-1851)” (La Habana: Cultural, S.A., 1930). Todo un sector entre los sureños soñaba con un nuevo estado esclavista en la Unión norteamericana, y entre muchos cubanos de la aristocracia, sobre todo propietarios de esclavos, había temores de que una rebelión de esclavos o una independencia prematura pusieran en peligro no sólo la institución esclavista, sino también otros aspectos de la vida del país. Entre los partidarios de la anexión se menciona con frecuencia a Gaspar Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía, y al biógrafo del Padre Varela, José Ignacio Rodríguez, autor de un “Estudio histórico sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la idea de la Anexión de la Isla de Cuba a los Estados Unidos de América” (La Habana: Imprenta La Propaganda Literaria, 1900, reimpresa por Editorial Cubana de Miami en el 2001). La consideración de tendencias anexionistas a principios del siglo XIX es demasiado complicada como para intentar describirla en unos párrafos y se atribuyen sobre todo a interventores norteamericanos. La Enmienda Platt (1902-1934) reemplazó los intentos anexionistas con una relación que algunos se han atrevido a considerar como un protectorado, y otros como forma sutil de dependencia. Pero ya en 1906 el presidente Teodoro Roosevelt alertó a Charles Magoon, gobernador de Cuba en la segunda ocupación (1906-1909), que no había intenciones de quedarse con Cuba.

Sería interesante tener en cuenta otros precedentes, situaciones, proyectos y sueños, independientemente del tema norteamericano o de las viejas y renovadas intenciones europeas. La íntima relación de Cuba con la República Dominicana y Puerto Rico, consecuencia de haber sido las últimas tierras bajo dominio español, su cercanía geográfica, su ubicación en el Caribe, su carácter insular y su condición de Antillas españolas, hicieron pensar a algunos personajes importantes, incluyendo a Eugenio María de Hostos y quizá hasta al mismo José Martí, en una especie de acuerdo o entendimiento que culminara en una Federación Antillana. Por lo general, quienes pensaban en esos términos no se inclinaban necesariamente a la pérdida de la soberanía y la identidad. La República Dominicana, como una entidad nacional con identidad propia, sobrevivió la dominación haitiana (1822-1844), el regreso a la soberanía española (1861-1865) y una serie de intentos de anexión por parte de gobernantes como Pedro Santana y Buenaventura Báez. En 1870-1871 el Senado de Estados Unidos rechazó, después de un brillante discurso del senador Charles Sumner, la solicitud de anexión presentada por el gobierno dominicano encabezado por Báez. Como los dominicanos del siglo XIX, sus vecinos cubanos, tan ligados a Santo Domingo por lazos de todo tipo, no se inclinaron necesariamente de forma mayoritaria a tendencias anexionistas como las que importantes factores promovieron en ambas naciones hermanas.

En Dominicana, lo que se produjo fue un enfrentamiento directo con los intentos de absorción procedentes de Haití, lo cual se refleja en los intentos anexionistas de un sector preocupado por una futura invasión haitiana. Trasladando esa situación a Cuba, a pesar de los temores de una rebelión de esclavos que resultara incontrolable, figuras tan interesantes como la de José Antonio Saco se enfrentaron, precisamente por cuestiones de identidad, a cualquier intento anexionista. Saco lo expresó claramente en sus escritos contra la anexión. El ilustre reformista lo expresó con un lenguaje a veces realista: “…La anexión, en último resultado, no sería anexión, sino absorción de Cuba por los Estados Unidos”. También acudió a lo puramente simbólico: “…La idea de la inmortalidad es sublime; porque prolonga la existencia en los individuos más allá del sepulcro; y la nacionalidad es la inmortalidad de los pueblos, y el origen más puro del patriotismo…”. Y a pesar de que acudió a ciertas consideraciones que pueden estimarse racistas, pues hubiera preferido un país con mucha mayor población blanca para resistir la probable ola inmigratoria anglosajona de producirse la temida anexión, afirmó que, en ese caso, “…por grande que fuese su inmigración (la anglosajona), nosotros los absorberíamos a ellos, y creciendo y prosperando con asombro de la tierra, Cuba sería siempre cubana…” (“Ideas sobre la incorporación de Cuba en los Estados Unidos, por Don José Antonio Saco” (París: Imprenta de Pankoucke, 1848).

En cuanto a una federación con Venezuela, ni siquiera en época de Simón Bolívar fue intentada seriamente, por mucho que se manipule la información al respecto. La idea de la Gran Colombia no incluía realmente a Cuba. Leví Marrero nos recuerda que el Libertador “…temía… ante la posibilidad de contribuir a la independencia de Cuba, al fantasma de una nueva Haití, el mismo temor que contribuyó a retardar hasta 1868 la acción insurgente de los cubanos contra España”. En su autobiografía, José Antonio Páez, confrontado con la situación de Cuba, escribió: “En cuanto a los cubanos, en medio de sus desgracias actuales, tengan un consuelo para la suerte futura que les ha de tocar como nación libre e independiente” y advertía sobre “…los desaciertos que cometieron los que hoy los están dolorosamente expiando…”.

Finalmente, el ilustre Charles Sumner, al oponerse en el Senado estadounidense a la anexión de Santo Domingo, intentó hablar por los dominicanos opuestos a la misma y acudió a un dato que no puede olvidarse: lo que se posee se recibió de los antepasados y sus luchas por la independencia. Acudió entonces a la Biblia, a la negativa de Nabot a entregar su viña al impío rey Acab: “…Guárdeme Jehová de que yo te dé a ti la heredad de mis padres…” (1Reyes 21:4, versión Reina Valera). Aun en esta era de globalización, interdependencia, integración y todo lo demás, hay cuestiones que ni siquiera pueden discutirse.

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Sobre el autor

Marcos Antonio Ramos

Marcos Antonio Ramos

Marco Antonio Ramos es el Editor General de la revista Herencia. Historiador y teólogo cubano nacido en Colón, Matanzas. Miembro Correspondiente de la Real Academia Española y Miembro Numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Ministro Bautista jubilado con rango de Pastor Emérito. Fue profesor en seis universidades y seminarios teológicos en Estados Unidos. Autor de 14 libros. Entre sus muchos reconocimientos, se encuentra un Premio Nacional de Periodismo en Santo Domingo y la Medalla "Benemerenti" concedida por la Santa Sede.

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