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Cuba y el ejemplo de Normandía

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Cuba y el ejemplo de Normandía

Cuba y el ejemplo de Normandía
abril 08
06:32 2016

 

A los cincuenta años del desembarco norteamericano en las playas de Normandía, que inició la liberación definitiva de Europa de las manos alemanas, se pudo leer en el  reverso  de las fotos  y de las informaciones que Europa no agradeció aquella liberación. Para hombres como De Gaulle y para el mismo Winston Churchill, lo de Normandía fue la humillación suprema para la arrogancia de Europa.

Churchill pretendió convencer a los militares norteamericanos de que el  punto ideal para el gran desembarco era entrar por Grecia.  Avanzar en línea directa hacia la toma de Berlín. Abrigados por la vieja teoría europea de que el norteamericano es tonto, pensaron los grandes zorros que los tontos seguirían el consejo, la orden más bien, y echarían toda su aviación y todas sus tropas Grecia adelante, en busca directa de Berlín. De este modo, decían, los alemanes serían desalojados, y se evitaría que los rusos bajasen hacia Europa.

En el papel y en los comentarios de café se veía diáfanamente que el camino más cercano para derrotar  a Alemania pasaba por el este de Europa.  Por eso, cuando se enteraron de que la invasión se iniciaba por Normandía, exactamente por el lado opuesto y más apartado del que los “sabios” europeos indicaban, las conclusiones a sacar de ese hecho fueron muy sencillas: es que los norteamericanos no conocen geografía, es que Eisenhower no está  preparado para dirigir  operaciones de tanta importancia, es que el poder material se ha impuesto  a la sabiduría, al talento, a la experiencia, y estos torpes, una vez más, han “metido la pata”.

En la celebración del cincuentenario, se pudo advertir que los franceses se dieron apenas  por enterados. Norteamérica  protagonizó con todo derecho las ceremonias,  compartiendo el centro de la curiosidad mundial con Gran Bretaña. Se transformó así la evocación en un  asunto anglo-americano. El presidente Mitterrand tardó en darse por aludido. Se palpaba en el aire el resentimiento, el desdén, la envidia. En el desfile, Mitterrand  se colocó por encima de Isabel II y de Clinton.

Si  ahora preguntamos  con frialdad, tan de lejos, quiénes tenían razón en lo de invadir por un sitio o por otro, admitiremos que los “tontos”  y los incapacitados decidieron lo más acertado.  Acertado,  por supuesto, para ahorrar vidas norteamericanas en una guerra que en definitiva era un conflicto entre europeos. Subir por la línea más cercana a Berlín, batiéndose con el temible dragón enfurecido que era el ejército alemán en retirada, implicaba la pérdida de dos o tres millones  de vidas norteamericanas.  Los soviéticos llegaron a la capital de Hitler antes que los aliados, sí, pero la Unión Soviética sacrificó siete millones de seres humanos para darse la satisfacción de cazar a Hitler en su propia guarida.

La acción soviética tenía sentido histórico y político. El viejo sueño de los zares comenzaba  a materializarse.  ¡Ya la gran Rusia estaba en Europa!

¿Pero  qué importaba a los norteamericanos, que no aspiraban ni aspiran a ocupar  Europa, que los rusos pusiesen el pie en Alemania? Cierto que Francia y Gran Bretaña, que ejercían  vigorosa  hegemonía en el este de Europa hasta la entrada de Hitler, quedarían desplazadas, barridas de esa zona europea quizás para siempre, pero, ¿por qué tenía Norteamérica que perder tantas vidas para reponer a ingleses y a franceses en la hegemonía  polaca y centroeuropea?

Esta lectura del desembarco en Normandía puede servirnos  de traspunte para entender  otras actuaciones norteamericanas en política internacional.  Fue perfecto detener o contener al  señor  MacArthur en Corea, al señor Patton en Italia, al señor  Scwarkof en Kuwait. ¿Por qué no invadieron a Cuba cuando llegó el comunismo? Porque sabían que no les hacía falta. Porque el comunismo se pudre y cae por su propio peso.  ¿Que sufriría el pueblo cubano? ¿Y quién ha dicho que el sufrimiento de otro pueblo tenga la más mínima importancia ni para los norteamericanos ni para nadie? En política internacional mandan los intereses nacionales.

Una primera versión de este artículo apareció en 1994.

Cortesía El Blog de Montaner

 

Sobre el autor

Gastón Baquero

Gastón Baquero

Gastón Baquero (Banes 1914 – Madrid 1997). Poeta y periodista, considerado un clásico de la literatura cubana con poemarios como "Memorial de un testigo" y "Saúl sobre su espada", autor de las revistas Orígenes y Espuela de Plata, se exilió en España en la primavera de 1959, tras el ascenso al poder del castrismo.

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