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Cuba y el exilio acomplejado

Cuba y el exilio acomplejado

Cuba y el exilio acomplejado
febrero 05
14:06 2015

Los avatares de cierto movimiento en Facebook, algunas críticas a propósito y comentarios a un artículo que recientemente escribí, me han dejado meditando en torno a un hecho recurrente al que, sin embargo, creo que no se le dedica suficiente atención.

Hablo de los complejos de inferioridad de algunos exiliados, no pocos, que se sienten disminuidos por haber dejado Cuba y, en consecuencia, asumen su anticastrismo y/o activismo con asustadiza cautela. Como si sus ideas y posicionamientos carecieran de peso, pertinencia o fuerza moral solo porque se generan fuera de la Isla. Como si hubiera que pedir permiso, para pensar y actuar, a los cubanos de adentro.

El fenómeno, si se le mira bien, es asombroso. Y ha sido interesadamente alimentado por el castrismo y algunos oportunistas en la Isla a los que les encanta recibir dinero y ayudas de todo tipo del exterior, pero que a la hora de tomar en cuenta ―o por lo menos con naturalidad― la voz de sus compatriotas exiliados miran para otro lado o tienen el descaro de pretender negarla. Como si el exilio en pleno hubiera salido de Cuba en plan turista, a tomar el sol de los rascacielos de Chicago mientras llega el invierno. Como si la gente se hubiera ido de Cuba porque subieron los precios del azúcar o las papas no llegaron a la bodega. Como si todo el mundo tuviera la paciencia de vivir a merced de los caprichos y condicionamientos de una tiranía. Como si rehacer una vida fuera del entorno natural en el que se ha crecido fuera cosa de coser y cantar, y aquí afuera nos dedicáramos a jugar dominó en las esquinas y discutir de pelota. Como si por trabajar duro y asumir un sinfín de responsabilidades que en Cuba ni de lejos algunos imaginan, hubiera que pedir perdón.

Tiene mérito vivir fuera de Cuba, en plan exiliado. Mucho mérito. Porque de vez en cuando hay que decirlo alto y claro, para que no se olvide: Muchos carecen de la suficiente fuerza de voluntad y fe en sí mismos para salir definitivamente de Cuba. Y no hablo, por supuesto, de los que cumplen prisión o enfrentan abiertamente al régimen y quieren desmontarlo desde dentro. Todo nuestro respeto para ellos. No hablo de aquellos que no están preparados para dejar atrás a sus familiares o sus propiedades, circunstancia hasta cierto punto comprensible. Hablo incluso de gente cercana, aclaro, porque de ninguna manera quiero sonar peyorativo. Hablo de amigos a los que aprecio y quiero, pero que, debo reconocer ―y reconocen a ratos ellos mismos―, no tienen agallas para dejar Cuba. Son anticastristas, desprecian el sistema, pero no es que permanezcan allá porque quieren más que nadie a Cuba: es que simple y llanamente temen, carecen de voluntad, no están hechos para levantar cabeza en tierra extraña. Se necesita valor, véase como se vea, o por lo menos audacia, altura de miras y mucha fe en uno mismo, para dejar el país en el que se creció y rearmar toda una vida en entornos ajenos. Se dice rápido, pero no se hace rápido. Debíamos sentirnos  orgullosos de haber podido sobrevivir y en algunos casos progresar en el exilio.

Así que nada de pretender hacer caja con complejos de inferioridad descabellados. Si es que para colmo, como dijera el escritor Armando de Armas en una entrevista publicada en Neo Club Press, “acá está la gente que se alzó en el Escambray, los que pasaron una vida en las prisiones…  A nosotros nadie nos puede inducir complejos de culpa. Acá hay mucha gente que se la ha jugado por la libertad”.

En el exilio, por otra parte y retomando el comienzo de este análisis, hay casos clínicos. En algunos estos complejos de inferioridad han calado tan hondo que han sido capaces ―hablo sobre todo del ámbito cultural, en el que usualmente me desenvuelvo, aunque no solo― de determinar cofradías y clanes nucleados alrededor de lo que sus miembros interiormente, incluso inconscientemente, incapaces de reconocer, se reprochan: “no haber hecho nada en Cuba”.  Trabajaron en Cuba para el régimen, o pertenecieron a sus instituciones culturales, o se beneficiaron del status quo de una manera u otra, e insisten, como Sísifo, en cargar con ese pasado. ¡Carga innecesaria y absurda! ¡Nadie pretende criminalizarlos por ello! Pero carga que los lleva a despreciar e incluso a tachar de oportunistas a quienes tienen la mínima iniciativa o idea relacionada con el anticomunismo en funciones. Este otro grupo de acomplejados no solo se inhibe de cualquier clase de activismo y hasta estructura tortuosas piñitas hipócritas, sino que se va con frecuencia al otro extremo: le hace el juego al castrismo haciendo causa contra los que denuncian al régimen en el exilio.

Increíble pero cierto. La sicología cubana es un laberinto en el que para no morirse se necesita no ya un ovillo por el estilo del de Ariadna, sino un buen par de alas con que volar. Porque, que no quepa duda, a veces dan ganas de perder, y para siempre, esos pasadizos de vista.

Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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3 comentarios

  1. Kiko Arocha
    Kiko Arocha febrero 05, 18:05

    Muy valiente tu artículo, Añel. Abundo en el tema. Tuve amigos en Cuba que me decían “quédate a luchar”, lo que implicaba una crítica a quienes escapábamos, sin tener en cuenta que mientras más personas decentes y preparadas huyeran de la ignominia, más rápido ocurriría su degradación y muerte por colapso. Los que emigraron salvaron la cubanidad, aunque esta quedara desperdigada por el mundo. Diez mil familias cubanas en Australia asan un puerco en el patio los 24 de diciembre. Ante el totalitarismo el recurso expedito es huir. ¿Se imaginan una Cuba sin diáspora? Llevado al límite, si todos huyen no les queda a quien tiranizar. Si se escapan todos los peloteros buenos, ¿qué es lo que les queda sino el descrédito? Con toda la admiración y respeto que merecen los héroes, la lucha épica contra el totalitarismo nunca ha conducido al triunfo, sino al sufrimiento y a la muerte. Lo segundo más heroico y eficaz que existe después de luchar en Cuba contra el comunismo es irse al extranjero y apretar el botón reset para comenzar una nueva vida. Hay que tener güevos para eso, sobre todo a cierta edad. Nunca me he arrepentido ni un instante en haber emigrado, por el contrario, todos los días me felicito cuando veo el progreso de mis hijos y la espléndida vida de mis nietos. Sonrío cuando pienso que le robé al comunismo unos cuantos esclavos, empezando por mí.

  2. Armando Añel
    Armando Añel febrero 06, 12:39

    He publicado como artículo este comentario suyo, Almirant, porque me parece que aporta mucho. Gracias mil y un abrazo

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    visita esta web junio 06, 06:31

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