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Cuba y Venezuela, la lucha por la supervivencia

Cuba y Venezuela, la lucha por la supervivencia

Estudiantes venezolanos enfrentan al castrochavismo en las calles (año 2014, imagen de archivo)

Cuba y Venezuela, la lucha por la supervivencia
septiembre 15
15:35 2017

El pueblo cubano es, históricamente hablando, uno de tipo intolerante, cainita, en el cual predominan las fuerzas centrifugas y disolventes antes que las de la cohesión nacional. Un pueblo forjado en la falta de libertad y por tanto carente de cultura cívica, habituado a dirimir sus conflictos mediante la violencia y la revolución, es refractario al diálogo y a los pactos. Es, a fin de cuentas, el reflejo de una nación abortada, siempre y cuando el concepto de Nación lo concibamos desde una perspectiva de Modernidad, con pleno respeto al imperio de la ley y a las instituciones que lo refrendan.

Casi superadas las dos primeras décadas del siglo XXI, los cubanos continuamos chapoteando en una interminable era de pre-modernidad. En otras palabras, políticamente hablando, el pueblo cubano no ha superado su primaria condición de nacionalidad. Tomando en consideración estas premisas, resulta lógico pensar que la estrategia de asalto del poder por parte del líder del M-26-J, a partir de 1953, tuviera finalmente el éxito que tuvo y la masiva acogida popular de que disfrutó durante al menos dos décadas. Es un hecho palmario que el Ejército Rebelde, haciendo uso de su liderazgo en la lucha contra Batista, monopolizó desde el principio todo el poder y a la altura de 1968, o sea, antes de una década, ya ejercía un férreo control totalitario no solamente sobre toda la estructura productiva, sino también sobre el mismo pueblo que nueve años antes le había entregado gustoso las llaves de la capital y del país, con la esperanza de que por fin se lograría adecentar la administración pública y la vida política en general, siempre desde un pragmatismo liberal-reformista.

Entre 1959 y 1960 resultó infructuoso defender la consigna “Por la Constitución del 40 y la Libre Empresa”, pues el nuevo y ambicioso poder pasó por encima de la timorata resistencia de una débil y desmoralizada oposición cubana, de una sociedad civil vibrante pero ignorante de su papel de defensa de las libertades, así como de un Ejército Constitucional derrotado y juzgado a punta de pistola en los nuevos Tribunales (sumarios) Revolucionarios. Solo así resulta comprensible el acelerado y multilateral avance del nuevo poder liberticida sobre la sociedad cubana en pleno.

Pero esto ya es historia y, si la postración y el desánimo civil cubanos entonces eran paradigmáticos, hoy, al cabo de casi seis décadas, asumen francamente tintes surrealistas. Sin embargo, esta inercia, esta crónica incapacidad del pueblo cubano para la acción común en pro de enfrentar y derrotar a la dictadura, no resultan justificantes suficientes para considerarlo un pueblo precisamente cobarde o timorato. Las dos guerras por la independencia de España, a la vez que escenarios donde se evidenciaron las taras regional-cainitas de nuestra nacionalidad en ciernes, mostraron al mundo a un pueblo decidido a entablar una lucha desigual contra el poder colonial español a costa de carencias, sufrimientos sin fin y sacrificios de toda clase. Quizás los ejemplos mas señeros sean los del Mayor General Ignacio Agramonte y el Lugarteniente General Antonio Maceo, los cuales encarnaron las virtudes y al afán libertario de todo un pueblo, más allá de razas y condición social.

Ya en el siglo XX, la lucha contra Machado y su prórroga de poderes, puso otra vez de manifiesto la capacidad movilizativa del pueblo cubano en torno a líderes como Rafael Trejo, Antonio Guiteras y otros de diversa orientación política. Durante el régimen de fuerza de Batista, también se puso a prueba el arrojo y la valentía del pueblo cubano, encarnado a mi juicio sobre todo en dos líderes excepcionales como Frank País, del M-26-J, y Jose Antonio Echeverría, del Directorio Revolucionario. Todos ellos fueron capaces de arrastrar con su ejemplo o concitar la simpatía de muchos cubanos que no dudaron en ofrendar sus vidas en aras de la libertad. Quiere decir esto que la voluntad de constituir una nación moderna y democrática, así como la incesante búsqueda de la libertad basada en el sacrificio personal, la valentía y el arrojo, constituyeron jalones claves en el devenir de la nacionalidad cubana.

Sin embargo, a ese mismo pueblo noble y valeroso se le hizo creer que esa incansable lucha por la libertad había sido coronada por fin en 1959. Con la diferencia de que el concepto de libertad del régimen nada tenía que ver con las libertades emanadas de una sociedad liberal, sino con la identificación de un acérrimo enemigo de la independencia cubana en los Estados Unidos, frente al cual había que luchar “hasta la victoria siempre”, implantando para ello un modelo soviético de férreo control estatal en el cual no hubiera lugar para las libertades individuales. Aquel pueblo, en su gran mayoría confundido y seducido por promesas de redistribución de tierras de cultivo y socialización de la salud y la educación, no tardó mucho en abrazar las consignas de su líder y tampoco dudó en colaborar intensamente con él para forjar las cadenas que lo sometieron a un régimen de absoluto control basado en el terror y el sometimiento, que lo prohíbe todo y en especial la oposición. O sea, la existencia de otras voces capaces de articular un discurso alternativo al del poder, poniendo en peligro su monopolio. Ahí están los valerosos ejemplos de Osvado Payá y Harold Cepero, así como de Orlando Zapata Tamayo, entre otros muchos héroes que han caído a lo largo de estos casi 60 años de tiranía totalitaria.

La lección a extraer es que, sin contar con voces y liderazgos distintos al poder, que consigan proyectar su discurso en la plaza pública cubana para movilizar a la población, resulta imposible mover siquiera una pequeña piedra del poderoso bastión del totalitarismo. Esta premisa Payá la tenía muy clara, de ahí su iniciativa de buscar y encontrar un resquicio en la propia Constitución castrista para, dentro del estrecho marco legal imperante, avanzar un movimiento de disidencia y rechazo al régimen. Sin embargo, ya sabemos el coste que le supuso su brillante y arriesgada iniciativa.

Desde aquí hago seriamente una exhortación a todos mis paisanos a no despotricar en contra de nuestra nacionalidad de manera superficial; como ven, están soslayando gravemente muchas y muy importantes premisas históricas, políticas y sociológicas que explican el silencio, la simulación, incluso la complicidad de cierta parte del pueblo cubano. El terror, el miedo a ser víctima sin derecho siquiera a un enjuiciamiento de tus asesinos, tampoco a un reconocimiento público de tu heroísmo, paraliza, frena en seco, convierte la ira y el rencor en hipocresía, en un medio para preservar tu vida. Esto ha sido y sigue siendo un arma muy eficaz del poder para acallar las voces y las acciones de la fragmentada e infiltrada oposición cubana. Y si no lo creen, observen el caso de Venezuela, donde una vez escindida y desplazada la oposición de su representatividad política, y por tanto de su voz, ya nadie protesta en la plaza pública.

No por ello el pueblo venezolano ha devenido cobarde de la noche a la mañana.

Sobre el autor

Enrique Collazo

Enrique Collazo

Enrique Collazo es Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana. Realizó estudios de Doctorado en la Universidad de Educación a Distancia de Madrid. Ha publicado libros sobre las cuestiones de la banca y el crédito en Cuba, tanto en la Isla como en España, y colaborado asiduamente en publicaciones como la revista Encuentro de la Cultura Cubana y su página web Encuentro en la Red, la Revista Hispano-Cubana, Cuadernos de Pensamiento Político e Islas, entre otras. Actualmente reside en Madrid.

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