Neo Club Press Miami FL

Cuba, la isla que quiso ser continente

Cuba, la isla que quiso ser continente

Cuba, la isla que quiso ser continente
noviembre 09
05:02 2012

Un cuadro de la pintora Sandra Ramos —La isla que soñaba con ser continente— refleja mejor que cien cuartillas minuciosamente manuscritas la dimensión de lo cubano en algunas de sus vertientes sociológicas y sicológicas. En un primer plano aparece el malecón habanero; contra el muro y a lo largo de él se acomoda una serie de personajes típicos de la historia o la cotidianeidad insular. Al fondo y al centro, sobre el mar, el conjunto sobredimensiona la figura desnuda de una mujer que sueña (esto último es particularmente definitorio).

La silueta de esa mujer es Cuba. El sueño de esa mujer —representado un poco más arriba de su rostro, a la derecha— es también la Isla, pero una isla enorme, imperial, que partiendo del Caribe atraviesa el Atlántico hasta alcanzar la costa surafricana. Redecorando el mapamundi, Cuba es en el cuadro objeto de su propio deseo: el de la isla que quiso, y de cierta manera todavía quiere, ser continente.

A partir de 1959, con el triunfo y la posterior institucionalización del castrismo, la ambición dormida del cubano despierta a una realidad aparentemente propicia. Como en el cuadro de Sandra, la Isla adquiere una preponderancia política, y por extensión geográfica, que la aúpa a los primeros planos de la escena internacional. Las décadas del sesenta, del setenta y en menor medida del ochenta sirven de trasfondo a un clima de guerra fría en el que Fidel Castro se desenvuelve como pez en el agua. Cuba ya no es la llave del golfo desde un punto de vista comercial, sino geopolítico, y la llave no está ahí para abrir algo, sino más bien para cerrarle una y otra vez las puertas a todo aquel que no abrace la religión oficial: el castrismo. Pero la influencia de la mayor de Las Antillas no se limita sólo a Latinoamérica, también desembarca en África e incluso en Europa y Asia. Es la globalización de lo cubano, para emplear un término de moda. Hay algo de “destino manifiesto” en esta suerte de imperialismo tercermundista.

En un sentido sociológico, el castrismo es el altoparlante a través del cual se ha expresado lo peor de la nacionalidad. Lo peor y aun lo más representativo: ese nacionalismo cubano histriónico, despistado, pretencioso como pocos, que durante más de un siglo ha sido incapaz de fraguar la nación y/o civilizar el país en cualquiera de sus variantes, ya sea como aliado u opositor de Estados Unidos. Cuba es la totalidad mezclada, lo terrenal en su versión más impura y, por lo tanto, más completa: lo asiático, lo africano, lo europeo e incluso lo indígena, se dan cita en ella. Cuba es el centro, el faro —punto de referencia entre el norte y el sur—, la insularidad andante y, sobre todo, el espejo que hasta 1959 reflejó en Latinoamérica el desarrollo norteamericano, y con ello la modernidad. La vocación de universalidad que alimenta el espíritu nacional se da de bruces, ya derrocada la dictadura batistiana, con su interpretación y su instrumentación. El instrumento y el intérprete son en este caso la misma persona. Cuando la revista Bohemia publica en gran tirada la imagen de un jefe de la revolución cuyo parecido con Cristo es resaltado hasta el delirio, no está retratando una realidad, sino expresando un deseo. Un deseo multitudinario. Es la ambición de trascendencia de un pueblo que se endiosa a sí mismo por medio de su “salvador”. La serpiente que se besa una vez más la cola.

Poco a poco Fidel Castro comienza a ser, a los ojos del cubano que “se cree cosas” —hipnotizado por los fuegos de artificio de su propia arrogancia—, una especie de síntesis o expresión simbólica de lo criollo. Ya no se trata sólo del Dios, del Mesías, sino del cubano típico, característico, él y todos al mismo tiempo. Castro es el pícaro, el que aprovecha cada coyuntura histórica con habilidad de chulo de barrio. El temerario, el alardoso, el que le guapea a María Santísima. El que todo lo sabe, el que nunca pierde. El hablantín, el incontinente. El soñador, el que levanta castillitos en el aire. Y el gran comediante, el gesticulador por antonomasia. Así, cuando el abogaducho transmutado en comandante decide conquistar el mundo para la causa del comunismo (léase, en última instancia, del castrismo), está llevando a la práctica ese nacionalismo de pacotilla que, por contra, tiene conciencia y raíz universales, y lo está haciendo desde una cubanidad visceral, tentativamente imperialista. En él se entremezclan y convergen lo mejor y lo peor del carácter nacional, aun cuando lo peor predomine siempre sobre lo mejor.

Pero tampoco hay que exagerar. Hablaba antes de una parte de la población, está claro, aunque esa parte —quizá actualmente oportunista o ya apática— detente voz y voto dentro de un sistema que reprime, excluye o controla cualquier clase de disidencia, y ello parece ser lo que cuenta. Por otro lado, los ochenta, o los sesenta, no son los dos mil. Agotado el proyecto idealista, desmerengada la imagen del máximo líder, sobrevive mayormente la estructura: el miedo a la libertad en manos del aparato de control totalitario. De ahí, previos a su salida del escenario público, a su muerte per se, los últimos y patéticos esfuerzos de Fidel Castro por hacer de la Isla un continente.

Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

Artículos relacionados

0 Comentario

No hay comentarios

No hay comentarios, escribe el tuyo

Escribe un comentario

Escriba un comentario

Armando de Armas en el Festival VISTA:

Letras Online

LA REVISTA INTERACTIVA DE NEO CLUB PRESS
  José Hugo Fernández

Una trompetilla, eso es la libertad

José Hugo Fernández

  La trompetilla se fue de Cuba. Su ausencia representa para nuestra gente lo mismo que representó la retirada de los cohetes soviéticos para el régimen. De pronto, ya no

0 comentario Leer más
  Ángel Santiesteban

La Parca merodea

Ángel Santiesteban

  A la abuela se le ha hecho costumbre mantener la vigilia en las madrugadas. Espera impaciente en la oscuridad porque de todas maneras quedó ciega por la diabetes, y

0 comentario Leer más
  Nilo Julián González

Querido padre

Nilo Julián González

                si dejara de buscar el asombro de todo y del mundo si dejara de ver con sanidad con este es mi cuerpo

0 comentario Leer más
  Yosvani Oliva

Tenga cuidado la noche

Yosvani Oliva

                Ándese sobreavisada la noche tan permisora de este bufón aburrido buscando quien lo contente. Trastoca las prioridades y a quemarropa dispara estrellas

0 comentario Leer más
  Baltasar Santiago Martín

¿Suicidio?

Baltasar Santiago Martín

  En memoria de Juan O’Gorman             No entres al río con los bolsillos llenos de piedras como hizo Virginia; antes que suicidarte, arrójale las

0 comentario Leer más

Lo más reciente: