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Cubamax, una ventana con cortina de humo

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Cubamax, una ventana con cortina de humo

Cubamax, una ventana con cortina de humo
julio 02
07:17 2016

 

En la prensa local en español en días recientes, bajo el rótulo “Se abre una ventana a la cultura cubana”, se informa que la empresa Dish Latino anuncia que, además de los hispanos de las distintas comunidades, los televidentes del destierro cubano van a tener acceso a “lo mejor” de la televisión que se hace hoy en la isla bajo el gobierno castrocomunista por medio de CUBAMAX, una empresa (de la que no hace falta decir quién es el propietario) que dice importar la mejor programación televisiva de Cuba, “con lo más representativo de la cultura cubana”.

Eso de la ventana por la que la acción oficial castrocomunista trata de asomar lo que le conviene a dicha dictadura, no es nada nuevo. El régimen, en sus planes de controlar al exilio convencional o histórico cubano, ha estado situando aquí a agentes mediadores y servidores del mismo, labor que dicho gobierno viene haciendo como pretexto hace mucho tiempo. Y por distintas vías, entre ellas la cultural y artística, presenta ante el mundo otra visión de la realidad cubana bajo ese régimen, que borra o adultera la verdad cotidiana y la verdad histórica.

En la reseña propagandística de esa penetración televisiva, se dice que conectar a Dish Latino con CUBAMAX, es conectar a los televidentes del exilio cubano “con su cultura y sus raíces”, y que CUBAMAX se enfoca en el entretenimiento únicamente: la música, el arte… la cultura, en fin.

Pero entretenimiento y música popular no son los únicos valores importantes y calificadores de la cultura de un pueblo, y sólo eso –dicen– vendrá a ofrecernos CUBAMAX. Pero detrás, como con una cortina de humo, se querrá hacer olvidar, o ignorar, el crimen que a la nación, la cultura y la historia cubana ha hecho la foránea tiranía castrocomunista, para que todo quede oculto detrás del telón de fondo.

Ese telón tenemos que descorrerlo ante el mundo y las nuevas generaciones, de modo que conozcan o rememoren lo que en Cuba ha sido la cultura en represión bajo estos mismos gobernantes, el mismo gobierno que ahora quiere maquillarle el rostro con folklóricos cosméticos.

Desde los años iniciales de esa dictadura la pauta cultural represiva estuvo planteada con aquel discurso de Castro a los intelectuales (1961) “dentro de la Revolución todo; fuera de la Revolución nada”. Así echó a andar la cultura en represión. Y ha sido largo el camino de los hechos.

El caso del poeta Heberto Padilla por su libro Fuera del juego, en 1968, es una mancha imborrable de la represión cultural con aquel bochornoso “mea culpa” en un sitio público de acceso general.

También la marginación de dos figuras importantes de nuestra cultura: Virgilio Piñera y José Lezama Lima. Además, el gobierno borró de la lista cultural cubana a todo escritor o artista cubano que se marchara del país o se mostrara, dentro o fuera de la isla, desafecto al gobierno. Así fue, entre otros tantos, por ejemplo, con Lydia Cabrera, Enrique Labrador Ruiz, Gastón Baquero y, en especial, Guillermo Cabrera Infante.

El poeta y dramaturgo René Ariza fue condenado a ocho años de prisión por la supuesta intención política de algunos de sus cuentos. Así mismo, el acoso, persecución y arresto del novelista Reinaldo Arenas fue memorable. Dicha represión alcanzó insólitamente hasta al novelista chileno Jorge Edwards, avecinado en Cuba como diplomático y luego expulsado como “persona non grata”.

Dos altas figuras internacionales de la canción popular, exiliadas, son dignas de señalar: Olga Guillot y Celia Cruz. Sus interpretaciones fueron silenciadas, y prohibida su audición en Cuba.

Al cabo de muchos años comenzó lo que alguien llamó “necrocultura”, que consistió en nombrar, y hasta publicar en ciertos casos, a autores cubanos del exilio después que estos habían muertos.

En la vieja fortaleza de La Cabaña, al borde de la bahía de La Habana, la dictadura castrocomunista creó una de las más tenebrosas y crueles prisiones políticas (ya por tal famosa entre más de cien en toda la isla), donde cumplieron largas condenas (y torturas) miles de cubanos opositores al régimen.

En los fosos de dicho castillo funcionaba el paredón de fusilamiento, donde durante años fueron asesinados cientos y cientos de cubanos políticamente opositores al gobierno dictatorial castrista, cuyos gritos de ¡Viva Cuba Libre! escuchábamos desde las galeras donde estábamos los presos políticos, voces que apagaban los disparos de la fusilería ejecutora.

Desarticulada hace poco tiempo dicha prisión, el gobierno ha instalado allí, en los mismos locales, las actividades de la Feria Internacional del Libro de La Habana, a la que acuden también escritores, publicistas y viajeros de distintos países, en el diabólico intento del gobierno de que el hojear de los libros apague las voces de los mártires allí asesinados y así dejar una buena (pero superficial) imagen de la cultura en la memoria de escritores y demás invitados internacionalmente, incluso hasta en la más joven generación cubana para que otro sea el recado de la triste verdad histórica que se quiere ocultar.

Miles de cubanos han hallado la muerte –lo que todavía continúa– en el “cementerio marino” del Estrecho de la Florida, en el intento de escapar del infierno castrocomunista por la costa. Más de dos millones de cubanos (o sea, cerca del 20% de la población) han escapado de la isla, en el mayor éxodo político proporcional en la historia de Hispanoamérica. La familia cubana se fraccionó por dicho destierro, y también (lo que es peor) por diferencias políticas en el interior de la misma.

Ahora, con las recientes relaciones diplomáticas Cuba/USA se incrementarán los indolentes intercambios culturales. Y Dish Latino, en su conexión con la empresa CUBAMAX, dice que “se abre una ventana a la cultura cubana”. Y allá, al fondo del paisaje, como con una cortina de humo, se cierra el postigo para asomarse a la “cultura en represión”.

CUBAMAX, que dice que importará (entiéndase por ahora) programas de entretenimiento, se estrenará con las piruetas de un actor cómico, en el personaje de Pánfilo, mensajero de carcajadas en este burlesco e impune borrón y cuenta nueva. Y todo marchará bien, porque –como dijo la escritora Delia Fiallo–: “Aquí no ha pasado nada”.

Sobre el autor

Ángel Cuadra

Ángel Cuadra

Ángel Cuadra (La Habana, 1931) es poeta, ensayista, periodista, abogado y profesor de Literatura Española. Reside en los Estados Unidos desde 1985. En Cuba, fue uno de los fundadores del Grupo Literario Renuevo (1957). Fue detenido en 1967 por actividades políticas subversivas contra la dictadura de Fidel Castro, y sancionado a quince años de prisión. En 1980 el PEN Club de Suecia lo nombró “miembro de honor”, y entre sus numerosos libros publicados figuran “Peldaño” (1959), “Impromptus” (1977), “Poemas en correspondencia” (1979), “Las señales y los sueños” (1988) y “Diez sonetos ocultos” (2000). Ha recibido varios premios, entre ellos el Rubén Martínez Villena (Cuba, 1954), el Premio Presidencial (Los Ángeles, 1986) y el Premio Amantes de Teruel (España, 1988). Preside el PEN Club de escritores cubanos en el exilio.

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