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En el pecho del canario

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Animal de alcantarilla

En el fragor de la poesía, como balas de rebote junto al mar, el canario saca el pecho amarillo y canta. El canario de Martí en Animal de alcantarilla (Editorial Ácana, 2005), el poemario de Luis Felipe Rojas, no puede salvar a nadie, no puede salvarse él mismo, pero canta en medio del campo de batalla. “Yo soy el canario de Martí / yo tengo el pecho así / por si la muerte es una golpiza y se me abren surcos / zanjas en este rostro fiero”. Más que de salvación, estamos ante una forma de renacimiento.

Animal de alcantarilla es el tercer libro publicado de Rojas, tras Secretos del monje Louis y Cantos del mal vivir. Entonces el autor, a principios de la pasada década en el oriente de Cuba, no se había convertido aún en el disidente y blogger cuyas crónicas desafiantes y reportes al filo de la navaja lo hicieran célebre en el exilio, por esos mundos virtuales, pero ya era posible sopesar en su poesía el estruendo de la Isla debatiéndose, el desarraigo en el arraigo, los retortijones del asombro y la ira, y eso que hablamos de una lírica selecta, finísima, donde el dolor y la tragedia nacionales bailan sin tropezar con los muebles. “Ni el canario de Martí podrá salvarme del hambre de mi madre / el llanto de mi madre/ las preguntas de los que tocan a la puerta y no la ven”.

Nacido en 1971 en San Germán, Holguín, Luis Felipe Rojas pertenece a una generación de poetas –de escritores en general— cuyos acercamientos a la incesante farsa de la llamada “revolución cubana”, marcados por el hastío, en general se han producido con intermitencia y cautela. Los del autor, en un medio rural cuya impronta nacionalista y “revolucionaria” lo permea todo, derivaron sin embargo hacia el desafío frontal, no sin antes atravesar los diversos grados de la contemplación y el recogimiento. En este sentido, Animal de alcantarilla constituye un ejemplo ilustre de toma de posición (y de posesión), un preludio en forma de libro que pasa incluso lo más doloroso por el tamiz de su poesía inteligente, precisa como un cuchillo.  

“Dios mío, yo soy el canario de Martí / tengo el pecho así de grande / amarillo y solitario / dispara, pon tu bala en mí”. Mas es el poeta quien dispara –francotiradoramente--, el pecho contra las balas del cansancio, la desazón y la derrota.

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