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De Cuba a Panamá: Crónica de un viaje

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De Cuba a Panamá: Crónica de un viaje

De Cuba a Panamá: Crónica de un viaje
abril 16
20:28 2016

 

En Cuba hay una vieja frase siempre vigente: “El que inventó la Ley, inventó la trampa”. Entonces el cubano, que no se detiene ante ninguna barrera estatal, ha logrado entrar en países del área latinoamericana y del Caribe para comprar, vender y prosperar de regreso a la Isla.

De todos ellos, Panamá es una gran plaza donde puede adquirirse al por mayor todo tipo de artículos. En cierta área, toda una ciudad, existen almacenes o, como decimos nosotros, tiendas, donde venden un solo producto y con rebajas que, a pesar de los impuestos, hacen la compra sumamente atractiva.

Adicionalmente, los cubanos que compran en Panamá pueden de modo legal enviar paquetes por barco o avión, procedimientos más caros pero también más certeros. No es de extrañar que ya haya cubanos que se dedican a este negocio y han visto sus frutos.

Para esta modalidad se contratan personas a quienes en el argot popular se denomina “mulas” –sean hombre o mujer–, quienes supuestamente hacen una gran compra personal pero en realidad solo están presentes en los momentos de identificaciones, que exigen pasaportes en regla y, al pasar por los controles aduaneros con sus exigencias establecidas, más tarde entregan la mercancía a su verdadero dueño.

Panamá es, sin dudas, uno de los países donde mejor puede hacerse este tipo de negocio. En mi breve visita pude ver a muchos cubanos y extranjeros que la visitan con este objetivo.

Aprecié, sin embargo, algunos pequeños defectos que, de solucionarse, convertirían a Panamá en un paraíso en todos los sentidos relacionados con las bonanzas bien habidas. He viajado poco, pero he estado días o semanas en ciudades como la capital del Estado de Oaxaca y el Distrito Federal en México, Madrid, Estocolmo y Miami. En todas pude disfrutar de algo que falta en Ciudad Panamá: la cultura del buen anfitrión.

El buen anfitrión es respetuoso (como los panameños) pero tiene encanto para preguntar de dónde eres, o hacerse el adivinador, con esa sonrisa con que preguntan “eres cubana” o “eres habanera” a sabiendas de que responderás afirmativamente con otra sonrisa, todo lo cual permite que fluya la energía del amor, tan similar al “Welcome to…” de otros lares.

De ahí se sugieren visitas a los patrimonios, dónde están los sitios más económicos, cómo es la transportación urbana, cómo hacer un trayecto directo, etc., porque “todo no es color de rosas” y desear buen viaje y que regreses.

En pocas horas es difícil dar una opinión de fuerza, pues hiere sentimientos. Toda regla tiene su excepción, la viví con taxistas, choferes de ómnibus y conductores, personas de pueblo a las que hice alguna pregunta y fueron solícitos por excelencia.

Tuve la bendición de visitar la Iglesia de San Juan Bosco y fui bien recibida por laicos que laboran en este templo; unas horas antes de partir y terminada la misa, pude conversar con el padre de la iglesia, un buen pastor, un hombre amoroso. Con esas personas y otras similares que no conocí se puede lograr el milagro de que cada panameño sea un buen anfitrión.

Iglesia de San Juan Bosco, en Panamá

Iglesia de San Juan Bosco, en Panamá

Estuve hospedada en dos hoteles que no eran de lujo y cuyos nombres no vienen a colación. Sus habitaciones limpias, con aire acondicionado, desayuno garantizado, no obstante verse ambos edificios descuidados, hay pereza en mantenerlos impecables.

Aseguro que si esos hoteles estuvieran a cargo de cubanos “otro gallo cantaría”. Lo mismo ocurre en una serie de locales chicos de venta de alimentos que se aprecian francamente feos. En Cuba lucen atractivos con lo difícil que es todo, invitan por sí solos porque tienen además la magia del trato del cubano, que es tan ocurrente y comunicador.

Esos que hacen legiones y se ríen de sus propios problemas, que “echan palante” y le cambian el nombre a todo. Ahora somos “luchadores”, diría yo “gladiadores”, y al instante el turista, aunque proceda de una idiosincrasia fría, queda hechizado por el cubaneo. El cubano es un buen anfitrión.

Entre los comercios de la capital panameña que venden alimentos hay zonas con dependientes chinos. Pero no son afables. Cuba es una tierra de miel que los volvió joviales, muchos hombres de éxito que luego emigraron y dejaron una descendencia que mantiene aún el pequeño Barrio Chino habanero, donde los rasgos asiáticos sucumbieron a la cubanía.

Otro detalle que no me complació fue ver mucha basura en las esquinas, zonas preciosas por donde no pasa el escobillón del barrendero. Se aprecia cierto descuido en el ornato que contrasta con edificios tan majestuosos como modernos.

Me sorprendieron los choferes estatales o privados, porque conducen muy rápido. Como decimos los cubanos, son “cañoneros”. En las primeras horas demoré al cruzar una calle pero, al siguiente día, me situé cerca de un panameño y crucé con él; de pronto, aminoran la marcha y algunos saludan con el claxon. Parece una bienvenida al coraje de retarlos.

En un viaje en taxi conversé con el taxista. Un hombre con muchos años en el oficio y muy sociable. Al preguntarle sobre su sindicato, habló del mismo con orgullo y dijo cómo la disciplina laboral, aprendida en la juventud, le ha sido muy provechosa.

En mis recorridos por los almacenes tengo que destacar la profesionalidad y el buen trato de los dependientes. Los cubanos, a quienes nos gusta juzgar y decir la última frase del coloquio, sentenciamos que “ellos cogen comisión”. Pero de todas formas, tratan muy bien al cliente.

Fui atendida por dependientes que por sus acentos deduje son de otras nacionalidades. Entre ellos, el encanto de las colombianas no se hizo esperar; no solo son bellas sino que a ese acento de dulzura añaden profesionalidad y cariño por lo que hacen, un buen ejemplo a imitar.

Pude hacer fotos dentro de algunos almacenes pero todo no podía concentrarse en la instantánea. También quería participar del placer de “estar de tiendas”. Tocar la mercancía, ser mimada por una buena gestión de venta, simple cuestión de género.

En un plato de la balanza unas pocas imperfecciones, en el otro un diamante en bruto. Panamá es parte del Nuevo Mundo que cautivó a los colonizadores. Tenemos la bendición de ser todos parte de una misma patria en mestizaje, música, danzas, anhelo por la prosperidad y deseo de ser libres.

Panamá es bella y lo será aún más, eso sentí sin dejar de tararear en mi mente aquella estrofa de una vieja canción que dice “Panamá quererte, Panamá adorarte”. Dios bendiga al país, a su canal y a toda su gente.

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Sobre el autor

Aimée Cabrera

Aimée Cabrera

Aimée de las Mercedes Cabrera es licenciada en Educación. En mayo de 2000 comenzó su labor como periodista independiente en Cuba, en la agencia Habana Press. Ha colaborado en diversos medios de prensa, como Cubanet, Misceláneas de Cuba y Primavera Digital. Su especialidad son los temas laborales. Actualmente reside en La Habana.

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