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De la revolución iraní a la República Islámica

De la revolución iraní a la República Islámica

abril 24
22:26 2011

1-JomeiniIrán es un país del tamaño de Estados Unidos, rico en petróleo, con un mosaico de nacionalidades y 25 siglos de monarcas absolutos y divinos. El Islam aquí se mezcló con un distintivo sello persa, que mantuvo tensas sus relaciones con los “árabes”, a quienes tildaban de “piojosos primitivos”.

En 1953 tuvo lugar un intento por secularizar al Estado, incidente que concluyó con un golpe promovido por la British Petroleum contra el premier Mossadegh. Aparte del impulso modernizador, durante la tutela del Sha se protegió a las minorías (judía, cristiana, zoroastra y bajai), las mujeres obtuvieron el voto y se introdujo la planificación familiar.

El año 1979 será recordado en la Historia por la victoria de la revolución iraní y la proclamación de la República Islámica. Mientras el shah de Irán, Muhammad Reza Pahlavi, organizaba las festividades grandiosas en 1971 por el 2500 aniversario de la monarquía iraní, en su exilio en la ciudad santa chiíta de Najaf, Irak, el Ayatolá Jomeini estaba publicando un libro titulado “Gobierno islámico”, que contenía cada una de las disposiciones más importantes tomadas por la República Islámica después que tomó el poder en 1979. El libro de Jomeini precipitó una revolución intelectual chiíta que no tenía precedente entre los musulmanes sunitas. Por primera vez, un clérigo chiíta destacado había dado apoyo teológico-legal a las ideas de Mawdudi y Qutb, y estaba predicando la destrucción del orden establecido. Jomeini logró atraer a su doctrina a los jóvenes y a la clase media educada de las ciudades.

El Irán del sha había pasado por una fase de gran prosperidad en los años que precedieron a la revolución,  gracias al alza de los precios del petróleo, del que era el segundo exportador mundial después de Arabia Saudita. Además, el monarca se vanagloriaba de poseer uno de los ejércitos más poderosos del mundo.

Pero la modernización de Irán tenía grietas bajo su apariencia brillante. El carácter dictatorial de la monarquía y la omnipotencia de la policía política, la Savak, habían impedido cualquier debate sobre la orientación del régimen, aunque paradójicamente el sistema imperial había favorecido el auge de una clase media urbana gracias a un sistema educativo de calidad superior a la de los países vecinos. Pero la había mantenido al margen de cualquier representación política.

Este vacío democrático favoreció la eclosión de doctrinas políticas radicales, sobre todo entre los estudiantes, y dichas doctrinas se nutrían de dos fuentes principales: el marxismo en sus diferentes formas y el “chiísmo socialista”. Como los marxistas no lograban penetrar en las masas, ajenas a tales categorías de pensamiento que incluían desde el maoísmo y el trotskismo hasta la ortodoxia prosoviética del partido Tudesh, algunos jóvenes intelectuales marxistas traspusieron a un chiísmo revisado con una perspectiva revolucionaria las expectativas mesiánicas del comunismo o del tercermundismo. Este “chiísmo socialista”, interpretado a través de la lucha de clases, convirtió al imán Hussein, “oprimido” (mazlum) y asesinado por el califa omeya sunita, en la representación del pueblo oprimido por el shah. La expresión más militante de este movimiento fueron los Muyahidín del Pueblo, guerrilleros que supieron utilizar, diez años más tarde, el lenguaje chiíta de la revolución para reestructurar su organización en los primeros tiempos de la República Islámica, de la que se iban a convertir en uno de los enemigos más peligrosos, antes de ser exterminados sin piedad.

La figura intelectual más influyente para los militantes jóvenes, aparte de Jomeini, fue Ali Shariati (1933-1977), quien pertenecía a una familia estrictamente religiosa y había estudiado en París, donde aprendió sobre intelectuales izquierdistas y tercermundistas como Jean-Paul Sartre, Che Guevara y Frantz Fanon y les pasó esas doctrinas a los militantes chiítas. En contraste con Qutb, que se expresaba mayormente en el lenguaje de la doctrina islámica, Shariati dejó que algunos de los principios del marxismo penetraran en sus escritos y declaraciones, principalmente la idea de la lucha de clases.  La influencia de Shariati se sintió más claramente en los movimientos islámico-marxistas iraníes, principalmente  los muyajedines del Pueblo.

A partir de 1970, Jomeini pedía el derrocamiento de la monarquía y el establecimiento en sus ruinas de un gobierno islámico, del cual un doctor de ley chiíta sería el guía supremo. Mientras Shariati denunciaba a los clérigos reaccionarios y veía a intelectuales “iluminados” como él mismo como los guías futuros de la revolución, Jomeini atribuía ese rol al clero religioso, el faqih.

Una de las doctrinas centrales de los musulmanes chiítas es el martirio del Imam Hussein, hijo de Alí, el cuarto califa del Islam y nieto del Profeta. El imam fue derrotado y muerto en 680 en Karbala, sur del actual Irak, por los ejércitos del califa sunita de Damasco, a quienes los sunitas que apoyaban a la familia de Alí veían como usurpador.  El rito chiíta incluye autoflagelaciones en reproche por no haber ayudado al mártir Hussein y a su familia, y también la creencia que el descendiente de Alí, Muhammad al-Mahdi (desaparecido en 874) regresará al mundo al final de los tiempos y durante su “ocultación”, es decir, todos estos años hasta la fecha, el mundo está lleno con sombras e iniquidad, y solamente habrá luz y justicia con la llegada del Mesías. Por esa razón, la fe chiíta tenía una actitud quietista hacia la política, hasta que Alí Shariati atacó este estado de equilibrio político-religioso, atacó al clero reaccionario y dijo que la verdadera interpretación de la doctrina chiíta radicaba no en la flagelación, el quietismo y la espera por el Mesías, sino en continuar la lucha contra la injusticia del estado comenzada por Alí y Hussein.

Mientras, en las periferias urbanas construidas caóticamente, ganaron espacio los lugares de culto chiítas, donde los niños iban a aprender el Corán y las gestas de los imanes bajo el báculo de los clérigos con turbante. La religión desempeñaba no sólo un papel doctrinal sino también una función central de control y de estabilización social, bendiciendo los beneficios de los comerciantes del bazar y redistribuyendo sus limosnas, educando a los niños cuyo padre y hermanos mayores recorrían la ciudad buscando un trabajo con el que ganarse la vida. Pero las relaciones del poder imperial con estas redes religiosas no eran buenas: tildados de reaccionarios “negros” (por el color de su indumentaria), los mulás vieron cómo el Estado reducía el número de sus madrasas, sus escuelas de teología autónomas, e intentaba crear institutos de formación modernos controlados por él (lo que provocó la ira de Jomeini desde su exilio).

En el chiísmo, el clero está jerarquizado y organizado bajo la autoridad de los ayatolás, los más apreciados de los cuales se consideran “fuentes de imitación” (marya-e taqlid). Recipientes de la zakat, gozan de una gran independencia (en particular, financiera) en relación con la autoridad política, a la que sólo rinden un vasallaje de fachada (ketman).  En este sentido, el chiísmo difiere del Islam sunita: en éste último el poder en general consigue tejer una estrecha relación con los ulemas más destacados, les otorga determinados cargos, les paga un salario y recibe, a cambio, su bendición.

Durante el reinado de Mohamed Reza Pahlavi, el clero iraní añadió pues a la tradición chiíta de mantener distancias respecto al poder una hostilidad específica, como consecuencia del desprecio ostentoso que el sha sentía por los mulás. A mediados de los años setenta, en Irán también existía, entre los comerciantes del bazar y en los barrios pobres, una burguesía piadosa o devota y una juventud urbana pobre, fácilmente identificables y culturalmente ajenas a la ideología de una Estado que les ignoraba. Estaban fuertemente estructuradas por el clero chiíta, indiferente u opuesto a un régimen que no disponía de enlaces fiables en su jerarquía, contrariamente a la situación imperante en los países sunitas.

Sin embargo, la mayoría del clero no estaba de acuerdo con las concepciones revolucionarias de Jomeini, que quería sustituir el imperio Pahlavi por una teocracia en la que el poder supremo lo detentaría un faqih, un religioso especializado en la ley islámica tras el cual se traslucía el propio Jomeini. Con la elección de Jimmy Carter en la Casa Blanca en noviembre de 1976, las clases medias iraníes percibieron que era el final del apoyo incondicional de EE.UU. al sha. Sin embargo, las clases medias demostraron que eran incapaces de encabezar la resistencia contra el monarca: les faltaba un partido capaz de movilizar a la muchedumbre con consignas que resultaran comprensibles para las masas populares, las capas recién urbanizadas o los bazaris. A los dirigentes del Frente Nacional les faltaba el carisma que les hubiera permitido aliarse con otras clases sociales. Por su parte, los movimientos marxistas eran demasiado débiles, diezmados por la represión o alejados por el exilio. Estas insuficiencias dejaron el campo libre a la facción del clero encabezada por Jomeini.

El 1 de febrero de 1979, el ayatolá Jomeini –la sombra de Alá– aterrizó en Irán, expulsó al Sha de su trono del Pavo Real, estableció una república y secuestró a 63 norteamericanos. El derrumbe del Shah, al igual que el de la Unión Soviética, es uno de esos enigmas de la Historia donde la pérdida de legitimidad resultó el catalítico. Pero, irónicamente, ningún desempeño tendrían en esta revolución los dos padres del fundamentalismo iraní: Ali Shariati quien realizó una extraña mezcla de marxismo con Islam, y exhortó al martirologio religioso; y Abdelkarim Sorush, un reformista a lo Kemal Atatürk.

La cadena de sucesos que condujo a la abdicación del sha y a la proclamación de  la República Islámica fue el resultado de una alianza sin fisuras entre intelectuales islamistas, la burguesía piadosa o devota y la juventud urbana pobre, mientras duró el proceso revolucionario. Contrariamente a lo que ocurrió en Egipto en estos mismos años, el ámbito intelectual islamista fue rápidamente dominado en 1978 por Jomeini, que supo minimizar o reducir las divisiones en su seno.

Jomeini y sus seguidores consiguieron hacerse dueños del movimiento revolucionario. Utilizando el discurso religioso lograron hacer salir a la calle a estudiantes de las madrasas y a jóvenes urbanos pobres que fueron erigidos en mártires después de morir a causa de los disparos de la policía. Los jóvenes profesionales se alinearon bajo el báculo del ayatolá, que consiguió “recuperar” la retórica chiíta socialista de Shariati (fallecido en el exilio en junio de 1977) apoyándose en los “desheredados”, un término bastante ambiguo en boca de Jomeini, que permitía que todos se identificaran con él, a excepción del sha y de la corte imperial.

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