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De libros y vanidades

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De libros y vanidades

De libros y vanidades
noviembre 03
01:16 2015

 

En mayo de 1981, mientras visitaba Princeton por primera vez, mi mirada se detuvo al vuelo en el nombre de una calle: Linden Lane. Menos de un año después, desde una casita con un curioso 76 ½, surgiría allí nuestro Linden Lane Magazine. Los tilos, mansos y empinándose al cielo, florecían a corto tramo en la acera y le daban nombre a la vieja calle del pueblo. Me pareció que ese «sendero de tilos» era el nombre más apropiado para un magazine literario y artístico que anhelaba florecer en medio de la belleza de un mundo otro. Si el exilio sería en lo adelante el suelo sobre el que tendríamos que construir nuestro destino, yo lo quería rodeado de belleza, de colores y sabores otros. De ahí que Linden Lane Magazine no se llamase, por ejemplo, «camino de ceibas».

Ya hace de esto muchos años y todavía sigue viendo la luz, ahora en tierras de Texas, aquí en Fort Worth. Es un milagro literario, algo que ni yo misma me explico, a pesar de la indiferencia que genera una publicación con un contexto tan «limitado», en un mundo donde solo tendrían cabida los poderosos medios de comunicación. Pero a pesar del estúpido izquierdismo de ciertos sectores intelectuales, académicos e institucionales, Linden Lane Magazine encontró su rumbo.

Intentar difundir el arte y la literatura de los exiliados cubanos en este país o en Europa es tarea más que descabellada. Primero, porque nos está vetado el acceso a ciertas fuentes, sobre todo económicas, donde priman los intereses de una izquierda anticuada y grotesca, así como la indiferencia general de los grandes medios de comunicación, que no se ocupan de nada que no sea el éxito mercantil. Y esto no sucede solo con nuestro magazine, sino con las miles y miles de publicaciones que en este país intentan mantenerse a flote sin capital, pero con mucha creatividad y amor por el arte y la literatura. Y, tengo que reconocerlo con dolor, porque el exilio cubano proviene de una isla que nunca tuvo entre sus prioridades ni la cultura ni el arte, sino otras formas exteriores de «civilización», en las que era muy difícil, casi imposible, considerarse un profesional y no tener que embarcarse en labores de otro tipo.

El Hemingway que vivía en La Habana de entonces no se topó con las grandes figuras de nuestra literatura (que a Dios gracias existían, a pesar de los pesares) porque estos no tenían tiempo para incursiones etílicas en barras, sino para laborar como asalariados. Todo el mundo habla ahora de la prosperidad del exilio cubano, y sin duda es una verdad reconocible a simple vista. Pero yo tenía un amigo que siempre andaba diciéndome: «Ricos, pero indiferentes a todo lo que no sea su propia piel». Y agregaba con alevosía: «Ve a sus casas y comprobarás que no tienen libros, ni obras de arte en sus paredes, no importa cuán acaudalados sean: puras láminas, eso sí, con marcos de oro».

¿Exageraba mi amigo? Quiero pensar que sí. Pero yo también me pregunto ahora: ¿aman los cubanos del exilio su cultura, esa que no sea un plato de arroz con frijoles negros, plátanos fritos y lechón asado? ¿Saben ellos lo que significa realmente tener entre nosotros a grandes escritores y artistas de primera línea haciendo cabriolas para subsistir, muriendo como ciudadanos de segunda? ¿Recuerda este exilio que existieron entre nosotros Lino Novás Calvo, Jorge Mañach, Emilia Bernal, Gastón Baquero, Carlos Montenegro, Emma Pérez, Lydia Cabrera, Enrique Labrador Ruiz, Heberto Padilla, Reinaldo Arenas, Hugo Consuegra, Alfredo Lozano, Rosario Rexach, Eugenio Florit, Juan Boza, o el más reciente fallecido padre Gaztelu, et ad.?

Los pueblos pueden ser calificados de cultos en la medida en que florezcan sus escritores y artistas, en que haya una verdadera pasión por conocer la obra de todos estos, de apoyarlos, de ser parte activa de la cultura. Por desgracia, lo que abunda en el exilio es una masa pegada día a día a sus televisores, siguiendo las peripecias ridículas de las telenovelas, o dejándose ganar por el mal gusto de los programas de talk show y el sensacionalismo.

En estos días duele saber que los libros se compran pero no se leen, o se leen por razones espurias (llevados por la propaganda del mercado). No puedo negar que un libro es una «mercancía», una fuente de dinero para las casas editoras, o el simple sueño de un escritor que navega en busca de lectores. Una tarea casi imposible para el que no cuente con contactos, con mecanismos de promoción, con amiguismos, con todos los ismos habidos y por haber. Un libro publicado no es siempre el resultado exitoso de una labor intelectual, creativa, sino el de una operación de mercado. Está de moda escribir libros «étnicos», con salsa de jalapeños, mangos, caramelo, clubs de chicas o ficciones adobadas en el gran caldero de «lo latino». La fórmula es sencilla: macho-chulo-papi-y-todo-lo-demás.

El gusto o el mal gusto: ¿quiénes los imponen? ¿Es el exilio intrínsecamente una masa de adoradores del mal gusto, o existe aún la posibilidad de que, sin llegar a graduarse de seres cultos al nivel en que lo serían los alemanes, o los suizos, por ejemplo, sean capaces de reaccionar e interesarse en la verdadera cultura, esa que crean para un público o un lector inexistente sus artistas y escritores, hoy en el limbo del exilio? Les confieso que no tengo respuestas a mano.

Hablo con la ya larga experiencia de Linden Lane Magazine, batallando por subsistir para que todos, todos (como ha sido hasta hoy), tengan un sitio donde publicar, donde reproducir su arte. No importa que durante todo este tiempo ferias, universidades, encuentros, conferencias, premios y todo tipo de galardones hayan pasado volando por nuestro tejado sin siquiera rozarnos. Líbreme Dios de hablar desde el resentimiento o algo que se le parezca. Doy testimonio, eso es todo. Quizás todavía logremos que el milagro de Linden Lane Magazine no se quede tan solo en el libro de los records del Guinness.

Sobre el autor

Belkis Cuza Malé

Belkis Cuza Malé

Belkis Cuza Malé (Guantánamo, 1942), escritora, pintora y editora, ha publicado los libros "Cartas a Ana Frank" (1966), "Juego de damas" (2002), "La otra mejilla" (2007) y "Los poemas de la mujer de Lot" (2011), entre otros. En 1971 fue encarcelada por el castrismo a raíz del “Caso Padilla”, poeta con el que estuvo casada. En 2011 Miami le entregó las llaves de la ciudad. Dirige la revista Linden Lane Magazine desde Texas, donde reside actualmente.

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