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De poetas suicidas y de poetas

De poetas suicidas y de poetas

De poetas suicidas y de poetas
abril 20
06:15 2014

De las primeras lecturas críticas, las conversaciones y el desacuerdo de enfoques que pude tener con El poeta en actos, hasta recapitular lecturas que han sido tan válidas como una conquista: lo escrito por Ángel Velázquez Callejas sobre la poesía me parece acertado como utilidad desde el lector, como acercamiento a contracorriente primero y luego como particularidad de interpretar esos términos-teorías alguna vez nombrados por mí “El susto Callejas”.

Si nunca sabemos cuándo nos preparamos para la felicidad o la muerte, nada justifica el no reinventarse. Mucho menos desaprovechar la suerte de compartir a través de estos años el esfuerzo de un talento por Dios escogido, sino también desde lecturas, conversatorios, debates, controversias, todas asumidas como aprendizaje sobre la utilidad de la poesía. O la posible inutilidad de ese taller literario como práctica donde se define al poeta: como un corredor de fondo que se apresta a alcanzar la meta, hasta el tiempo requerido de la madurez.

He llegado a la conclusión de que las recetas ya no son suficientes. Ahora los reflejos están condicionados a un mundo digital que nos obliga a superarnos. He podido observar cuántos desde su “cantidad hechizada” se resisten por miedo a un supuesto descalabro. Y un poeta nunca es viejo por edad y oficio, la poesía vive como energía natural, es el l’enfant persistente de todas las épocas.

“Cuando Martí habla de tener miedo a morir siendo un poeta en versos, no estaba significando una acción en el campo de las ideas y la guerra. Estaba dejando abierta una conciencia, aun hoy sin seguidores, sobre la verticalidad poética. Buscaba superponer a la escritura del verso una jerarquía poética fundada en la verticalidad del poeta en actos. Un poeta sumergido, como señala en Homagno, en los afanes de crear una autoridad ética sobre lo superior que fuese aún más allá de la doctrina de la ilustración: del “hombre debe ser mejorado” a la doctrina verticalista del “hombre debe ser superado”. Con ello, el poeta en actos crearía una distancia, una separación en altura, del enclave tradicional en versos. Se crearía, por añadidura, una relación entre lo alto y lo bajo: el poeta en versos quedaría como fuente de iniciación para el poeta en actos. Se trataba de crear con el acto poético, con el impulso hacia la cúspide, una nueva categoría de poeta asociada al atleta capaz de rendir lo suficiente para enfrentar los peligros de la naturaleza y el mundo”. Ángel Velázquez Callejas

De ahí que lo que defino como un doble suicidio no sea la intención de vivir una vida genuina dentro y fuera de la poesía, sino el pretender hacerlo en dos tiempos divorciados. Lo que fundamenta el hecho de que ciertos poetas viven fuera de la poesía que ellos mismos predican como escudo moral de sus miedos, porque no se conocen ni son capaces de abrirse al plural de sus nombres, después de ese acto tremendo de catarsis y delirio que según ellos mismos es eyacular metáforas. Como si se pudiera, a lo Hemingway –pero sin fama–, vivir por el falso vestigio de la imposición canónica. Lo cierto es todo lo contrario. Hay cadáveres por doquier, la ausencia crítica en ellos resulta evidente. Algunos marcados en la búsqueda oblicua de un lenguaje basado en el camuflaje del cadáver moral, otros porque no soportan los niveles de lectura de “sus discursos”.

poetaPrefiero una poesía dispuesta a exponer la ropa sucia a una enfocada en el vacío de la belleza. Poetas recurrentes a la hora de localizar su zona de strike en el efecto; poetas enunciados que se sientan cínicamente ante usted y balancean las piernas con desmesurada confianza. De nada sirve que una y otra vez pulas tus sentimientos y dejes el cuerpo liso, siempre debajo hay unas vestimentas por adivinar, cierta idea de “la magia de la poesía” vagando por los laberintos del fracaso.

Nadie vive como su poesía, es una contradicción, pero no por ello hay que aparecer en dos cuerpos divorciados que hasta parece que se odian. No es el sitio donde duermes y sueltas las piernas (es un oficio difícil el tuyo), hasta tu ego precavido lo sabe.

Cuando los poetas desprecian a sus lectores desde su exagerado montículo de ego, “cercanos desde lejos” –balanceando confianzudamente sus piernas, incluso sus lenguas–, deberían meterse a predicadores. Ya sabemos que el poeta no necesita explicar su poesía, pero en casos como estos se trata de un suicidio perjudicial para todas las partes, y lo considero muy apropiado.

Los lectores con talento ejercen el derecho del crítico revolucionario natural mientras el creador, víctima de su mala poesía, tal vez coyuntural en su estrategia, intenta vendernos la visión del suicidio como un acto humano; el querido y destacado poeta municipal en desafuero intra-parlamentario quiere que carguemos con exilio e insilio; amén de su libro y de lo que hay dentro, desea que carguemos el peso de un cadáver que todavía no es polvo.

Hay poetas que escriben para cada ocasión histórica, como si fuera la suya una misión. Les llamo “los cultivadores de humo”. Luego sus amigos querrán que miremos a otro lado, incluso se nos puede acusar de bajos si sacamos un poco de aquellas metáforas que con premura puso el poeta del humo, como un plato de arroz caliente, sobre la mesa.

El poeta, ya sabemos, no quiere que usted vea su alma propiamente dicha. Le basta con el adorno, los vestidos, los colores apropiados a cada pregunta. Al estampar su firma con todos sus reservados propósitos, anuncia que  usted no tiene el derecho de dejarlo a merced de los críticos o de las burlas. Le resulta impensable que lo dejen sin encontrar esa zona del alma debajo del culo de su saco.

Y mientras esa hilera de árboles como cortinas constituyen de seguro el fruto proteico de la semilla “talleril” (entiéndase tallado a imagen y semejanza), la idea de que el libro descansa como perfil de su librero puede ya ser acto caritativo, boca a boca con sorbos de oxigeno. Cuando en verdad estas tragedias llenan la atmósfera local con carbono altamente venenoso.

Sobre el autor

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio (Santa Clara, 1968). Poeta y narrador. Su libro “El buscaluz colgado” fue Premio de la Ciudad de Santa Clara en 1990. Obtuvo también una primera mención en el Premio Julián del Casal de la UNEAC, en 1991, con su poemario inédito “Hay un hombre en la cruz”. Ha publicado, entre otros, los poemarios “Sentado en el aire” y “La pasión del ignorante”. Desde el año 2000 reside en la ciudad de Nueva York, donde edita el blog Sentado en el Aire.

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1 comentario

  1. Amael
    Amael abril 20, 13:17

    Fuerte el comentario. Muy bien escrito, estilo muy bien logrado y con temas interesantes,con una resonancia de Velázquez pero con tu propio estilo. Ustedes están abriendo el camino sobre una teoría de la creación.

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