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De qué hablan los enamorados cuando hablan en la cama

De qué hablan los enamorados cuando hablan en la cama

De qué hablan los enamorados cuando hablan en la cama
marzo 03
18:02 2014

—Esto –dijo él— no lo hacías con tu marido.

—No –respondió ella.

Hacía tres meses que se amaban, quizás un poco más, y el pudor había dejado lugar a la confianza. Se habían conocido casualmente, durante una función de teatro, un par de años atrás. Ninguno de los dos le había prestado demasiada atención al otro, aunque él después declarase que se había prendado de ella desde el primer día. Había sido en una ciudad demasiado calurosa, tropical, que los torturaba con una jaqueca obstinada, imposible de remover. Ella recordaba poco de esos días, la sonrisa de él, tan limpia, y que halagara sus hombros rectos y curvos a la vez. Nadie lo había hecho desde que, a los quince años, su nana le puso un vestido escotado que los dejaba al descubierto y le anunció que aquellos hombros y aquella espalda atraerían las miradas masculinas. “Unos hombros lindos disimulan todo defecto”. No tuvieron sexo en aquella ocasión: había demasiadas miradas pendientes de ellos. Intercambiaron, sí, sus números de teléfono. Más tarde, un par de veces hablaron, y hasta intentaron verse, casi un año después, sin éxito.

—Él tenía manías. Me hacía sentar en una silla, a uno o dos metros, completamente desnuda y con las piernas abiertas. Y él se sentaba, también, y desde donde estaba movía la lengua en el aire. Se suponía que eso debía excitarme; era una práctica china, decía él. Conocía muchas prácticas chinas. Y no le gustaba el sexo oral. Es el único hombre que conozco al que no le gusta el sexo oral.

—A las mujeres tampoco les gusta mucho tener que chuparla.

—¿No?

—A mí nadie me la chupó tanto como vos.

—Ah –suspiró ella con dulzura como si hablara de un pichón de gorrión que anidaba en el alero de la ventana, de aquella habitación, y no del miembro del hombre que ella se ponía con fruición en la boca cada vez que tenía oportunidad.

Como inspirados por aquello que acababan de hablar, hicieron el amor de nuevo. Lo hacían arriba de la cama, de la mesa, en el suelo, en el asiento trasero del auto, en un sillón un poco desvencijado y en cuanto hotel los invitaba a su paso. Cuando terminaron, se quedaron en silencio; ella lloró un poco encima de él.

—¿Estás triste? –preguntó.

—Es angustia –balbuceó la mujer.

—¿Qué te pasa?

—Después del orgasmo, se me libera la angustia. No me pasa muchas veces, nada más cuando el sexo es intenso, entonces…

—Pero antes no llorabas.

—Disimulaba.

—No querías que yo me enterara.

—No sé. ¿A vos no te pasa?

El no contestó; miró un punto en la ventana que daba al patio. En ese patio, ella no tenía plantas ni pájaros. Era un sitio, blanco, despojado, donde el gato de la casa hacía sus necesidades.

Ella no repitió su pregunta, pero lo cierto es que solía ver cómo a él se le llenaban los ojos de lágrimas cuando estaba encima de ella, cuando hacían el amor frente a frente, como a él tanto le gustaba, el misionero. “El clásico de los clásicos”, decía él haciendo referencia a la posición, y ella: “No hay nada que se compare a un misionero bien hecho”. Les gustaban –o habían aprendido a gustarles—— las mismas posiciones, los mismos vértigos. Por eso, lo que él sentía era emoción; ¡él se emocionaba! Algunas veces, sin embargo, ella dudaba. Podía ocurrir que fuera el calor y entonces los ojos se le ponían rojos por el esfuerzo, por la temperatura. Durante el sexo, él decía cosas maravillosas, que ella se resistía a creer. Las palabras de él variaban según en cuál ciudad fueran dichas –en la ciudad de él, su vulnerabilidad y dependencia de ella estaban a flor de piel; en la de ella, era asombro y más asombro—— y para ella, sus palabras eran agudas como el alfiler con el que el entomólogo clava a la mariposa. Siempre había pensado, como Balzac, que las mujeres deberían ser sordas, porque las conquistan por el oído. Aunque en realidad, el motivo de su incredulidad venía de mucho tiempo atrás, la adolescencia o por ahí. A los catorce años –tal vez fuera a los diecisiete——, su madre le había advertido: “Nunca creas lo que los hombres te dicen en la cama”. Había tenido dos matrimonios y una media docena de relaciones comprometidas y a ninguno, jamás, le creyó una palabra cuando se acostaban juntos.

Pero con él era diferente.

A él quería creerle.

Solía ver cómo a él se le llenaban los ojos de lágrimas cuando estaba encima de ella, cuando hacían el amor frente a frente, como a él tanto le gustaba, el misionero. “El clásico de los clásicos”, decía él haciendo referencia a la posición, y ella: “No hay nada que se compare a un misionero bien hecho”.

—Una vez me fui a la cama con una mujer que se ponía a llorar antes del sexo –contó él –. El marido, que era un pelotudo, necesitaba que ella llorase para excitarse. Y a ella le había quedado la costumbre. Así que cuando estuve con ella y se puso a llorar, estuve a punto de arruinarlo todo.

—Un amigo –terció ella cuidando no revelar que hablaba de un ex amante—— salía con una mujer que le pedía que le pegara cachetadas para acabar. No podía acabar si él no le daba de cachetadas mientras hacía la cosa. Y mi amigo no podía pegarle a una mujer y sentirse a gusto…

—Hay mucha gente loca.

—Mi marido no tenía problema con eso de los golpes. Era un hijo de puta. Una vez, estábamos en el campo, de vacaciones, y cortó una ramita de avellano, una vara, gruesa como el meñique. Cuando fuimos a la habitación, me pidió que me pusiera de espaldas y me dio de varazos en el culo. Al principio, estaba bueno. No sé, será que la piel de las nalgas es erógena… Pero después, empezó a darme en la cintura, donde duele mucho. Y no paró hasta que me la dejó morada.

—Por internet conocí una mujer, hace como tres años. Era muy bonita, había sido modelo. Vivía en las sierras, en la falda de una montaña y estuvimos chateando y mandándonos emails unos meses, hasta que al fin me decidí a visitarla. Ella fue a buscarme en su auto, me llevó a su casa. Vivía en un chalet, alejado de todo el mundo. Y tenía perros, cuatro o cinco, entre rottweilers y dobermans. Los perros la seguían a todas partes; se subían a la cama cuando estábamos encima. Yo no pude soportarlo; al día siguiente me escapé de ahí, igual que un delincuente. Hice dedo en la ruta, hasta que me levantó un camionero y me dejó en la ciudad más cercana, en una estación de ómnibus.

—Un hombre me pidió una vez que le hiciera pis encima. Que me subiera a horcajadas sobre su pecho y le hiciera pis.

—Una mujer quiso vestirme con su ropa. Ponerme su ropa y maquillarme con sus pinturas. Pero no daba la talla, ella era más bien menuda y a mí no me entraban sus vestidos…

—En casa de un hombre, un muchacho: lo hicimos en el piso. Mientras lo hacíamos apoyé mi mano sobre el ventanal, parte del vidrio se resquebrajó y me corté los dedos. El quería coserme, con la aguja y el hilo con el que se cosía un botón de la camisa, cuando se le zafaba: creo que había tomado mucho alcohol esa noche. Al final, tuvimos que ir a la Urgencia.

—A veces el sexo es una desgracia.

Atardecía.

Ella pensó de repente que podían salir, hacer un par de cuadras y meterse en un bar, pedir un trago. Casi no hacían otra cosa cuando estaban juntos; comían y bebían, dormían, hacían el amor. Después, hablaban sobre lo que habían hecho juntos o lo que habían hecho con otros amantes, maridos, esposas, compañeros de ruta. Contaban las relaciones desdichadas, aunque también hubieran conocido el amor y el placer. Pero estos relatos podían despertar en el otro una súbita ráfaga de celos y de ira, que después parecía imposible aplacar. Aquello suscitaba un malestar casi metafísico: ¿cómo había podido amar el otro antes de haberse conocido ellos? No parecía cierto, ni justo, que el otro hubiera podido besar a un tercero como ellos se besaban, ni prodigar caricias en un cuerpo ajeno, mórbido, errado, como las caricias que se hacían entre ellos. Era herético un pensamiento de esa clase. El entrelazó sus dedos a los de ella y su respiración se hizo más lenta, como si fuera a quedarse dormido. Pero entonces el calor de ella o su perfume, el fulgor de su sudor recorriendo su pecho, despertó su deseo y deslizó de pronto la mano hasta la entrepierna de la mujer. Ella le correspondió con un gemido. Un relámpago del recuerdo la asaltó como una espina: un amante, el último hombre al que había querido, le dijo una vez que ellos dos eran como halcones de la noche. Ese ex amante y ella, en el pasado, se encontraban en bares, cuando las ocupaciones se lo permitían, bebían, se iban a la cama juntos. Después, por semanas o por meses, no volvían a saber uno del otro. Había un halcón y había una presa, antes. Ahora, en cambio, había dos pájaros en el aire y un cielo infinito. Ella se movió en su dirección y puso su mano sobre el miembro de él: así empezaban siempre sus relaciones, contra todo consejo de precalentamiento erótico que recomendara cualquier manual de sexo. Afuera, la noche caía.

Sobre el autor

Patricia Suárez

Patricia Suárez

Patricia Suárez (Rosario, 1969), escritora y periodista, reside en Santa Fe, Argentina. Ha publicado varios libros, entre ellos “Perdida en el momento” (Premio Clarín de Novela 2003) y “Esta no es mi noche” (Alfaguara, 2005). En el año 2007 recibió el Primer Premio Cosecha EÑE de la revista homónima por su relato “Anna Magnani”, y en 2011 el Premio San Luis Libro por su libro de cuentos “Brindar con extraños”, entre otros galardones.

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1 comentario

  1. estudio arquitectos
    estudio arquitectos junio 09, 08:22

    Buenisimo post. Gracias por aportarlo…Espero màs…

    Saludos

    estudio arquitectos http://www.arquestil.com/estudio-arquitectura.htm

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