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De vuelta

De vuelta

De vuelta
febrero 26
21:47 2015

Uno imagina que los viejos amigos –la familia incluso– que dejamos atrás permanecen intactos y ajenos al paso de los años, en la felicidad de un presente que desde acá se nos antoja eterno. Exactamente como les recordamos.

Es así que un buen día voy de vuelta a mi aldea.

Cuánta desilusión.

Tropiezo con mi novia de aquel entonces, jorobada como un paréntesis mal trazado. La saludo, pero me da la callada por respuesta. Hay ausencia de sí en sus ojos opacos y una rara pereza en su andar cuando se escurre por una callejuela, y sonríe sin reconocerme.

Un primo de pelo blanquísimo y ralo se echa a llorar al verme a la puerta de su casa, pero me recuerda mal: trastoca mi nombre, las fechas de nuestras vidas, me atribuye parientes que no son míos, y al fin me reclama una deuda que nunca contraje con él.

De mis antiguos condiscípulos apenas obtengo alguna noticia: uno guarda larga prisión, ya nadie se acuerda de por qué; otro se extingue entre su propio estiércol, presa de su malísima memoria, en un asilo de ancianos cuyo nombre nadie conoce; mientras un tercero, siguiendo mis pasos, tomó las de Villadiego muchos años antes y no ha regresado jamás.

Voy a parar al fin a la única tienda del pueblo, mezcla de abarrotes y taberna, donde el dueño, para variar, me recibe con los brazos abiertos. Sé quién es, recuerdo perfectamente su nombre, pero no llego a reconocer del todo su cara carcomida por las llagas.

Como me nota apesadumbrado, me invita a sentarme y tiende una mano para reconfortarme. Es como si pidiera excusas por todos los demás.

–El tiempo ha sido implacable con nosotros –dice–. Ustedes, allá, quizás no sepan de eso, pero aquí los años lo arrasan todo. No dejan títere con cabeza. El que vive, vive de milagro.

Casi me echo a llorar.

–Eso sí, Andrés… –empieza a decir. Y mis ojos se iluminan, sonrío recordándolo. Mi buen amigo Andrés…

–Andrés falleció –dice, cabeceando. Y las lágrimas se me empiezan a salir de los ojos.

–Pero resucitó –me advierte entonces, tendiéndome otra vez su mano cariñosa.

–Coño, no jodas –le digo, secándome los chachetes.

–Ya ves, esas cosas pasan aquí también –responde.

Y entonces lo veo aparecer, al fondo de la tienda, como si viniera de los retretes. Avanza enseguida hacia nosotros con la agilidad y el vigor de otros tiempos, presto a saludarnos. Es Andrés. Una silueta luminosa de rostro risueño y pulcro. El mismo que conservo en mi memoria, intacto. El mismo que se acerca ahora a la mesa para bañarnos y mecernos con su abrasadora luz.

–No lo creo –digo– No lo creo.

Sobre el autor

Manuel Ballagas

Manuel Ballagas

Periodista, crítico y escritor, Manuel Ballagas (La Habana, 1948) formó parte del Consejo de Redacción del grupo El Puente, en 1964. En Cuba su libro “Con temor” fue destruido por el castrismo, que envió al autor a la cárcel en 1973 por “diversionismo ideológico”. En 1980 se exilió en Estados Unidos y desempeñó cargos ejecutivos en publicaciones como The Wall Street Journal, The Miami Herald y The Tampa Tribute. Es fundador de la revista literaria Término, de la cual fue codirector durante cinco años. Es autor de las novelas “Descansa cuando te mueras” y “Pájaro de cuenta”, y del libro de memorias "Newcomer".

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