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Deberes de invierno

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Deberes de invierno

Deberes de invierno
enero 26
18:05 2016

 

Uno va aprendiendo rutinas.

Subir los limpiaparabrisas antes de la nevada y la helada, por ejemplo, para que no se queden adheridos al parabrisas.

O quitar de encima del carro la nieve, mientras está todavía fresca, fácil de mover. De dejarla, puede compactarse, aferrarse a la carrocería, y al tratar de desprenderla se puede dañar la pintura.

También hay que lavar el carro lo más pronto posible, y más de una vez: la sal que usan para derretir la nieve en las calles es corrosiva, y oxida el metal de la carrocería y el motor.

Hay quien disfruta lavar un carro. Yo no.

Una vez lo hice; lavé mi primer carro, una mañana de un sábado, o de un domingo; terminé sudado, la ropa mojada, y el auto ni siquiera se notaba muy diferente después del lavado: era un Ford Topaz, que había visto sus mejores momentos hacía diez o doce años atrás; la pintura ya estaba opaca, descascarada en algunos lugares, la tapicería desgarrada, y le faltaba la palanca de las luces direccionales.

Pero fue mi primer carrito, con el que aprendí a manejar, al que le reparé el motor un par de veces, en el que invertí casi lo mismo que me costó, y que vendí un año después por 100 dólares menos del precio al que lo había comprado. El “síndrome del primer carro”, llamo a ese insensato afecto por ese el primer carro, que nos lleva a gastar dinero y esfuerzo en algo que no lo amerita. Quizás alguien sepa de lo que hablo.

Unos días después, para mi suerte, un conocido me ofreció, por una suma módica, lavar aquel deslucido Ford, y hasta encerarlo. Fue esa quizás una de mis primeras interacciones con la simpleza de “Usted vende-yo pago”, esa maravilla que hace funcionar el comercio, el mercado y el capitalismo. No a las gratuidades indebidas, decía el regalador en jefe, que nunca se aplicó la máxima a conciencia.

A partir de entonces, cuando encontré que alguien podía proveer el servicio que yo necesitaba, y que yo podía pagar por ese servicio –hace ya unos dieciocho años de ello– nunca más he lavado el carro de turno.

Como decía, uno va aprendiendo rutinas.

Ayer llevé entonces a lavar el carro de mi esposa, y hoy en la mañana llevé el mío.

La nevada, el deshielo, la sal, y el fango citadino los habían cubierto con una capa de áspera suciedad que urgía eliminar. Y yo, animal de costumbres y conveniencias, siempre los llevo al mismo lugar, donde la gente me cae bien, el servicio es aceptablemente bueno, donde después de diez lavadas te regalan una, y donde dos grupos de hispanos, uno a la entrada del tándem de lavado, y otro a la salida, se encargan de secar, limpiar y dejar los carros en no impecable pero sí buena apariencia.

Trabajan esas personas bajo el calor agobiante de los mediodías de verano, y en el frío terrible de los días ventosos de inverno; sábados, domingos, desde que amanece hasta que oscurece, empapados, chapoteando en charcos oscuros, trapos mugrientos en las manos rojizas, irritadas por el agua helada y los productos de limpieza. Trabajan, supongo, por un salario fijo, mínimo; trabajan ahí porque, tal vez, no tienen otra posibilidad; pero sobre todo trabajan por la propina, que apenas compensa ese salario tan mínimo como insuficiente.

En eso pensaba –siempre lo pienso, cada vez que voy– mientras observaba a algunos clientes que también esperaban a que sus autos estuvieran limpios y flamantes. “Siempre parecen los mismos…”, me dije, esos que esperan: enfundados en ropas deportivas, espejuelos de sol que disimulan los párpados hinchados, gorras para cubrir el cabello desarreglado por la almohada, en la mano un vaso de Starbuck con alguno de esos menjunjes que apenas son café.

Alternan su atención entre sus teléfonos y los movimientos de la tribu que se arremolina dentro y fuera de sus autos. Nadie conversa. Solo esperan, con paciente impaciencia, la señal de partida. “¡Rédi!”, repite cada vez uno de los empleados, mientras señala hacia el carro en cuestión. La viveza del grupo de lavacarros contrasta con la abulia de los que los observamos. Hablan en español, con acentos de toda América —a bunch of spanish guys, sería la descripción equivalente que brindaría alguno de los otros clientes, que solo deben escuchar un parlotear del que no entienden ni una palabra.

Yo sí entiendo. Hablan sobre fútbol; sobre alguien que hizo algo que no alcanzo a saber si es bueno o malo; sobre otro que hoy no vino a trabajar. Conversan, sin alterar la coreografía que los lleva de un carro a otro. En el grupo hay tres mujeres. Dos son muy jóvenes, otra debe rebasar la treintena; secan los vidrios, enjuagan trapos, llevan y traen alfombrillas. En silencio. A veces una mirada a los que esperamos, furtiva, sin sonrisas. Indiferentes.

Los clientes se suben a sus autos (“¡Rédi!”) y se marchan. Una señora diminuta, que viste unos abigarrados pantalones de licra, muy ajustados, y que calza unas botas UGG con reborde de lana, deposita un par de dólares en un recipiente que allí tienen para las propinas. Su carro es un VW descapotable –carro poco práctico donde los haya, pero que al menos en verano debe ser divertido.

El señor “¡Rédi!” conversa con el dueño del lava-autos, y por eso olvida avisarme que mi carro está listo. Sé que es el dueño porque hemos hablado alguna vez; pero para cualquier otra persona puede pasar por un americano venido a menos, que necesita lavar carros para vivir –también los he visto por aquí.

El hombre viste jeans, zapatos impermeables, percudidos, parecidos a los que hoy uso, y un suéter con capucha. Lleva un trapo en cada mano, y va de auto en auto rectificando detalles que se le hayan podido escapar a sus empleados. No me saluda pues no mira en mi dirección, y yo no lo interrumpo; el día es frenético: muchos clientes hoy, cumpliendo uno de los deberes del invierno.

Nadie me presta atención. Antes de subirme a mi carro dejo caer unos billetes en el recipiente de las propinas. No es obligatorio hacerlo, claro. De hecho solo la señora diminuta del VW lo había hecho en el tiempo que llevo esperando por mi carro.

No es obligatorio.

Pero si no puedo dejar algo de propina, debo lavar yo mismo mi carro. Vamos, que hay deberes de invierno, como esto de evitar que el auto se dañe; hay otros, más simples, que no son de temporada.

Sobre el autor

Alex Heny

Alex Heny

Habanero, hijo, padre, cubano, emigrante, escribidor. En ese orden, más o menos. Heny tiene esposa, tres hijos, un doctorado en Ingeniería y Ciencia de Materiales, y una gran disposición a opinar sin que se le pregunte. Actualmente vive con su familia en Long Island, Nueva York, ciudad donde edita el blog http://havaneroenny.blogspot.com/

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