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Dedos

Dedos
noviembre 17
14:00 2015

 

Incorporaba los dedos hinchados. Dos butifarras sangrosas. Flaca, llena eres de gracia; pensaba. Una gracia de llagas en los dedos, dedos-llagas. Uno por el culo y otro por la crica. La embutía. Dos fundas para sus dedos. Los dedos le dolían, le ardían. Infiernos, falanges envueltas en llamas. Las dos fundas, húmedas y tibias, eran su alivio. Y el alcohol. Mucho alcohol. Los iba metiendo a todos por turno. A veces hasta dos y tres dedos a un tiempo, en la crica. En el culo, sólo uno. El del medio, de gracia eres lleno; pensaba en tanto preferenciaba al culo. Una pinga gruesa manejada con eficacia en el redondel. Mejor, porque nunca fallaba. Siempre tuvo los dedos gruesos, pero este trabajo del que acababa de desertar se los había inflado al punto de que tenía la sensación de ir por la vida artillado con diez consoladores. Para colmo, a fuerza de laceraciones, sus dedos habían adquirido ese color de carne virtual con que se dotaba a las falsas pingas en el negociado de los artilugios para el sexo.

Se acordó de su abuelo. Le decían Coa. Dedos como coas. Esas lancetas de madera con puntas endurecidas al fuego que usaban los taínos para extraer el boniato de la tierra. Su abuelo estaba por encima de los taínos y sacaba los boniatos con sus dedos-coas. Lo aprendió siendo un niño a fines del siglo XIX durante la Reconcentración de Weyler, en la Guerra de Independencia contra España. Algunos creen que Hitler fue el creador de los campos de concentración. Están errados. Antes que Hitler fue Stalin. Antes que Stalin fue Lenin. Antes que Lenin fue Weyler. No es un problema de ideologías. Es un problema del hombre, parece. Venía, pues, de una isla privilegiada por la modernidad. Por las ocurrencias del hombre en la modernidad.

Contempló el dedo acoplado en el agujero con perfección. Los pliegues estirados en un círculo apretado en torno a la carne abotagada. Había belleza allí. Tuvo deseos de levantarla por el orificio y salir para la calle Flagler con el trofeo en alto, remedo del gesto de los automovilistas enfurecidos que en las horas pico cierran el puño y sacan el dedo del medio con la uña hacia afuera, pero con la novedad de aquella flaca cabalgando el pelo suelto clavada en su dedo grúa. Por un instante sintió que podía, que no deliraba. Entonces se lo introdujo hasta atrás. La flaca chilló, un ratón o algo así. Le sacó la butifarra con eficacia. Se hizo un vacío. Ella estaba bocarriba, borracha. Él, arrodillado entre sus piernas. Aspiro la fragancia en el dedo. Un olor acre, grueso; sin llegar a la mierda. La pinga se le volvió a entiesar y se la arreó por segunda vez en la noche en el vacío dejado por el dedo; el culo cogido por delante. La crica supurante frotando contra su vientre; doble singueta o tortilla y singueta a un tiempo.

Era un adicto al culo. No estaba peleado con la crica, pero le gustaba más el culo, y procuraba con empeño la menor oportunidad para entrar en sus misterios. Muchas veces se había preguntado por qué no se metía a singar maricones y punto: tendría siempre a su disposición el orificio preferido. Pero enseguida se respondía que el orificio en sí no era lo que en realidad le interesaba. Es más, rechazaba la obligatoriedad del desempeño por un solo orificio. Lo que realmente interesaba, excitaba a Amadís, era la existencia de la opcionalidad de orificios. La paradoja de entrar por un agujero propiamente creado para deyectar; mientras que a milímetros, a un resbalón de distancia pudiéramos decir, se ofrecía abierto y enchumbado el agujero propiamente creado para entrar.

En su disfrute del círculo no percibía Amadís nada vulgar o degenerado. Sino que allí, aparte del goce, le parecía ver manifestarse la tendencia inexorable del bicho humano a la práctica de lo religioso, a religarse con el núcleo; con el Uno Irradiador. Descubría en la arandela apertrechada de rayos convergentes en el ojete, una cuasiperfecta representación del mandala que a su vez, intuía, era símbolo de Dios en tanto centro. El culo era una vía para experimentar a Dios. Insospechados suelen ser los caminos del Señor, se repetía con énfasis, en tanto adelantaba por los intersticios del intestino.

Había tenido mucha suerte en la vida. A la mayoría de mujeres que había conocido le gustaba trajinar por el trasero. Hubo alguna, sonreía en el recuerdo, que se jugaba el culo a los cubiletes con él. Si ella perdía, Amadís se lo cogía. Casi siempre perdía, pues Amadís usaba dados cargados, o sabía amarrarlos; trampas de sobrevivencia aprendidas por el caballero en las cerveceras del puerto de Cienfuegos. Hubo otra que sólo le permitía acceso por el culo: el bollo, aseguraba oronda la muy lépera, se había hecho para orinar.

No sabía el nombre de esta trigueña que ahora empalaba. No sabía nada. Página en blanco. Frente a la página en blanco solía sentir esa especie de amalgama entre la desazón y la excitación. A veces se rayaba una paja ante la página en blanco. Se desbloqueaba. Comenzaba a escribir a partir de los símbolos configurados por los coágulos del semen sobre el papel. No dejaba de asombrarse, cada vez, frente a tamaña manifestación del principio creador; frente a la evidencia de insospechadas conexiones entre el semen, el símbolo y la semántica. ¡Vaya una pista para los críticos escandalizados ante el correr de la leche en su obra! Ese día había dejado aquel trabajo la madre que los parió y a la cuarta Heineken en un bar de Flagler la vio más allá de los cristales, esperando el bus en la acera. Había salido y la había invitado con la mejor de sus sonrisas. No era una puta, era una francesa y realizaba, aseguró, un estudio comparado acerca del comportamiento sexual de los cubanos de la isla y los del exilo para la Universidad de la Sorbonne.

Recordaba el cuestionario con que ella le atacó al inicio y que, evidentemente, procuraba demostrar lo nocivo de las relaciones capitalistas para las relaciones sexuales, y donde al final, claro, los cubanos exiliados no salían bien parados, ni siquiera parados; y recordaba que la había estado bonchando todo el tiempo hasta que ella, amoscada, había guardado su cuestionario, y que él para rematar había comprado una botella de aguardiente y habían terminado singando en aquella posada de mala muerte (¡moteles para ejecutivos le llamaban en los anuncios!) ubicada a unos pasos del bar.

Su rostro se le difuminaba, no lograba aprehenderlo; un rostro irreal, no sabía si por efecto del alcohol o porque ella poseía una suerte de facciones irregulares, hechas como a trazos de Chagall. Antes había tenido al menos una mujer así; era como poseer varias mujeres en una, o mejor, como tener la posibilidad de poseer el tipo de mujer que se quisiese en el momento que se quisiese; bastaba con escoger el ángulo desde el cual se le mirase, o más exactamente, desde el cual se le poseyese. Brindaba entonces por los trazos inacabados; por la imperfección de la Obra Creadora. Brindaba porque se vaciaba en el ano de la francesa.

II

No olvidaría nunca el día que comenzó en aquel trabajo la madre que los parió. Fue el 11 de septiembre del 2001. Llevaba varios meses sin encontrar trabajo; ni siquiera de los peores. Había descendido más allá del cero desde una posición bastante acomodada en los primeros años de exilio. Allí en la madre que los parió consiguió entrar gracias a un hermano en la francmasonería que era guardia de seguridad en la garita de entrada. Un viejo con un rostro oval, duro y dulce a la vez, bajo la gorra con una parafernalia de insignias como si fuese la de un general; alguien que había sido soldado en tiempos de Fulgencio Batista allá en la isla y devenido custodio en aquella fábrica de maniquíes.

Amadís estaba esa mañana llenando los papeles del contrato y cuéntame tu vida sentado en la garita. Recordaría que se detuvo un instante antes de poner su desparramada firma (síntoma de un ego descomunal, aseguraban los grafólogos) como requisito último para pasar al otro lado de la alambrada de donde llegaba el ruido de los talleres. Un jefe de turno con aspecto centroamericano esperaba para conducirle. Allí en el contrato, ¡en letras pequeñas!, decía que el operario se hacía responsable por los daños y perjuicios de cualquier accidente que pudiera ocurrirle en el interior del edificio. Aquello no le hizo mucha gracia; pero, estaba obligado: mujer, un hijo pequeño y otro en camino con esa mujer, dos hijos adolescentes de otras mujeres recién traídos de Cuba, escritor impublicado y probablemente impublicable. En fin, qué cojones esperaba él de la vida. Firmó.

Nada más estampar aquellos garabatos (tan pretenciosos que parecía había firmado su obra maestra) cuando vio al hijo de Centroamérica, a su hermano francmasón y a un numeroso grupo de obreros que había salido a merendar apelotonándose como rebaño que otea el peligro, sin conciencia de ello, alerta ancestral e indescifrable, idiotizados, idos, mirando hacia el televisor colgado en lo alto del pequeño reducto con unos ojos salidos como al encuentro del Cristo en su primera aparición mediática tras el esperado regreso a la Tierra; pero de cierto os digo, no se trataba del Cristo; sino de Mahoma incrustándose el muy maricón contra la primera de las torres.

En ese instante intuyó que a partir de ahí ya nada sería igual (cosa que más tarde dijeron o escribieron algunos). Tuvo la sospecha de que ocurría uno de esos acontecimientos únicos que cambian o aceleran el curso de la Historia. Lo raro en todo aquello, se decía mientras se dejaba conducir hacia los talleres por el hijo de Centroamérica, era el hecho de que aún teniendo la videncia de que todo había cambiado ese día, ese instante, en realidad, o en lo que entendemos por realidad, todo seguía igual; y quizás seguiría igual por mucho tiempo.

Se asombraba ante el hecho de estar casi contento por aquel trabajo en la fábrica de maniquíes; ante su ingenuidad misma al creer por unos segundos que allí pudiese encontrar algo que tuviera que ver con el arte, al menos con esas modelos que miran desde sus universos de neón con caras orgásmicas y bocas de mamalonas en serie y que, ¡oh dicha!, acudiesen a aquellos talleres perdidos en el fondo del barrio de los negros en el noroeste de Miami a posar desnudas para que unos artesanos diligentes (el podía con el tiempo y la dedicación convertirse en uno de ellos) se inspirasen en sus curvas, o falta de curvas, y les hiciesen la réplica perfecta con el fin de eternizarlas tras las vidrieras de las grandes tiendas de Nueva York o sabe Dios. No paraba de asombrarse ante el abejeo de los obreros que avanzaban hacia sus máquinas, ante las bromas de mal gusto que se gastaban entre ellos como tipos que se creen muy listos y son en verdad muy bobos; ante la sinfonía del ruido de los metales cortados, machucados, horadados, doblados, rajados, derretidos, aplastados, devastados, afilados, limados, laminados y comprimidos.

Se asombraba por la limalla picándole en los ojos, adhiriéndose con rapidez a su piel como una pátina de un color indefinido entre el hierro, la plata y el cobre; por el sudor corriéndole bajo la camisa y los pantalones hasta más allá de los timbales, por la irritación que le producía la mezcla gruesa del sudor y la limalla sobre sus carnes; por el olor a metal, a polvo escondido en los resquicios del metal, a rayo; por sus ojos codiciosos tras el sandungueo de unas nalgas apretadas y compactas bajo el jeans de una hembra de factoría; por lo complicado del mecanismo digital para ponchar la tarjeta con el horario de entrada y salida que el descendiente de los mayas intentaba explicarle sin ningún éxito.

No dejaba de asombrarse ante el triunfo de la rutina, ante la terca persistencia de la cotidianidad; de la cotidianidad y sus ritos. El hombre aferrado a sus ritos cotidianos como de balsa en el océano o de zarza ardiente en el espacio. Esa voluntad del hombre para creer en la existencia como coto seguro, predecible, planificable, doméstico, aún frente a la más brutal de las evidencias en sentido contrario, casi lo enternecía. La constatación de esa interesada ingenuidad (en su propio proceder, pues había obedecido al timbre y seguido al descendiente de los mayas como si no hubiese otra cosa que hacer en el mundo en ese instante) lo conmovía aún más que el hecho mismo de las Torres Gemelas derritiéndose como dos barras de chocolatina en la pantalla; lo que sucedería minutos después en tanto Amadís aprendía el arte de agujerear una cabilla con una máquina perteneciente a la Edad Media.

Lo terrible no era, que lo era, el hecho en sí; sino que ese hecho, esos espasmos de apocalipsis que los noticiarios del mundo repetirían hasta la saciedad no tenían más consistencia que la del síntoma; ¡que para agravar las cosas el común tomaría por la enfermedad! Lo visto en las pantallas sobre los episodios de Nueva York sería sólo un anuncio de catástrofe que se manifestaba a través de los resquicios, fallas, boquetes, rajaduras y resquebrajaduras abiertos en la superficie de la normalidad inducida. Lo que irrumpía aquel día en las Gemelas no era más que un adelanto de lo verdaderamente terrible; sólo una porción de las fuerzas centrífugas cocinadas al fuego lento de los siglos.

Lo dejaron frente a una máquina con un operario nicaragüense para que lo entrenara. El tipo, evidentemente un veterano en aquellos talleres, le dijo que tenía que cuidar mucho dónde metía los dedos, pues al menor descuido, distracción o torpeza, ¡paf!, podía perderlos, ¡y dichoso si no perdía la mano completa!; bajo una de aquellas cuchillas o barrenos o mandarrias de acero con que estaban dotadas las máquinas para trabajar el metal. El peor enemigo aquí es el sueño, ¡un pestañazo y mira lo que te cuesta!, y le mostró las manos mutiladas con tres dedos de menos; con tres muñones romos. En la izquierda le faltaba el índice y en la derecha el índice y el del medio. Un escalofrío le bajó por la espalda, tuvo náuseas y los cojones se le encogieron. Amadís podía ser uno de los ejemplares más torpes, descuidados y distraídos que imaginarse pueda. A esas alturas corría el rumor, de máquina a máquina y a espaldas de los jefes, la segunda de las torres había sido herida. Dos dedos incinerándose sobre los cielos de Nueva York.

Las máquinas eran enormes. Por un momento creyó viajar en el tiempo, si no a la Edad Media al menos sí al inicio de la revolución industrial. No es que las máquinas no estuviesen dotadas de la más moderna tecnología. Es que todas aquellas máquinas por muy complicadas que fuesen las operaciones que realizaran, estaban regidas por el principio elemental de la gravedad ejercido sobre unas moles de hierro que pesaban no sabía cuántas toneladas; es verdad que eran eléctricas, que la electricidad elevaba las moles y desencadenaba su caída, pero estos seborucos de hierro terminaban al fin y al cabo cayendo por efecto de la gravedad para dar movimiento a una cuchilla, un punzón o lo que fuera que estuviera en la punta de aquel mecanismo. Bajo ese principio primario de una mole descendiente se moverían, suponía, no sólo máquinas medievales y de la revolución industrial, sino que muy probablemente algo así sucediera ya en la Edad Antigua o quizás antes. Estos artefactos con los que ahora le hacían familiarizarse, más el hecho engorroso de que la humanidad aún tuviese que deshollinarse el ano manualmente, le hacían sospechar a Amadís que el hombre no había en esencia avanzado mucho de las cavernas a lo que con mucha pompa nombraban postmodernidad; a pesar de los alardes de naves espaciales, de la internet y las bombas inteligentes; pura parafernalia, pensaba en tanto aquel cretino le metía miedo con sus muñones.

La nave contenía varios talleres interconectados a través de un pasillo central. Los talleres estaban preñados de máquinas separadas las unas de las otras de manera existiese el espacio justo para que los operarios no chocasen entre sí. Hacía un calor de mil demonios. No había ventiladores para todos. La trampa era apropiarse de uno y ponerlo fijo frente a la máquina y moverlo, ¡pesaban como carajo!, si lo ponían a trabajar en otra máquina. El primer día se adueñó de uno de aquellos artefactos antediluvianos. Su experiencia carcelaria le ayudó. Mirada desafiante, unas cejas levantadas en un arco duro, ¡qué pinga es la que es!; todo el mundo a distancia, pocas palabras, nada de risas, nada de jaranas.

La mayoría de los obreros eran centroamericanos y haitianos; muy pocos cubanos. Los jefes de taller eran negros norteamericanos; algunos ejercían un racismo feroz sobre los centroamericanos y sobre los mismos negros haitianos; era el caso del jefe de su taller. Aquel primer día quiso lucirse con Amadís por su tardanza en aprender. ¡Loco estaba el hijo de África! Lo mandó urgente a singar por el agujero en el envés. Mitad en inglés y mitad en español; por si acaso. Nunca más se le ocurrió al africano meterse con el isleño. Si tenía que decirle algo mandaba a algún tracatán de recadero.

Entraba en la factoría a las 7 de la mañana. Para poder entrar a esa hora tenía que levantarse a las 5. Por lo regular salía de allí a las 10 o las 11 de la noche; por lo que podía trabajar hasta 16 horas diarias. No es que lo obligasen a trabajar esas horas como durante la revolución industrial, ¡todo hay que decirlo!, se obligaba él mismo por la necesidad de hacer todo el overtime que pudiera, ganar un poco más y cubrir, mínimamente, los gastos familiares. Laboraba todas esas horas extras de lunes a sábado, y a veces hasta los domingos. La vida se le había reducido a la monotonía de aquellas naves de un color gris sucio, y no es que no estuviesen limpias y pintadas hasta con esmero, lo estaban dentro de lo que cabía; es que literalmente ese era el color: gris sucio.

El tiempo lo mataba. Un tiempo que pasaba como sin pasar. No veía la luz del día. Su existencia en aquella época era una sucesión de noches largas. No tenía sentido del tiempo; del paso del tiempo. Se había impuesto como norma no mirar el reloj mientras estuviese en la factoría, un poco por probar su fuerza de voluntad y otro poco por no alargarse el tiempo en el desespero de la mirada constante en el discurrir de los minutos. En realidad, reflexionaba, era el reloj y no el tiempo quien lo mataba; lo anulaba. El tiempo no transcurría, no existía, o transcurría y existía más allá de aquellos atenazamientos metalúrgicos. El reloj era el enemigo. Un día estuvo a punto de reventarlo contra el piso de cemento sin pulir. Se contuvo porque era un regalo que le hiciera Oriana recién llegados al exilio. Entonces, en cuanto traspasaba la garita del guardia, se metía el reloj en el bolsillo.

El único cubano en el taller había llegado en una balsa hacía tres meses e intentó trabar amistad con Amadís. Pero escogió mal el punto por donde entrarle. Inició el diálogo, monólogo en verdad, echando pestes de Norteamérica y los exiliados; como si él no fuese ya un exiliado o desterrado o diasporero o vaya usted a saber qué, porque algo debía ser; que si lo habían engañado, que si él hubiera sabido, que daba cualquier cosa porque llegará el año y un día y regresar de visita, que si patatín y que si patatán. Amadís escupió las palabras, la boca torcida. ¡Coño, asere, coge la misma balsa y regresa por donde viniste!

La única relación que entabló fue con un haitiano; le puso Mister Vudú. Amadís se había convertido en unos días en un tornillo añadido a las máquinas. Le había cogido el ritmo al sube y baja de las moles. Se dejaba ir en el trepidar de aquellos mecanismos que se le antojaban organismos vivos; imbatibles monstruos folladores con sus falos y vaginas de hierro. Se metía con todos sus sentidos en la orgía de los metales. Siempre tenían que llamarlo para que parara la máquina y fuera a coger los minutos de la merienda o el almuerzo. A propósito quería confundir las meriendas, no tener conciencia de si había almorzado o no para que estos acontecimientos señas no le hicieran percibir las pistas del horario. Se había prohibido terminantemente mirar a los ventanucos y claraboyas de las naves para no tener ni idea por dónde es que iba el avance o declive del sol. No es que fuera un amante del trabajo, ¡Dios lo libre!, es que sumergido en ese submundo de sonidos como desgarramientos, penetraciones sin cuento, se ponía por encima de la contingencia; de la agonía del trabajo.

Suprimía el Aquí y el Ahora; trascendía la inmediatez. Borraba el tiempo. Iba al fondo para estar en la superficie. Se sumergía de cabeza en el trabajo y en su tiempo; para irse a otras dimensiones más allá del trabajo y el tiempo. Huecos, vacíos; 3 mil, 4 mil huecos por minuto, 3 mil, 4 mil vacíos por minuto. Sacaba cábalas con los números que aparecían velozmente en la pantalla de la máquina indicando la cantidad de perforaciones; de violencias ejercidas por minuto sobre la superficie de los metales. Interpretaba su futuro a través de los números en la pantalla. Se sorprendía adormilado frente a la máquina, a punto de meter los dedos o la mano completa en el lugar equivocado. El sueño atacaba principalmente en el comienzo de la jornada o después de almuerzo, pero no dejaba de ser una amenaza durante todo el día. Tenía los ojos enrojecidos. Iba constantemente a los bebederos a echarse agua fría en la cara; se pegaba bofetadas, se enterraba inclusive la punta de su navaja sevillana en los brazos para no dormirse; buscaba significados esotéricos en las configuraciones de la sangre coagulándose entre la limalla adherida a la piel. No usaba los guantes reglamentarios, creía que estos podían entorpecer las maniobras con las piezas y precipitar una de sus manos bajo la guillotina. Los dedos se le habían deformado, parecían animalejos con vida propia. Inventaba historias a cada uno de sus dedos; a cada una de sus llagas. En las palmas de las manos se le habían formado dos huracos por donde manaba abundancia de sangre y pus.

El haitiano creyó que era un adicto al trabajo y se le acercó un día para decirle en un inextricable ajiaco de patuá, inglés y español que mejor se hiciera adicto a la cocaína, que la cocaína al menos no le cortaría las manos, que no fuera tan a prisa, que los jefes terminarían por subir la parada a todos basándose en el rasero de su productividad. Amadís no creía en reivindicaciones colectivas ni sindicales. Pero supo que el haitiano no era ningún mequetrefe de esos de la agenda social; entendió el punto de vista de la picaresca con que el caribeño enfocaba el asunto, entendió más bien la mímica de brazos abiertos como aspas, la sonrisa de dientes blanquísimos y dos colmillos de oro. Amadís le sonrió con un qué volá Mister Vudú y él le contestó con un qué volá Mister Cubiche. A partir de ese momento siempre se saludarían así en las mañanas. No es que fuesen amigos, puesto que sus diálogos nunca iban más allá del qué volá, pero sí se estableció entre ambos una especie de complicidad tácita y a Amadís le complacía, y de cierta forma le intrigaba, aquella alegría que irradiaba el caribeño y que parecía venir de la nada.

Corrían tiempos muy jodidos, pensaba Amadís. Tenía la sensación de habitar en uno de esos sueños extendidos, en una semivigilia constante, en una semejanza de ritornello sin fin; en un insondable remolino de arenisca. No parecía tener cabal conciencia de la frontera entre los sueños y la realidad, entre los sueños y la pesadilla. Durante las pocas horas que estaba en la cama soñaba que estaba en el taller y durante las muchas horas que pasaba en el taller soñaba que estaba en la cama; soñaba con las Gemelas.

No podía decir que antes de aquello las Torres tuviesen un especial significado para él; mucho menos estético. Su relación con ellas se limitaba a una fotografía en que aparecen él y Oriana recostados a la borda del barco que los lleva a la Estatua de la Libertad. Amadís tiene un sobretodo negro y unas gafas Ray Ban del mismo color, el viento le bate el pelo largo y encrespado, y despide una impronta espiritual a medio camino entre el conquistador español y el mafioso italiano. Oriana ostenta un sobretodo carmelita claro y lo abraza orgullosa de tenerlo independientemente de su impronta espiritual. El barco se aleja y al fondo se ven las Torres como dos monumentos fálicos. También, mucho tiempo después de la instantánea, su hijo mayor recién llegado de Cuba le había regalado una increíble camisa hecha toda de una imagen en blanco y negro en que por delante se veía la Estatua de la Libertad y por detrás las Gemelas; se la había regalado más por la estatua, ¡por el simbolismo de la estatua!, que por las Gemelas.

Aquella mañana Amadís se había instalado en el banquillo de la máquina a la espera del timbre de las 7 para comenzar la faena. Dormitaba mientras pedía con fervor a Dios que lo sacara pronto de aquellas naves de mierda. Creía tener una relación especial con Dios. Un conocido suyo (¡uno de esos seres monovaginales, vegetarianos, abstemios y pacifistas, fervorosos creyentes en Marx primero y afiliados después a una de las muchas ONGs al uso!) le preguntó un día intrigadísimo que cómo es que siendo tan bandolero podía creer tanto en Dios, y Amadís le contestó: ¡soy yo el que no entiende cómo es que siendo tú tan bueno puedas no creer en Dios! La risa estridente y el saludo del qué volá Mister Cubiche le sacaron del letargo. Intentó una sonrisa, a medio camino entre la sonrisa y el bostezo, y contestó la lengua tropelosa, empegotada en una saliva espesa, cortada, con el habitual que volá Mister Vudú. En eso sonó el timbre como un berrido eléctrico y los obreros se precipitaron a sus puestos. Empezaba la sinfonía de chirridos y golpes como patadas en los oídos; como el día anterior, como cada día. Una repetición de voces, olores, sudores, acelerones, grúas, montacargas, esteras, nubes de óxido, martilleos, rodamientos, serruchamientos, machucamientos, arrastrar de aceros, deslizamientos de tubos por una rampa de cemento… Con cada descenso de la masa de hierro en su máquina, con cada disparo de la gravedad convertido en un huraco sobre la pieza de metal, Amadís repetía en su mente el mantra; ¡sácame de aquí, Dios Mío; Mi Dios, sácame de aquí! Con fuerza, ¡con mucha fuerza!, con la misma fuerza de la masa cayendo, subiendo, cayendo, cayendo, cayendo…

Primero fue aquel alarido como de cien ballenas heridas; desmembradas de un tirón. Las máquinas se paralizaron. La modorra se disipó. La mañana clareaba por un ventanuco; ¡primera vez que se permitía mirar por uno de aquellos ventanucos! Un grupo corría y pensó en una bronca, en un apuñalamiento con una cabilla afilada tipo lanza; como en la prisión. Vio a Mister Vudú que daba vueltas como un pelele justo frente a su máquina, que emitía aquello como aullido alargado y multiplicado hasta el infinito. La mano izquierda aferrada a la derecha en alto; la derecha como una bandera, una regadera de sangre tiñendo la camisa blanquecina. Dio un giro más como de bailarín en la feria de los espantos y cayó, el grupo lo atrapó, se revolvió todavía en un estertor sobre la sangre, lo levantaron y se lo llevaron cargado en hombros; gritando aquel alarido como de cien ballenas heridas.

Amadís corrió tras el grupo y al doblar una esquina chocó de golpe con la máquina de Mister Vudú; viscosa y brillante como un templo azteca en día de sacrificios, todavía encendida; la masa de hierro detenida a medio camino entre el yunque y la cúspide. Impregnado en el yunque había un daguerrotipo de lo que fuera la mitad de la mano derecha de Mister Vudú; una lámina de falanges y tendones y tejidos y coágulos y uñas; una impresión perfecta en el yunque. Amadís regresó a su puesto en la máquina con una expresión entre el hastío y el horror. Los jefes de taller daban órdenes para que los operarios volvieran a la faena.

Ese día no hizo overtime; se fue al rayar las 5 de la tarde. Pasó por la oficina de personal y dijo le mandaran el cheque por correo a la casa. Salió del parqueo chillando las gomas contra el reverbero del pavimento. Se subió al expressway poseído por la furia y le metió cañona a una rastra. El trailer cargado de chatarra se sacudió, bailó, onduló como un reptil de pesadilla y estuvo a punto de irse por encima del muro de contención del expressway. Por el espejo retrovisor tuvo tiempo todavía de ver al rastrero que le sacaba el dedo del medio semejante a un poste del tendido eléctrico; ¡le hubiera gustado matar al hijo de puta! Bajó la ventanilla del carro, la brisa de la tarde le golpeó en la cara con un barrunto de lluvia y percibió un olor a tierra mojada en un lejano lugar; reconsideró el olor y se dijo que tal vez fuese una mezcla de marihuana y jazmines machucados en un viejo mortero de cedro en un cercano lugar; se despojaba del sudor y la limalla. La furia fue cediendo y dio paso a un estadío de distanciamiento; a una sensación de vacío cosquilleándole en el plexo solar. Pensó que era bueno dejar definitivamente atrás aquella factoría la madre que los parió. Una ráfaga parecida a la alegría le recorrió el cuerpo adolorido y se le manifestó con apremio en el gaznate; decidió entonces iría como una bala a bajarse un 12 de Heineken en aquel bar de la calle Flagler.

No quería de ninguna manera llegar a su casa hasta después del último noticiero de la noche. Frente a la pantalla se repetirían las Gemelas como dos teas, dos dedos; los dedos de Dios. El avión de Alá ensartando la segunda de las Torres. Bultos como figuras de pequeños simios asomados a las ventanas, atropellándose para saltar al vacío. Racimos de gente lanzándose desde los pisos ochenta o más. Cayendo, nadando como en una eternidad de silencio; acelerando el ritmo de los brazos y las piernas a medida que se acercaban a los últimos pisos; hasta reventarse contra el pavimento, hasta quebrarse como muñecos de porcelana. Alcanzaba a adivinar el dolor en la caída, el descoyuntamiento de los cuerpos en la caída, los cuerpos en la caída, los cuerpos en la caída… hasta que las Torres desaparecían… cada día… Equipos de rescate en un laboreo de hormigas; un mar, una gelatina de sangrasa quemada entre los escombros. El hallazgo de un dedo. ¿El dedo de quién?

————————–

Escrito en Miami, 26 de octubre de 2004

Sobre el autor

Armando de Armas

Armando de Armas

Armando de Armas (Santa Clara, 1958). Escritor y periodista. Ha publicado, entre otros libros, las colecciones de relatos “Mala jugada” (Miami, 1996) y “Carga de la caballería” (Miami, 2006), la novela “La Tabla” y el libro de ensayos “Mitos del antiexilio”, traducido al italiano por el sello Spirali. Su último título publicado, “Caballeros en el tiempo”, fue editado por Atmósfera Literaria en Madrid. Es vicepresidente del PEN-CLUB de Escritores Cubanos en el Exilio (Capítulo del PEN Internacional de Londres). Reside en Miami.

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