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Degeneración del cubano, el mal mayor del castrismo

Degeneración del cubano, el mal mayor del castrismo

Degeneración del cubano, el mal mayor del castrismo
Junio 21
03:01 2017

El mayor daño hecho por los Castro a la nación cubana sin dudas es, sí, de carácter antropológico. No digo algo nuevo. Me descubrí coincidiendo con quienes comenzaron a decir públicamente aquello que yo estaba pensando. De la parte pensante de los religiosos cubanos, cualquiera sea su credo religioso, a ateos y agnósticos, muchos tenemos el mismo criterio. Si el hambre es terrible, si la penuria económica es pavorosa, la laceración profunda a la humanidad del cubano como sujeto colectivo y al sentido de lo nacional es el mal mayor que a los poco más de once millones de cubanos que hoy somos nos legan los Castro.

Es así porque, se reconozca o no, la economía se recupera y del hambre, si no se muere de inanición, se sale. Pero la moral, la decencia y la dignidad no se recuperan fácilmente. Los antivalores se propagan como la yerba mala. Los valores se demoran tanto para cultivar como las más delicadas plantas.

Cuando preguntamos qué está pasando con el uso de nuestra lengua, que tantas veces se nos hace irreconocible, o qué está pasando con una juventud que mueve sus caderas a golpe de reguetón pero mayoritariamente no se anima a movilizarse para imponer e impulsar cambios positivos en la Isla, como cuando nos enfurecemos por el pariente o el amigo que desde allá exige dólares o euros aduciendo justificaciones como tú no sabes cómo esto está, cada vez peor, pero aunque una sabe que critica la situación política en privado si aparece un micrófono ante él o ella inmediatamente comienza a dar loas a la revolución, como cuando asistimos a la repentina aparición de tanto hijo putativo del que nos insisten en que se fue, en que ya es polvo… y aun cuando vemos más de lo tantísimo execrable… todo no son más que signos de la degeneración planificada a la que nos sometieran cínicamente los Castro.

Peor. Porque la degeneración continúa. O, en todo caso, se reproduce. Pues cual mecanismo de control y de dominación utilizado por el poder, ya no necesita estimularla. Ahora los dominados la reproducen solos… Ahí se descubre la autofagia de una nación.

Y todo ello pródigamente aderezado con el chisme y el descrédito, como corresponde actuar en su vileza a quienes nos enajenan, a quienes nos lanzan como buitres a unos contra otros y, expectantes, van haciendo de las suyas. Y ese hacer, ya sabemos, es eternizarse en el poder y hacerse, claro está, con las ganancias materiales que ello reporta, dejándolas en herencias a sus herederos, tan parasitarios como ellos.

No es de más repetir, ahora que en la islita están quienes empiezan a auto-identificarse como ricos porque les toleran (mientras tanto…) robar algunas migajas, que ellos son ricos, ahora aparecen como nuevos ricos porque el cubano promedio, que es la mayoría, no tiene nada. Ni de sí mismo es dueño. Apenas tiene la ilusión, pobre ilusión, de ser listo. Porque, se repite, el cubano se le escapó al Diablo… ¡vaya consuelo! Se le escapa al Diablo pero teme a los Castro… vivir para ver

Un vivir que es, casi siempre, resistir. Quizás por eso tanto apego al término lucha. Siendo más psicológicamente adultos, reconoceríamos que no. En general, no luchamos. Luchar implica tomar la ofensiva. Quienes estamos a la defensiva apenas resistimos. Y el cubano resiste y espera… la solución biológica.

¡Qué tristeza!

Quienes impositivamente dicen en Cuba cómo tiene que ser todo son los ahora viejitos jefes máximos. O, al menos, es lo que durante sesenta años han hecho. Y, según ellos, lo que ahora corresponde es dialogar. Claro, hacerlo aceptando sus exclusivas condiciones de guapos de barrio o de chusma de cola, porque, lo contrario, dicen, es imposición y presión, algo que dicen no consentir, pues sólo ellos se pueden imponer, ¿no?

Además, sus pregoneros por el mundo afirman que no aceptar ese diálogo (entiéndase, escucharlos y reír y apenas decir ) es mostrarse presa del rencor, del resentimiento y un largo etcétera de linduras, siempre denigrantes o que con ese propósito se lanzan. Pues, ¿qué de tan terrible tiene sentir rencor hacia quien nos acaba o pretende acabar con la vida? ¿Nos tenemos que sentir culpables por despreciar y oponernos a un sistema y unos gobernantes etnocidas y genocidas? ¿Desde cuándo todos somos cristianos y abogamos por el perdón? Y, en todo caso y como antes he escrito, ¿quién impone el olvido como parte del perdón? ¿Acaso olvidar no significa la siempre latente posibilidad de repetir los mismos horrores?

Y prefiero exponerme a ser acusada de rencorosa, pero asumo el recordatorio del pintor cubano Raúl Proenza cuando decía en Facebook: “Es muy fácil querer dialogar con asesinos cuando nunca has tenido un familiar frente a un paredón de fusilamiento (…) es muy fácil decir que hay que olvidar cuando no tienes nada que olvidar, es muy fácil vivir entre los intransigentes criticándolos cuando nunca aportaste nada para ser como ellos, cuando sus sacrificios no son importantes, cuando irse de Cuba era despedirte de todos sin saber si había reencuentro, es muy fácil querer dialogar con los reyes del monólogo y los causantes de tantas desgracias, simplemente porque a ti por la razón que fuese no te pasó ninguna experiencia de estas, ese es el gran error del humano, comienza a tomar conciencia cuando le pisan un callo, mientras van por donde los lleve el viento sin tomar conciencia de lo que está pasando alrededor”.

El alcance del mal antropológico que nos han hecho, en realidad que como colectividad hemos permitido que nos hagan, podemos valorarlo en su integridad cuando salimos de la Isla. Cuando vemos en tantos de las últimas oleadas de cubanos por el mundo la apatía para participar de lo mejor o la manera en que nos lanzamos con envidias entre nosotros mismos. Cuando vemos el sometimiento y la adulonería hacia el extranjero y precisamente por ese motivo, el ser extranjero, y cómo se lanzan intentando ridiculizar a los cubanos que llevan años en el exilio. Cuando nos creemos que hemos cogido a Dios por la barba si vamos a Cuba a beber, llevar pacotilla y comprar sexo o cuando, con poco ánimo para el trabajo, pretendemos vivir por el mundo del cuento. Cuando impertinentemente arremetemos contra quienes ni conocemos. Porque, a fin de cuentas… nos las sabemos todas.

Olvidando por cierto que aquello de sólo sé que lo sé todo y lo que no, me lo imagino, no les sirvió a otros para salvarse. Salvación apenas tienen la ilusión de tener los que andan por el mundo, como antes en la Isla, haciendo el jueguito a los Castro. Lo mismo prestándose a campañas contra quienes no se someten que participando en actos de solidaridad con los Castro y gritando sus consignas. Esos que hablan maravillas del gobierno al que no consigo entender por qué le pusieron agua por medio, por qué lucharon para ser patriotas anónimos.

Y aunque los cubanos hemos tenido como rasgo de origen nacional la emigración, es curioso que algunos se pretendan abrogar el natural derecho a su libre movilidad, mientras imponen la congelación en la islita manipulada a su antojo por los Castro, a sus connacionales. Es, sí, curioso.

     Los nuevos liberales cubanos, los que a veces mencionan su exfiliación castrista, los que siguen siéndolo furibundamente allende las costas caribeñas, esos mismos, como las herederas de sus idolatrados jefes históricos, no entienden que otros también hagan uso de ese derecho. No soportan que los cubanos no se dejen esclavizar más. Se creen que pueden permitirse el no aceptar que los cubanos, además, critiquemos a los Castro y señalemos la realidad de sus horrores.

Y, realmente, reconozco que tanta intolerancia de su parte deja de ser interesante motivo de análisis para ser cínico motivo a identificar clara y públicamente.

Esos liberales cubanos, como en nuestra islita, por cierto, pretenden ser más papistas que el Papa o, quizás, más castristas que Castro… Nada nuevo su fundamentalismo ni su integrismo. Nada nuevo su afán dictatorial. Es siempre así con los vasallos, especialmente con los metidos a policías.

Digo esto porque curiosamente, como en la islita, donde recibí y desde donde todavía están quienes se entretienen en dedicarme comentarios peyorativos y acusatorios, parece que lo mismo o similar ocurre en Brasil, donde llevo cerca de cuatro años.

Comentarios emitidos por personas que, se supone, me conozcan, y también por quienes, se supone, ni me conozcan. Comentarios hechos por personas que, en todo caso y cuando me conocen, han dicho y siguen diciendo ser mi hermanos… y que, entre tanta curiosidad, lo mismo me han acusado de agente enemiga (entiéndase, de los americanos) que de agente de la se (y aquí me obligan a interrogarme si es que, en tal caso, sería una “agente amiga”)… O, como cuando regresé a la islita en el 2003 luego de haber finalmente y tras muchísimo esfuerzo (desangrándome contra una absurda estructura que tantas veces me impidió salir del país) podido hacer realidad una bolsa de estudios en el CEAO (Centro de Estudios Afro-orientales), en Salvador de Bahía, Brasil, y la acusación iba dirigida a que mi regreso se debía a que era una enviada del Movimiento Negro de Brasil para fundar el movimiento negro allá.

Quienes organizan o estimulan las acusaciones y las campañas de descrédito, imagino que confían en el cierto instinto perverso del ser humano, en la necesidad que tienen tantos de saberle algo al otro. E imagino que ese saberle a alguien es tan fuerte que actúa contra toda lógica. Porque, en el caso del 2003, la acusación iba dirigida entonces contra un gobierno amigo de los Castro, el encabezado por el ex presidente Luiz Inácio Lula Da Silva.

Habitualmente no me importan los chismes. Opto por dedicar mi tiempo a mejores cosas. Aunque tampoco me han importado demasiado los comentarios que todo indica sobre mí han diseminado los chismosos a sueldo o voluntarios (hay para todo), sé por experiencia que pueden dañar, y cuánto. Por eso mi alerta actual por lo que es evidentemente una campaña de descrédito contra mi persona de parte de desconozco cuáles fuerzas, pero nada dudo, conociéndole, que ande por ahí la mano larga del gobierno de Cuba que, insisto, no cubano.

Yo hoy hubiera podido permitirme ser grosera con otra cubana que, chismosa o no, como tal se ha comportado. Hoy yo hubiera podido permitirme decirle unas cuantas feas verdades, de esas que conocemos todos los cubanos. Apenas voy a permitirme recordarle el refranero popular, tal cual hubiera hecho mi abuela.

Ciertamente, la sangre no obliga, así que la nacionalidad menos. Pero, siendo elemental conocer al otro antes de lanzarse en su contra escudándonos en aquello del sí pero no tan utilizado cuando de intentar desacreditar al otro se trata, la señora hasta pudiera ratificarme en aquello de que no hay peor cuña que la del mismo palo. Claro que, bien lo sé, pese a todo el palo también tiene cuñas buenas… gracias a Dios.

Apenas me remití, pese a su tirar la piedra intentando guardar la mano, no obstante su voluntad de que no le respondiera, a responderle lo más sencillamente posible y cambiándole los términos de su mala intención. Porque a lo que tiene que acostumbrarse quien agrede, es a contar con la respuesta del agredido.

Qué triste. Hoy, 20 de junio, es Día del Refugiado. Como desde Estados Unidos dice mi amiga Zenaida Valdés, no es cuestión de semántica. Ni de matemática, agrego. Y los cubanos, empujados por la asfixiante realidad dictatorial y totalitaria a la esclavitud o al exilio, lo sabemos. Eso, los que no nos reconocemos en la categoría de emigrantes económicos castristamente impuesta.

Hace cuatro años permanezco en este país a la espera de una respuesta a mi solicitud de refugio y hoy, precisamente una cubana que dice llevar muchos años en este país, al estilo cederista, se lanza contra mí. Sí. Cosas veréis, dijo el célebre Quijote. Y, a los cubanos, ¿será que de la maldad ajena algo nos falta por ver?

Sao Paulo, junio 20 de 2017. 11: 06 p.m.

Sobre el autor

María Ileana Faguaga

María Ileana Faguaga

María Ileana Faguaga (Mimi) es historiadora y antropóloga. Nació en La Habana, Cuba. Investigadora y Profesora-Directora del programa de diálogo cultural e interreligioso de CEHILA-Cuba (para el Estudio de la Historia de la Iglesia en Latinoamérica). Fue corresponsal en LH de Radio Única (Miami). Actualmente reside en Brasil.

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2 comentarios

  1. María -I. Faguaga
    María -I. Faguaga Junio 21, 22:41

    Zenaida, lo has dicho todo. Me has recordado al grandísimo historiador Juan F. Benemelis cuando se refiere a “las taras de la nación cubana”.

    Reply to this comment

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