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Déjà vu

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noviembre 20
13:52 2015

 

Mis colegas arqueólogos y yo estamos perplejos ante las últimas pesquisas realizadas  en el estrato que corresponde a la época más enigmática de la historia de la humanidad, el llamado siglo XXI. Los objetos que pertenecen a una época siempre han servido para describir el modo de vida de los moradores de una región en un momento dado. Se sabe hoy en día que la humanidad atravesó periodos muy variados en los cuales tiempos de oscurantismo y de poca creatividad fueron seguidos por otros más fecundos en todos los ámbitos del arte y de las ciencias. Por lo general, el mundo es un lugar casi homogéneo, en el sentido de que los grandes descubrimientos se propagan a todas las latitudes, o casi, y la teoría es que el mundo del siglo XXI debió haber sido muy convulsionado, tanto que esta homogeneidad se rompió.

Debemos sospechar que la humanidad en el siglo XXI no era tan adelantada como ahora. No creo por ejemplo que en aquella época remota, si existía algún tipo de literatura, nuestros ancestros hubiesen sido capaces de determinar, sólo analizando su estilo, que un escritor tenía los pies planos, o las manos grandes, o que sus ojos eran de cierto color, algo que en nuestro siglo casi cualquier alumno de bachillerato es capaz de hacer. No, nuestros ancestros eran más primitivos que lo que podemos imaginarnos. Las recientes pesquisas arqueológicas apuntan hacia ello. Lo que más nos impresiona es que los habitantes del siglo XXI no conocieran la escritura.

Juzgando por los artefactos encontrados, los moradores de aquel siglo adoraban los espejos, o por lo menos las superficies lisas y bien pulidas, de forma rectangular con esquinas redondeadas. Encontramos este tipo de espejos de todos los tamaños en los vestigios de las primitivas viviendas de nuestros antepasados. Algunos de ellos, los de mayor tamaño, parecían ser objeto de una adoración muy particular, ya que solían encontrarse en la sala más grande de la vivienda. Es probable que sirvieran para algún tipo de rito, del cual desafortunadamente no tenemos ninguna información. Otras lápidas más pequeñas, con superficies muy bien pulidas y difíciles de rayar, eran usadas para quehaceres diarios, tal vez para cocinar; por ejemplo, para aplastar plátanos, o a lo mejor para calentar los alimentos… a menos que las usasen como platos. Otras eran aún más diminutas. Suponemos que se las llevaban a todas partes y que tal vez las usaran para defenderse, ya que cabían perfectamente en la palma de la mano. Al cerrar el puño sobre este objeto, es muy probable que la fuerza de un puñetazo se encontrase multiplicada por algún factor por determinar. Otros dicen que su propósito era puramente religioso, porque si los espejos de mayor tamaño eran usados para adorar a un dios es evidente que los de dimensiones menores también servían para esto, tal vez en ambientes más confinados o más íntimos. Seguramente, en algún momento del día o de la noche, sacaban estos espejos para que reflejaran el sol o la luna y recitaban algunos versos.

Los habitantes del siglo XIX eran sin embargo, y paradójicamente, más adelantados que sus sucesores. Así lo atestiguan los diferentes libros encontrados en el estrato de esa época. Aunque no sepamos interpretar los símbolos que aparecen plasmados en ellos, podemos adivinar que gozaban de una cultura muy desarrollada. Es un enigma el material que usaban para confeccionar esos libros. Con los medios actuales a nuestra disposición no somos capaces de producir algo similar. Algunos de mis colegas dicen que estos artefactos son de origen extraterrestre, pues sólo así se les puede dar una explicación. En el siglo XIX, no se encontró ninguno de los espejos tan comunes en el siglo XXI, mientras que en el siglo XXI no se halló ningún libro, a pesar de la cercanía geológica de estas épocas.

Sin embargo, a pesar de las limitaciones de la arqueología, que a veces sólo dispone de fragmentos de vasijas o de algunos huesitos, es posible hilvanar toda una historia, y esa es la belleza del poder del razonamiento humano, el saber conectar los puntos y obtener una imagen nítida a partir de lo que sólo parece un caos. Es así que podemos concluir que los habitantes del siglo XIX eran más adelantados que los del siglo XXI, pues conocían la escritura y sabían expresarse usando símbolos, mientras que los moradores  del siglo XXI se la pasaban adorando espejos y practicando ritos que nunca les permitieron progresar. Algunos de mis colegas dicen que tal vez eran narcisistas, y así explican la presencia de espejos de tamaños tan variados. Lo que sí es cierto es que eran analfabetos. El arte del siglo XXI también era primitivo y rudimentario. Los pintores de ese siglo aparentemente no tenían ninguna noción de anatomía y se limitaban a dibujar rayas y superficies de varios colores. De ahí surge una pregunta interesante. Si esas rayas no representaban nada en particular, ¿cómo hacía el pintor para saber que su obra estaba terminada? Sólo podemos inferir de esto que la humanidad en el siglo XXI cayó en un estado de decadencia en el cual se perdieron los conocimientos adquiridos hasta entonces.

Lo que sí llama poderosamente la atención es la presencia, en muchos de los espejos encontrados, de un símbolo parecido a una manzana a la cual le falta un pedazo, como si alguien la hubiese mordido.

http://www.smashwords.com/books/view/132267

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Sobre el autor

José Luis Borja

José Luis Borja

José Luis Borja nació en Francia de padres españoles refugiados de la guerra civil. Estudió ingeniería electrónica en Toulouse. Por el texto “Dulce Venecia” recibió el Segundo Premio del IIº Certamen Internacional de Cuentos “Jorge Luis Borges-2008”, de la revista SESAM (Buenos Aires, Argentina). Suya es la novela histórica “Aroma de caña fresca”. Reside en Miami.

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