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Del ámbar como impulso vital

Del ámbar como impulso vital

Del ámbar como impulso vital
abril 01
20:36 2014

Para la mística que me he propuesto, decir ámbar es pensar en la fuerza del amor. Más que pensar, es tratar de sentir la fuerza del amor en cada cosa que uno hace. Por su inevitable razón y pasión de querer ser, bien extraordinaria, el amor tiene muchas maneras de manifestarse, todas válidas, todas en su orden cronológico: amor por la madre, amor por el padre, amor por uno mismo, amor por la esposa, amor por los hijos, amor por los amigos, entre tantas más en las que podría extenderse este orden de vida.

El amor solo se puede ver a través de un movimiento ontológico (movimiento del ser) en el que muestra su mayor o menor intensidad según la circunstancia en la evolución que tengamos (la persona en cuestión irradia dicha. Se sabe y transmite una alegría contagiosa. Se le ve diferente, para bien de él/ella y de los demás a su alrededor, como un alucinado por la belleza del mundo). En otras palabras: El amor solo se distingue cuando se manifiestan los diferentes hechos que nuestra conducta ontológica va creando; es decir, el amor se refleja en los hechos, en nuestra actitud ante las circunstancias que vivimos y los hechos a que damos lugar.

En todo lo demás el amor es invisible; en sí mismo es intangible; no tiene color, ni olor, ni sabor ni se puede oír ni tocar. Ah, pero eso sí, se siente de todas las maneras posibles. O si se quiere decir de otra manera: tiene el sentido de lo tangible, el color del centro más humano del crepúsculo, el perfume de lo inevitable, el sabor más fresco de la carne más apetecible y el susurro de una música inexplicable que viene de todos los ecos del universo, solo audible cuando estamos frente a la figura amada. El sentimiento del amor es lo más importante. Desde una proyección poético-filosófica, nada más lo supera el amor que siente Dios por Su Creación, que también es como decir por el ser humano que creó.

Realmente, el amor verdadero ennoblece y borra las pasiones negativas y mundanas; y si no las supera es porque entonces no hay amor, sino la pasión de caprichos egoístas. Cuando hay amor cierto, esencial, el ego irracional desaparece, se esfuma, y el ego del raciocinio queda en su nivel más bajo ante la feliz merced del alma, y es porque contrario a todo, la persona desata una locura de creencia; busca creer que todo es bueno. Sus ojos se cierran ante la maldad, incluso creen que con su amor puede cambiar el mundo. Esto hace de todo enamorado un ser vulnerable a los aspectos y circunstancias negativas de otros humanos. Solo si su destino está entrelazado, de alguna manera, con lo angélico luminoso, el enamorado podría salir ileso en su zonza confianza del mundo terrenal.

El ego racional así funciona a disposición de todo lo que le permita ser entrega. Es ser para el otro. Es servicio. Es bálsamo, quietud y torbellino; es el afán por convertir cada una de sus acciones en un poema que se entrega a los demás para ser leído, vivido, sentido; para ser el mayor preludio y la mayor obertura antes de la creación de nuevos cosmos y universos. Música de Dios, música del alma; para ser encuentro y fusión; búsqueda y vuelo infinito; es volar siempre como esa sinfonía interminable que contiene todas las variaciones, los acordes, los arpegios, incluso los instrumentos más angélicos que el ser humano haya conocido. Y en su entrega, su vuelo es de libertad y dependencia al mismo tiempo, porque pertenecer al otro, o a lo que se ame. No es dividirse sino fundirse; es hacerse uno; es re-crearse en la sustancia divina de ser. Feliz dependencia que al mismo tiempo, y paradójicamente, te da la libertad.

Entonces solo podría definirse el amor como una fuerza inconmensurable, mistérica, que no admite más definición que la de un sentimiento de energía, de fluido inesperado, de locura feliz como la del poeta ante su obra, como la del médico en el momento crucial de salvar una vida, como la de la madre en el momento inexplicable de su alumbramiento, como la del hombre o la mujer que en un instante descubre a su amado/a. Es el ser que abre sus entrañas y deja que en él penetre la vida, como la inteligente pasión de un remolino de riesgos y asombros, de certezas y aventuras.

El verbo amar entonces se transforma en otra palabra, que es el sorprendente anagrama de su propio fluir y surge el vocablo “ámbar” (que viene de “amar” y posiblemente venga asimismo de Brahmá, el dios creador del universo para el hinduismo que literalmente significa “evolución”, o “desarrollo” en idioma sánscrito). La maravillosa “b” de ámbar es su giro, su bien-estar, el timón en que una palabra se convierte en signo triangular, piramidal, cúspide de un punto que se hace vertical hacia el infinito, lo mismo hacia arriba que hacia abajo, porque amar no tiene espacio, no cuenta con puntos de referencia, y solo busca el bien, la belleza y el bien-estar, lo bueno del mundo, el bálsamo que cura y perdona todas las heridas.

El ámbar así entra en el plano simbólico de una corriente que se sale del tiempo humano y que de la linealidad del horizonte se va diversificando en verticales hacia el firmamento. El fluido del ámbar no termina con la muerte, sino que renace en otra vida y en otra alma, porque es la misma energía para todos los cuerpos y para todas las almas. Es la causa y el motivo, pregunta y respuesta del ser en el Ser. La evolución en esencia no puede prescindir del ámbar, y viceversa, este estimula la evolución, anima el curso de la vida mediante objetivos que van del presente al futuro, pero para convertirse constantemente en presente. Su razón de movimiento hacia adelante es la constancia de la necesidad y el deseo. Fluye en silencio en la magnitud de los secretos. Quiere actuar y lo hace, y descubre así el estímulo de un nuevo deseo. Provoca para que lo provoquen y su energía es un frecuente reto, una renovación de cilindros y músculos invisibles, un despertar de cambios y metamorfosis.

Hay un ámbar individual y un ámbar global. Ambos de la misma esencia y en el mismo sentido. Hasta ahora hemos hablado del ámbar personal. Pero este fluido, de supuesta energía mínima, cuenta con ramificaciones colaterales (como las arterias que llevan la sangre al corazón, que a medida que pasan los años van creando vasos comunicantes que diversifican el torrente sanguíneo como un recurso de salvación para un miocardio que hubiera podido quedar paralizado al obstruirse una arteria. Estas ramificaciones, en el caso de un infarto se conjuntan, para sustituir el riego arterial obstruido, por el suyo de función colateral. Debido a ello la persona en cuestión puede albergar la esperanza de la salvación). De aquí que el ámbar individual tenga también sus ramificaciones de viajes colaterales y transversales hacia otras corrientes ambarinas que, de hecho, también están dirigidas hacia el Ánima Mundi, de manera que el ámbar forma un tejido mundial de corredores etéreos (podrían ser túneles y pasadizos espaciales —invisibles— que tienen su naturaleza en el éter) entre millones de seres del planeta. De suerte que conforman un inmenso —casi podría hablarse de infinito— tejido fantástico, imaginario (pero muy real) que constituye la maya del ámbar. Este entretejido ambarino es lo que le da razón de ser a la positiva unicidad del mundo, que deviene alma inmensa, alma diversa, alma sagrada del orbe, alma de Teilhard de Chardin y alma en la perspectiva de Omega.

Esta energía ambarina de todos los seres de buena voluntad del mundo corre en ráfagas evolutivas hacia el centro mismo de un conjunto universal, que con la historia y el presente se ha venido llenando de una masa de energía intocable, indetectable como tal pero con una formidable presencia de Amor, que al mismo tiempo se traduce como un círculo de espacio indefinido, inmedible, de inteligencia y pasión, como ya he dicho, de razón e imaginación —dirigido en línea vertical— hacia todos los confines del Unimultiuniverso… Y toda esta Ánima Mundi es una de las razones imaginativas del Gran Poder del Creador.

Dios sabe que el ánima yo y el Ánima Mundi forman la gran respuesta a su creación. Uno de los grandes misterios, que es el ámbar, viene de lo que anteriormente he expuesto —a mi modo de sentir, claro—, y es porque además hay un ámbar interior en cada uno de nosotros, a la vez que existe asimismo un ámbar exterior que circula las diferentes esferas de las espirales personales y se da cita en una de las antesalas de Omega, que es el Ánima Mundi, como ya he reiterado. Ambas corrientes son la misma energía, y las dos dan lugar a la maya compleja que sustenta la evolución.

Por otra parte, el ámbar es la energía que empleamos en el ego racional, en el ergo proteico y en el proceso de encuentro con el alma. En este último proceso, entre el ergo proteico y el alma, en un momento determinado de la vida, podemos cambiar la energía mundana de la sangre (por ejemplo, ímpetu empresarial, ímpetu político) por la inspiración de la belleza, por el encuentro del salto interior (búsqueda y encuentro con la iluminación que poseemos, por el deseo de entrega a los demás). Es cuando el ego racional logra comprender en definitiva que nunca podrá luchar antagónicamente contra el alma, que está destinado a su transformación, a encontrar lo que siempre había buscado y ahora posee, su momento o su eterno instante de iluminación.

Sobre el autor

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías, escritor, investigador literario y periodista cubano, ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1992, y en el año 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, “Retablo de la fábula” (poesía), “Valoración múltiple sobre Andrés Bello” (investigación), “El jaguar es un sueño de ámbar” (cuentos), “Marja y el ojo del Hacedor” (novela) y “La noche del Gran Godo” (cuentos). Reside en California.

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