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Del Fabulador a la ceremonia del té

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Del Fabulador a la ceremonia del té

Del Fabulador a la ceremonia del té
Diciembre 12
02:47 2015

 

En menos de lo que canta un gallo, dos pedazos de palo entraron por la ventana del cuarto de Marja. Alguien del edificio de enfrente se los lanzó con ira, y con los gritos de ramera hija de puta. Los palos hicieron prácata prácata cuando chocaron contra la pared donde estaba recostada la cocinita de luz brillante. Varios chisguetes de porquería se desprendieron de los pegotes amarillos de las cacas que venían pegadas en lo palos y que provocaron un ruido casi fofo que cortó la rabieta de Marja, como si los pedazos de palo con excremento le hubieran propinado un par de bofetones. Eso bastó para que ella detuviera su furia destructiva, rompiera en el llanto bajito de una niña impotente y luego se recostara sobre el colchón que permanecía en el suelo.

—¡Gracias, vecinita! —le gritó la misma voz anterior, pero ahora con un sarcasmo que apaleó más a Marja— ¡Los zapatos que nos tiraste le sirven a mi marido; para que sepas que te jodiste! ¡Y ya los perdiste, y como se te fue tu musiquito, tocador de nalgas! ¡Búscate a otro y vete de este barrio, puta de mierda!

Entonces fue que la Seráfica se dio cuenta de que en su perreta había lanzado dos pares de zapatos del Flautista, que le había regalado un turista extranjero. Y el corazón le dio un vuelco en el pecho. Sabía que ya los zapatos se habían perdido; y que Augusto no le iba a perdonar esto, al menos, en mucho tiempo… Rompió a llorar y a halarse los pelos de su cabecita dorada…

Su llanto terminó en medio de un sueño asustadizo, pues mientras borraba la realidad de la memoria ella se veía como alguien en llamas que transmitía el fuego a cada cosa que tocaba. Por momentos tuvo la ocurrencia onírica de que su ser venía de otro planeta, o de un lugar donde había estado viviendo en un infierno cálido, donde los suplicios se hacían aguantables pero, a la vez, ya se estaban convirtiendo en insoportables por el tiempo que duraban, debido a la molestia persistente con que la vida la trataba. Y ella sentía que se volvía una cosa amorfa, llena de tantos vacíos que terminaba convenciéndose de que su existencia era inicua, malvada, injusta con su propia alma.

Luego, el sueño se perdía en la misma bruma, muros y precipicio de siempre, en el abismo en que iba a caer envuelta en llamas sin remedio. Sin embargo, paradójicamente, en los finales de este sueño —esta vez próximo al amanecer—, se presentaba la lluvia que empezó a despojarla del odio y de la ira; sentía así que el alma se le aplacaba y que del cuerpo le surgían flores, raíces y hojas, al tiempo que sus recuerdos se apagaban. Lentamente le abandonaban las facultades de su raciocinio, y lo único que se adueñaba de su interés venía a ser el agua y los destellos de un sol apetitoso (parece que la Seráfica, en su afán de limpieza, había hecho fijación con la escasez del agua). A diferencia del sueño de la tercera noche, ahora no podía contemplarse a sí misma, pero sabía que en este final de sueño todo se tornaba verde, y que más allá de las cosas ella se transmutaba en una rara planta.

Esto fue lo que alcanzó a recordar cuando despertó en la mañana del quinto día de soledad… Y yo me dije que Marja debió ser una hermosa planta con sus venitas repleta de clorofila.

Limpió y ordenó el cuarto; y el resto de la mañana la pasó leyendo la novela que había comenzado unos días atrás. La novela no mostraba el título, porque estaba sin cubierta y la primera página se había perdido. Pero ella sabía —y yo también— que era La insoportable levedad del ser. Marja me hizo saber que en la novela el narrador (a quien ella llamaba “autor”) la aplastaba con el peso —nada leve— de la alienación amorosa entre dos parejas que de cierta manera cruzaban sus destinos. Pero lo que más la horrorizó fue el hecho de descubrir cómo los celos, el amor y los sofocamientos de las contradicciones cotidianas se iban confundiendo en las interioridades de los protagonistas. Marja percibió con claridad los celos de Teresa, los sufría y agonizaba junto con ella. Pero también sintió que el tedio y las dificultades acorralaban a Franz y a Sabina, y se ensañaban con Tomás, quien amaba a Teresa, era amante de Sabina y, al mismo tiempo, tenía que luchar contra su propio deseo por las demás mujeres (este, de alguna manera, se le parecía un poco a su músico perdido). Sí, la promiscuidad de Tomás podía ser la de Augusto Apolo Adán, alias el Flautista. Por otra parte el idealismo poético de Franz casi se avenía —en cierta medida, por supuesto— con aquel del Estudiante. Y la necesidad que profesaba Sabina de vivir su libertad se comparaba con el anhelo de Marja por desprenderse de su desarraigo. Pero Marja se acoquinaba asimismo porque respiraba la atmósfera de acoso que cubría a los personajes. Según me manifestó, esta atmósfera no se daba de manera muy evidente en la novela, pero ella la sentía. Además, era como si el amor se hiciera insoportable cuando los detalles sublimes de la emoción y la ternura daban paso al miedo y a la trabazón de los mecanismos sociales que se imponían para vivir. El sexo se podía ver así como un instinto que a Marja no le disgustó tanto, a pesar de yo expresarle que el amor podía acabarse, convertirse en una rutina biológica de imaginación tendenciosamente superficial… Entonces la Seráfica me respondió que el sexo la colmaba de felicidad cuando lo practicaba con Apolo Adán, porque lo hacía con amor, pero que aun cuando no había amor la sola existencia del gusto era suficiente para muchos, y que en verdad ella no se creía una excepción. De todas formas, la Seráfica comprendía que en la mitad de la novela el amor comenzaba a reflejarse como una respuesta de autodefensa, provocativa, contra las turbonadas de una sociedad esquematizada, tan glacial y ocultista como los icebers.

     La novela le pertenecía al Estudiante, que nunca dijo (o quiso decir) de dónde la había sacado (ya que era una novela extranjera que no podía circular en la isla), y se la había prestado por el interés que Marja le había tenido a la trama, y a la manera tan irónica y desenfadada con que el narrador decía las cosas. A pesar de no entender algunas partes, como ese primer capítulo dedicado a los retornos de la espiral (porque el Estudiante le aclaró que allí se hablaba además de cosas filosóficas; aunque su autor, Milan Kundera, nunca aceptó que su novela fuera filosófica), Marja se sobrepuso a su orfandad de conocimientos profundos y leyó y leyó con la avidez de una mujer novelera que disfruta el sufrimiento de los protagonistas. O sea, que Marja, por su carácter adicto al melodrama, se identificaba con el desencanto y la desilusión que vivían los personajes. De este modo se metió tan a fondo en el drama de Teresa que no oyó cuando alguien tocó a la puerta delicadamente.

Otra vez el toque insistió con igual suavidad que tuvieron los primeros golpes. A la tercera vez el toque se hizo más firme, y a la cuarta y a la quinta retumbó en el cuarto para distraer a Marja de la lectura (lectura en la que sus ojos habían estado haciendo la función de un prismático narrativo, por el cual ella observaba la tristeza de Teresa quien andaba escogiendo un árbol —el que por fin resulto ser un castaño en flor— para que un hombre con un fusil, a unos cuantos metros —siguiendo la propia voluntad de Teresa—, le disparara al centro de sus congojas)…

Se levantó y abrió, y se encontró con un individuo que traía un aire de afligida grandeza, porque el hombre balbuceó con una timidez que contagió a Marja de inmediato. Ella no le entendió bien hasta que el hombre —con una barba de mechones enrollados— le repitió que venía de parte del Estudiante, que le daba pena molestarla, pero que Joel le sugirió que hablara con ella, puesto que él también era escritor y en esos días quería inventar unas historias que cuestionaran el abuso del realismo a secas; quería escribir algunos sueños ajenos porque pretendía conocer la complejidad de la gente a través de los sueños; por eso, ahora, los coleccionaba como si fueran testimonios de la vida. Entonces Joel le comunicó que Marja le podría ayudar, puesto que ella recordaba bien sus sueños, los vivía con intensidad y tenía imaginación para contarlos.

Marja, en medio de su sorpresa, vio que el hombre era tan delgado y castaño como la estatua de un Quijote quemado por el Sol; y por momentos tomaba el aspecto irreverente de un insurrecto de otros tiempos. Y ella se lo dijo, y le preguntó si él venía de algún siglo anterior.

—Bueno, años atrás, me interesé mucho por la vida del general Vicente García —respondió el hombre y se calló.

—¿Por quién? —volvió a preguntar Marja.

— Por el general Vicente, al que apodaban el “León de Santa Rita” —dijo él y recalcó:— Allá en Las Tunas, durante la primera guerra de independencia.

—¡Ah! —repuso la Seráfica, y se quedó como embelesada ante la mirada aguda y ágil que había adquirido el hombre. Los ojos se le habían energizado repentinamente. Pero también Marja observó que en los ojos del extraño palpitaba una cierta angustia que lo humanizaba; que en parte, el hombre parecía ser un tipo salido de las páginas de la novela que ella leía; aunque resultaba indiscutible, por su apariencia, que al mismo tiempo se vinculaba con aquellas criaturas de la Historia interminable que una vez leyó, porque el aura de este hombre traía al cuarto ciertas emanaciones misteriosas, mágicas, como las que se podían sentir cuando se llegaba a conocer algo surgido de la mismísima imaginación de un sueño. Por fin, el hombre volvió a dar de sí al presentarse como Mito Vidal, alias el Fabulador, “pero mis amigos me dicen WV”, dijo.

La Seráfica le invitó a pasar, y el Fabulador entró despacio y como encogido. Ya dentro del cuarto se puso a mirar el techo, las paredes y los objetos (como hacen muchas personas cuando llegan a un lugar por primera vez); y por momentos sus ojos, que ahora parecían las canicas de un oráculo, se iban de un lado a otro, como intentando descubrir la presencia agazapada de otra persona. Pero el cuarto era tan pequeño que en seguida confirmó que allí solo se encontraban la muchacha y él.

Mientras Mito Vidal se conducía de esta manera, Marja se había puesto a buscar unos libros y apuntes que tenía. Así estuvo unos cinco minutos, hasta que se dio cuenta de que ella le había dejado plantado en medio del cuarto. Entonces le indicó una silla y le advirtió que se recostara con cuidado porque tenía el respaldar partido. En eso hubo otro silencio de timidez en medio de los dos. Y el silencio permitió que los ojos de WV (como le volvió a insistir a Marja de que le llamara) se conectaran por un instante con los de la muchacha, que ya brillaban (quiero decir, los ojos de la Seráfica) como el ámbar de las vigilias insólitas. Y es que la imaginación de ella se estaba alistando para volar en el recuerdo de alguna duermevela. Y el Fabulador lo presintió y dejó que el silencio se estirara para que Marja pudiera cargar las pilas de su fantasía… A los cinco minutos el silencio terminó porque la Seráfica dijo que prepararía una buena jarra de té. Entonces se incorporó de su silla y fue hacia la cocinita de luz brillante para poner a hervir el agua (ya había limpiado las marcas que los tozos de palos habían dejado en la pared), y Mito Vidal pudo contemplar así aquel prodigioso cuerpo de violonchelo que tenía la Seráfica. Y es que Marja lo hizo a propósito para complacer la intermitencia lujuriosa que emergía de los fondos de aquel hombre extraño que la estaba visitando.

—Con el gusto que da esa infusión a las conversaciones —comentó el Fabulador con cierta suavidad, que más bien parecía ser reflejo de su timidez.

—Había como cierto enlace entre el sabor del té y los pensamientos —dijo él —una manera más de estimular la imaginación.

Y Mito Vidal sonreía al hablar, con ese rostro complaciente, de barba tupida, entre lo gris y lo blanco, que a veces resplandecía con un tono grisazuloso entregando calma y paz. Ahora él aprovechaba para introducir el tema de la ceremonia del té; que esta planta adquirió el valor de un símbolo para las tradiciones japonesas, y que después, con el correr del tiempo, se fue esparciendo por el mundo.

—El teísmo es la selección de la belleza —expuso WV con la exactitud que la memoria le prodigaba para repetir las palabras del sabio Okakura Kakuzō—. Pero además —añadió—, una taza de té significaba un paso firme hacia un estado de infinitud —y le hizo una seña de picardía al echar hacia adelante los labios y el mentón.

El Fabulador continuaba diciendo que los seres humanos buscaban lo infinito, por su tendencia que tenían de querer vivir eternamente. Y para buscar lo eterno a veces se adentraban en largos laberintos existenciales, sin percatarse de que la concentración en la belleza a la hora de beber una taza de té, podía proporcionarles una sensación de felicidad que nada más se explicaba si éramos capaces de soñar despierto.

Y ahí le interrumpió la Seráfica para hablarle del sueño en que ella había sido una rara planta, una exótica y copiosa planta de té, que se enrollaba alrededor de un grueso árbol que había crecido perdido en una isla del mundo. Esto último, ella lo extrajo de su imaginación (me consta, porque todo lo que Marja podía imaginar, yo lo podía percibir). Y consiguió tan buen efecto cuando vio cómo resplandecía el semblante de WV, que entonces se lanzó a contarle el sueño que tuvo con las moscas y la mano que la otra noche registraba su cuerpo.

Embebido de té y de una poderosa pasión, el Fabulador cayó en una especie de alelamiento por la euforia verbal de Marja, quien le contaba sus sueños, mezclándolos e incorporando cosas de su imaginación, mientras que WV alimentaba su espíritu escuchándola y al mismo tiempo saboreando el té que ya ella le había servido.

Los ojos del hombre se cubrieron de una brillantez que llamó la atención de Marja; y cuando le tocó hablar, a Mito Vidal las palabras le salieron burbujeantes, tanto que crearon una atmósfera de alucinaciones épicas con trasfondo de erotismo.

WV habló incansablemente, como si hubiera soltado un muelle guardado dentro de sí desde hacía mucho tiempo; habló hasta por los codos, como se dice (aun cuando los codos los tenía apoyados sobre la mesa y con los dedos de sus manos se tocaba las sienes, como para hacer que la imaginación y los recuerdos le vinieran a la mente).

Y entre tantas cosas, Marja pudo transmitirme referencias y hechos fabulosos que quedaron en su recuerdo, como cuando Mito Vidal le mencionó lo del secreto de los talismanes sagrados que una vez pudo poseer, y mediante los cuales logró disfrutar de verdaderos coitos con las diosas de diferentes mitologías; además le contó de sus aventuras y vivencias en otras épocas planetarias. Le habló asimismo de su reencarnación constante en los tres estados de la materia, y de sus posibilidades para pasar a través de los cuerpos, como una diálisis viviente, gracias a su dominio de la tensión superficial: cómo el mismísimo Incorpóreo le explicó a él entonces lo que significaba el anillo de Möbius y las tres maravillosas cajas de Matvéiev, el cuchillo de acero imaginario que lo penetraba todo sin desgarrar la vida; le relató a la Seráfica las mil veces que necesitó alimentarse con fuego para poder subsistir en los volcanes de los cíclopes; de cómo caminó por la cordillera de los Andes y se fotografió en el Pico Espejo con una simple camisa de manga corta y un pantalón de tela fina, en medio de la nieve, a tres grados bajo cero y cuatro mil metros de altitud; le mencionó las atracciones eróticas de los bosques, de los enredijos de lianas y bejucos, de la ceiba, del álamo y del roble de los frailejones y yagrumas; le explicó que la soledad de la selva excitaba a cualquier hombre hasta llevarlo a la demencia de la masturbación frecuente; el olor de los árboles y las plantas y el color verdioscuro del follaje transmiten una sensualidad que se hace más fuerte con la monotonía del ambiente, dijo… Y ahí fue cuando entró a narrarle lo de las heroicas hazañas, las vigilias eternas y la expectativa angustiosa que vivió no solo en Etiopía, sino también —y aquí dejó escapar un suspiro de nostalgia— en las selvas angolanas; los poemas que compuso en sus noches de guardia y en las caravanas tenebrosas, las carreteras asediadas por las minas ocultas y las emboscadas sorpresivas; y que allí había que tenerlos bien puestos para pasar de una región a otra, pero que él se curaba del espanto y la tensión del miedo inventando sus poemas; eso era una manera más de amar la vida y olvidar la muerte, un recurso psíquico que lo liberaba de los males del destino, por lo menos lo liberaba de la desesperación a priori; es decir, antes de que una explosión le hiciera añicos.

Entre tantas cosas, le relató algunos de sus encontronazos con el enemigo y las fieras salvajes; le explicó cómo una vez, perdido en una comarca fabulosa, avistó entre un macizo de montañas la ciudad blanca de los legendarios mitones, y cómo —cuando estuvo a punto de entrar a esa ciudad— el roce de una bala le hizo despeñarse por una ladera; luego le recogió un helicóptero y vino a despertar cuando sobrevolaba una ciudad de muchos rascacielos que nada tenía que ver con la anterior ciudad que había resplandecido ante sus ojos.

Le bajaron en una unidad militar del enemigo donde le exhibieron como un trofeo de guerra antes de llevarle a la enfermería; después le dieron a tomar un caldo de hongos alucinógenos y también tuvo que comerse algunos pedazos de pellejo de serpiente, y lo condujeron hacia una mazmorra donde la humedad le calaba los huesos y las chinchas le aguijoneaban el alma. En aquella cárcel de alta seguridad conoció al guarachero, un mulato que bailaba en la comparsa de Regla y a quien también habían atrapado un tiempo atrás. (El guarachero fue quien más tarde le presentó a Joel Merlín, el Estudiante).

Luego, cuando se sintió más recuperado, entre el guarachero y él planearon la fuga; echaron manos a las mil escaramuzas de la imaginación; y, por fin, ayudados por los talismanes sagrados que encontraron detrás de un ladrillo en una de las paredes de la prisión, y por el cuero de mandril azul que el comparsero escondía, pudieron hacerse invisibles y escapar (pero lo que en realidad sucedió fue que se hicieron amigos de uno de los guardianes de la prisión, y este les dio a tomar una poción de un brujo africano que era pariente del hombre, y que lo había preparado especialmente para ellos, con el propósito de que aparentaran la muerte y así fueran sacados de la mazmorra y tirados en una fosa común, de donde el guardián, amigo de ellos, les ayudó a salir). En seguida viajaron a través de la selva, a la velocidad del viento. Fue como por arte de birlibirloque que se vieron de regreso, dijo el Fabulador, como si nunca hubiera sucedido nada… Porque ambos aparecieron una mañana dormidos, acurrucados como dos ángeles socarrones en las literas de sus respectivas barracas.

En efecto, parecía que nunca había sucedido nada; porque ambos aparecieron esa mañana —como ya dije— dormidos, acurrucados como dos pícaros ángeles socarrones en las respectivas literas de su barraca. Y resulta que los dos no se habían visto antes y cuando algunos soldados les despertaron y salieron hacia los baños, fue entonces que sus miradas soñolientas se enfrentaron y comprendieron que, aunque jamás se habían visto, ya se conocían del mismo sueño.

Con extrañeza para ellos dos, tuvieron que soportar las quejas de otros soldados del batallón que decían que toda la noche se la habían pasado perturbando el sueño de los justos con sus cantaletas de sonámbulos desmadrados. Pero lo curioso del caso, señalaba Mito Vidal, fue que los datos que ellos dieron del enemigo resultaron comprobados con exactitud a la semana entrante.

De este modo, el Fabulador contó hasta que oyó que Marja se declaraba feliz de escucharle porque él había aparecido caído del cielo, un esmirriado paracaidista, inesperado, para liberarla del peso depresivo que le hubo de ocasionar la novela que leía (decía ella, para no confesarle de su frustración amorosa con Augusto); una historia con trauma europeo que, por esos extraños hilos que teje el huso de las épocas, se engarzaba con el entramado de su destino, como si ella fuera un poco Teresa y un poco Sabina, y supiera que el desdoblamiento entre Marja y la Seráfica solo la podía llevar a la multiplicación de sus desgracias.

Pero Mito Vidal le había traído el placer de la voz; el placer de escuchar vicisitudes fantásticas que de buena manera la reanimaban, al otorgarle a su vida el sentido de la imaginación, siquiera el sentido de saber que escuchando historias se podía volver a creer en la vida. Y esto se lo debía a la presencia de este personaje, de su voz y a las tazas de té con alcohol de 90, que ya la venían excitando con la misma intensidad con que soñó en la tercera noche de soledad.

Cosa que aprovechó el hombre, hablador de circunstancias propicias, para retomar el tema de la infusión, y susurrarle que cuando una taza de té se derrama sobre el cuerpo de una mujer como ella, y más con el alcohol de 90 con que estaba ligado, entonces los senos —como los de Marja— se endurecen, al igual que dos pirámides y la piel se abre a las calidades de las sensaciones. Acto seguido, sin ninguna inhibición… (el Fabulador ahora había dado un cambio tremendo y ya se veía con la disposición de los extrovertidos, se notaba que el alcohol de 90 estaba haciendo su efecto), la invitó a consumar el hecho, el cual debía establecerse a modo de un ritual, en plena desnudez. Y Marja se prestó con la sabiduría de la voluntaria aceptación, como si fuera algo totalmente natural. Y un regocijo espontáneo la instó a encender la radio, buscar música instrumental y, bajo la consonancia de una trompeta a ritmo de bolero, comenzó a desnudarse voluptuosamente.

Con el almizcle de su sexo al aire se acostó en la cama y ladeó su cuerpo al modo de una Maja de los tiempos modernos, y con sus labios de sonrisa espumada levantó una mano y atrajo la del Fabulador que temblaba mientras sostenía la taza de té y empezaba, buscando demostrar la precisa suavidad de un maestre, a dejar caer la tibia infusión sobre los espacios de una mujer de belleza inigualable: una belleza que, por encima de cualquier timidez, incitaba al libre albedrío de los caprichos más imaginativos.

Los contornos de la Seráfica estaban como moldeados por la espátula de un Hacedor que, por causa de ella, se perdió en el tiempo, le confesó al Fabulador. Y yo respondo que no, que el Hacedor devino otro, que transmigró en el tiempo de esta fábula, que ahora es (soy) un nuevo Hacedor cercano al mundo, a la realidad más corpórea ya, que goza deliciosamente de las formas y de ese lunar de entrepiernas que la Seráfica le brinda a cada personaje especial que la sorprende; como en el caso de este hombre intempestivo que ya rueda su mano para tantear a la mujer desde el rostro hasta los pies y convencerse de que ese cuerpo existe, de que es verdadero y bello y nos provoca las ganas de ser el personaje mismo, la acción misma en la mano de WV: las cosquillas, los estremecimientos y el misterio todo de la sangre circulando torrentosa, la mano humedeciéndose de almizcle, y dibujándole el rostro y los labios, y asimismo el interior de su boca, las glándulas del paladar y los preludios del corazón.

Y Marja se regocijó con la actuación de Mito Vidal o WV, alias el Fabulador (que también podía ser la mía)… Como una paradoja exquisita se compuso la escena en aquel cuarto, pues mientras la Seráfica se aproximada a un estado de ebullición con devaneos y movimientos espontáneos, el hombre trabajaba cada uno de los escondrijos de su cuerpo con una ternura y delicadeza que le decían a ella que las cosas en torno suyo tomaban vida, ondulaban y cimbraban de emoción.

Capítulo VII de la novela inédita Marja y el óvalo dorado, quinto libro de la serie Crónicas Marjianas

—¿Así fue el contacto con aquella mano del sueño? —preguntó el Fabulador con suavidad, y sin esperar respuesta acomodó su boca en el epicentro dorado de la muchacha. Fue, con ternura y delicadeza, penetrando una lengua larga y sedosa; y con la misma se dedicó a recorrer la convulsa interioridad de Marja, quien en susurros le pedía que le contara más historias para que se le quedaran bien adentro de los sueños, y le juraba que ella no era ni Teresa ni Sabina, sino la Seráfica que desbordaba fuego, que ahora abría los muslos en el hechizo de una realidad inesperada: una vivencia que nuevamente la sacaba de los miedos de la soledad.

§§§

Mito Vidal no actuó con desesperación ni brusquedad, a pesar de su nerviosismo, sino todo lo contrario. Recuperó la serenidad y fue el hombre más dulce que pasó su mano y su lengua por fuera y por dentro de la muchacha. Antes de desaparecer, la amó una sola vez, y la sedujo con el asombro de sus historias y de unas caricias que no perdieron un instante para registrarle los lunares en la piel y las pulposas fibras interiores. El óvalo del pubis se proclamó, por ello, como una confluencia de sensaciones; un espacio cósmico que descorría sus pétalos y dejaban abierta la entrada hacia el teísmo interior de la Seráfica. Por allí mismo entró el deseo supremo y lo hizo como un crótalo extraño pero bendecido por la suerte de las fábulas.

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Sobre el autor

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías, escritor, investigador literario y periodista cubano, ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1992, y en el año 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, “Retablo de la fábula” (poesía), “Valoración múltiple sobre Andrés Bello” (investigación), “El jaguar es un sueño de ámbar” (cuentos), “Marja y el ojo del Hacedor” (novela) y “La noche del Gran Godo” (cuentos). Reside en California.

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