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Del fin de la historia a la revolución de la consciencia

Del fin de la historia a la revolución de la consciencia

Del fin de la historia a la revolución de la consciencia
abril 05
14:02 2014

Tras cada proceso supuesto de reorganización nacional y proletaria, del que presumen todas las dictaduras, las de “derecha” permitieron ciertas “licencias” que las comunistas de ninguna manera. En estas no sólo no existieron licencias, ni existirían, además de que ni siquiera el avance económico resultó “lógico”, de poner a “producir” a todo el mundo, de la casa al trabajo y punto (cero arte, cero reuniones, cero parlamentalidad, etc.); además de lastrar ostensiblemente países, culturas y sociedades enteras que luego por años no se recuperan… herencia de su descomposición moral, su aterradora condición capilar de vigilancia panóptica sin fisuras y la imposibilidad de articular siquiera “una contrariedad” como alteridad imaginable o disidencia real.

En los países excomunistas por no haber no hay ni “historia” que no sea la triunfal oficialista ―y en algún caso el leve susurro de otras voces ninguneadas internacionalmente por otra izquierda aún peor, de caviar y champagne a la “gauche divine”, que le hace el juego desde afuera, restándole importancia y credibilidad a su dolor, a su protesta, a su labor de resistencia y todo aquello que se cuenta como contrario, que es deformado e inflamado por una intencional y adversa propaganda legitimadora, resultante de una falacia mediatizada, polar y obscena, que no admite revisión ni contraste, en muchos casos “nada”, ni réplica.

Como el caso del extermino del pueblo armenio. Todo el mundo se escandaliza de la gran guerra de “Secesión Americana” y los exterminios de los pueblos indígenas americanos, sobre los cuales se han rescrito mil pasajes y reconstrucciones históricas (hechos, actos y personas que existen como imagen e integridad pública y épica); pero a diferencia ya nadie se pregunta: ¿Cómo es que una lengua que se hablaba tan solo en una cuantas ciudades casi bárbaras del Este de Europa llegó a ser hablada hasta por los tunguses, los buriatas o los mongoles? Millones de civiles masacrados, ninguneados y desaparecidos completamente de la faz de la tierra, que no fueron, no son, junto a su cultura entera, volatilizada, reducida a cero, pulverizada, disuelta, anulada, extinguida… nihil.

Pueblos donde la disidencia (que la hubo, como es obvio) resulta un proceso tan agotador y estéril, con tal insolidaridad e incomprensión internacional (no solo de antes, sino de ahora mismo), que, luego que cambian las cosas, o se instalan definitivamente en el exilio, viene la urgente necesidad del descanso, incluso la entendible apatía, el abandono, incluso la desidia, del que se dice, por Dios:

― ¡Ya se lo harán, la vida es muy corta! ―yo no quiero ni me interesa ni soporto ya hablar más de política. Y se entiende.

La política siempre ha sido la continuidad de la guerra por otros medios. Y como se escucha reiteradamente en estos días a propósito del colonialismo cubano en Venezuela: ¡El que se cansa pierde!

Decía Hermann Hesse que: a menudo la Historia Humana no parece más que un libro de estampas sucesivas, que refleja el más fuerte y ciego anhelo de olvidar. Cada generación destruye, utilizando los más crueles métodos de prohibición, silencio absoluto, y burla, siempre precisamente aquello a lo que la generación anterior parecía apreciar y otorgarle importancia.

Acabamos de vivir relativamente hace muy poco tiempo, y seguimos viéndolo continuamente, cómo pueblos enteros olvidan durante años, desmienten, reprimen y hacen desaparecer por ¿el encanto? de una guerra terrible, duradera, horrorosa y de desgaste, todo aquello que ellos mismos crearon. Y luego vemos como esos mismos pueblos, luego de descansar un poco y “perdonarse”, con ayuda del arte, la poesía y algunas novelas impresionantes, vuelven poco a poco a intentar recordar y restaurar todo lo contrario a lo que ellos mismos perpetraron y sufrieron.

Cuanto más gana un país en control y anulación de los valores tradicionales de la familia y el amor y estos son sustituidos por patria, humanidad, Dios, cuerpo, ejercito, lealtad e ideología (sea mercantil, política, racial, científica, tecnológica o religiosa), tanto más propenso está a caer en la más absoluta sugestión totalitaria. “No hay peor esclavo que el que se cree libre sin serlo”.

Bien se dijera hace años sobre el dilema de los maximalismos absolutistas occidentales y su secuela del paradigma racional ―mecanicista y de las “sociedades del control”: No se trata del “cansancio” (Argullol/Trías ―dixit―) sino del agotamiento de Occidente, pues del cansancio se sale, del agotamiento no.

Una perspectiva cuyo “Fin de la Historia”, a diferencia de los principios de la Doctrina Fukuyama, estriba en que todo análisis humanístico, sociológico y político está sometido a las leyes globales del mercado ―”Un cáncer que le corroe los huesos a este cuerpo de un (el) Ser (Crístico) sumergido en un “inconsciente” que tan (in)voluntariamente lo nutre”.

El cambio no será un circunstancial y revulsivo cambio de orden en lo social y lo estructural, sino una profunda revolución en la consciencia (Ethos individual).

A sabiendas de que: “No puedo cambiar el mundo, solo puedo cambiarme a mí mismo”.

Sobre el autor

Adrián Morales

Adrián Morales

Adrián Morales Rodríguez es Doctor en Estética por la Universidad de la Sorbona, Paris. Artista visual, músico, compositor y multinstrumentista. Discípulo del padre de la Deconstrucción Jaques Derrida. Entre sus textos obran: “Trastornos. De lo Antropofágico a lo Antropoémico. Power Food LEXIcom” Edt: Artium, Vitoria Gasteiz, 2008. “Sobre Dalí o la Metástasis del Inconsciente”, Edt: Fundación Joan Abelló, Barcelona, 2005. “HisPánico, I, II y III”, Edt: NomadART Productions, Barcelona, 2001 o “Genética Control y Sociedades en Descomposición”, Edt: Atópics, Paris, 1995. Vive y trabaja entre Europa y Estados Unidos.

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1 comentario

  1. Callejas
    Callejas abril 05, 19:54

    excelente Adrian. La ultima frase del ensayo constituye el meollo esencial de la metanoia humana. Frase cambiada de sentido por los utópicos revolucionarios de 1789 y 1917: donde se decía ¨tienes que cambiar tu¨ ellos reconvirtieron el sentido a ¨tenemos que cambiar el mundo¨. Estoy escribiendo un libro sobre las implicaciones de este suceso moral en Cuba, que data desde la intervención del obispo Espada contra el método de la escolástica hasta el hecho metanoico que posibilito el triunfo de la Revolución del 59. Este articulo tuyo viene como una referencia obligada. Gracias.

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