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Del impulso sexual al espíritu poético

Del impulso sexual al espíritu poético

noviembre 15
01:04 2011

1-aab_Amante_De_Lady_ChatterleyNada nuevo que yo sepa, en lo esencial, hay en el género de la novela erótica después que David H. Lawrence escribiera El amante de lady Chatterley (1928), obra que fue concebida como contestación directa al puritanismo y moralismo de la época victoriana, una de las más represivas en la historia en cuanto al sexo.

De hecho, hoy no se escribe sobre erotismo motivado en dicha represión, lo más básico, sino en relación a la forma, lo más pedestre,  de cómo se concibe el sexo. Aunque no es que la represión sexual haya sido aniquilada, superada, aun cuando el desarrollo de la civilización actual ha traído mayor conciencia sobre el tema del sexo.

Es decir, se conoce mucho más hoy, en comparación a otras épocas, sobre el contenido del sexo, pero lo insensato es que ello ocurre mediante un intermediario. La civilización ha sido enseñada por quienes consideran que primero existe un sistema, una metafísica sexual que determina en qué consiste y cómo debe ser el sexo. De este conocimiento forzado se nutre la literatura erótica. Por eso la novela erótica ha evolucionado en estilo y forma pero, en sentido general,  permanece lastrada por el mero impulso de la sexualidad, del conocimiento que implica ese impulso bestial, tal y como la crítica de Lawrence la describe admirablemente en una de sus páginas:

“El padre de Connie, en sus fugaces visitas a Rugby, le decía en privado a su hija: En cuanto a lo que escribe Clifford, es ingenioso, pero no tiene nada dentro. No aguantará el paso del tiempo…

“Connie miraba al fornido caballero escocés que había sabido arreglarse tan bien en la vida, y sus ojos, sus siempre asombrados grandes ojos azules, adquirían un matiz de ambigüedad. ¡Nada dentro! ¿Qué quería decir con nada dentro? Si los críticos le alababan, y el nombre de Clifford era casi famoso y hasta ganaba dinero… ¿qué quería decir su padre con que no había nada dentro de las obras de Clifford? ¿Qué otra cosa podía haber? Porque Connie había adoptado la forma de valorar de los jóvenes: lo del momento lo era todo. Y los momentos se sucedían sin estar necesariamente relacionados entre sí. Era su segundo invierno en Wragby cuando su padre le dijo: Espero, Connie, que no dejarás que las circunstancias te conviertan en una demi-vierge”.

¡Una metáfora! Una para referirse a que, por lo general, los que escriben sobre sexo “no tienen nada por dentro”; no tienen  la suficiente experiencia para hablar sobre sexo. Pero aun así, sin experiencia, escriben largas narraciones sobre lo que se puede decir sobre  sexo. ¿Y qué es lo que se puede decir sobre sexo? En eso se basa la literatura erótica actual, en que sus autores no saben absolutamente nada sobre  sexo: hablan sobre lo que determina al sexo como instinto animal. Nunca están prestos a dibujar una escena donde en el sexo, por antonomasia, haya brillado por un instante en el espacio poético; el salto a la vacuidad donde toda represión se concibe como infundada.

Y esa era la motivación esencial, la del salto a la vacuidad, que llevó a Lawrence a inmiscuirse de lleno en el tema de la sexualidad. Él sabía por experiencia propia que mas allá de ese impulso bestial había una cualidad poética, desde luego frustrada por esa represión. Lawrence estaba convencido que todas las libertades se reducían a esa represión. Porque incluso esa represión inculcada por siglos en la mente humana había convertido la relación sexual en una relación moral y seria. Reírse durante el sexo era  el mayor de los pecados. Hoy, aun cuando estamos enterados de muchas cosas sobre el sexo, no podemos reír durante el  acto. El lastre de la represión es tan profundo  en el inconsciente que ya es una pauta que parece irreversible. Pero Lawrence no estaba de acuerdo. El impulso de su creatividad literaria estaba dirigido a romper esa pauta.

Lawrence era un visionario en este sentido.  Con sus novelas eróticas trataba de poner en el banquillo del acusado a la represión sexual, agente básico de perpetuar formas constituyentes,  morales y prejuiciosas, que invadían la mentalidad de las llamadas “sociedades modernas”. Sin embargo, su esfuerzo no ha tenido una buena recepción en la actual novela erótica. Se descubre al animal, ese impulso vital que es el sexo y su corolario, pero nunca se hace énfasis en su belleza.

Incluso una novela fascinante como “La mujer del coronel” elude el tema. Estuve releyendo hace unos días la novela de Armando Añel, “Erótica”, y encontré por qué. Cuando el impulso creativo está dirigido por una mente masculina, el tema gira en torno a la cualidad animal del sexo. No importa quién esté narrando –hombre o mujer–, la sexualidad ha sido dada a conocer por la mente masculina, por la racionalidad intelectual.

A la mujer no le fue permitido hablar sobre sexo. Y hoy, cuando la mujer lo hace, parte de la pauta establecida por la mente masculina. Es lo que pasa en “La mujer del coronel”, que el personaje central está ataviado por la impronta del conocimiento sexológico. Cree de antemano que existe la represión sexual. La represión política y cultural a que es sometido el sexo dentro del castrismo motiva de hecho una preocupación que da lugar a una investigación sólo sobre el tema. Y el tema, desde luego,  va a girar inevitablemente en torno al sentido intrínseco del sexo, al contenido bestial, que a su vez se traduce en contenido político. Con Idamanda, personaje central de “Erótica”, mi punto de vista es que sucede todo lo contrario. No es una investigación sobre el sexo lo que se persigue, sino que sucede  una revelación.

Idamanda no está para preguntar y averiguar sobre el sexo; ella no es una sexóloga. Ella está para comunicar una experiencia trascendental sobre sexo; está para abrir un espacio. Ella está para decir que la represión sexual es sólo un ardid en la mente humana, que se traduce en ficción política, ideológica y cultural y no conduce a nada. O mejor dicho: conduce a nuevas represiones. Idamanda representa un espacio femenino dentro de la tradición poética sobre el sexo.

Ella representa, en mi honesta observación, a la recepcionista ideal de ese  impulso poético que Lawrence quiso legar a las nuevas generaciones. Aun cuando gran parte del género de la novela erótica ha sido influenciado por la obra de Lawrence, este género se ha deslizado fundamentalmente en el contenido narrativo sobre el sexo y ha desechado el mensaje, del cual el autor de “El arcoíris” comparte la idea de principio: la mente puede equivocarse, pero lo que sienten la sangre y el corazón es inapelable. Aun cuando este sentimiento se asiente en nuestras experiencias, Idamanda está segura que debe ser trascendido también.

http://angelcallejas.wordpress.com/

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