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Del rey de los toldos lo heredamos

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Del rey de los toldos lo heredamos

Del rey de los toldos lo heredamos
abril 03
13:42 2016

 

Un 29 de junio de 1856 salió por primera vez el apellido de mi familia en los periódicos, un fabricante de toldos de origen portugués puso el nombre de la familia en alto, tan en alto que salió de La Plaza de Marte de La Habana a las 5 de la tarde volando en su aerostático Villa de París y aún le estamos esperando. La locura de conquistar el aire alcanzó a la familia desde entonces, a partir de ese momento los chicos nacían mirando al cielo, decían las parteras y agregaban: “como genuinos descendientes del toldero”. Se dibujaron desde entonces globos en los bordados de las canastillas de los recién nacidos y cuadrúpedos que caían del cielo en paracaídas lanzados desde una nave aerostática. Para acentuar el sello familiar se fabricaban biberones distintivos con agarraderas de madera en forma de globos, los chicos perseguían a otros chicos con los brazos extendidos en similitud de vuelo. Uno de los tatarabuelos se lanzó a 40 pies de altura desde la cima de una palma real, sosteniendo dos pencas de guano debajo de los brazos y murió del trastazo o de miedo, nadie sabe.

Muchos años más tarde uno de mis tíos tuvo la brillante idea de hacer un avión de madera con un pequeño motor de turbina de agua, la idea se puso en marcha con la complicidad de todos de una forma u otra, se discutieron los planos y se propuso la constitución de los materiales de construcción; como no había medios de consulta, se le preguntaba a los más viejos que vieron volar al bisabuelo la forma en que cayó, la distancia en relación con el tronco de la palma y la posible inclinación del cuerpo, el mes del año y las corrientes de aire… se calcularon los detalles y se hicieron demostraciones reales con pencas de palma. Las mujeres cosieron las alas y el traje del piloto de un rústico cuero de vaca, e hicieron una banderita para identificar el país. Los hombres cortaron la madera de ateje y le dieron forma a las aspas, montaron las vigas del cuerpo de la nave, la pintaron con una argamasa de polvo blanco de la tierra y resina de árbol. Por fuera tenía la apariencia real de un aparato aerodinámico y de cerca tenía olor a vaca muerta, pero así se le fue dando forma a aquel disparate alado. Se le colocó un letrero que decía “GuBaRoMa” en alusión a las dos primeras letras del nombre de los hermanos de mi madre, Gustavo, Bartolo, Rogelio, María, que después de muchas discusiones se cambió por “Aéreo De La Viajaca” en alusión al nombre de la finca de nuestra posesión por si no caía en la región o caía fuera del país donde hablaran otro idioma, algunos hasta aseveraban que construirían un puente aéreo para traer pescado fresco a las fincas y llevar vegetales a otros mercados de las islas, lo que alentó a otros campesinos a apoyar el proyecto. Poco a poco se fue completando la tarea, toda la labor se realizó en el pico de una loma para poder propulsar el aparato con más facilidad. Los hombres trabajaban incansablemente, se puso una fecha de despegue y se completaron las tareas en tiempo, el último detalle fue la banderita hecha a mano que ataron a una vara de bambú y la clavaron a la cola del aparato con la esperanza de que le reconocieran otras tierras. Se dieron cita todos a la misma hora en el pico de la loma que años más tarde llegó a llamarse La Sobreviviente, el piloto lucía su traje de cuero rústico y olía a vaca en celo, y algunos, confiados en el éxito, trajeron racimos de plátanos, yucas, calabazas, por si se daba la oportunidad de empezar el comercio. Después de varios intentos arrancaron la turbinita de agua que era el corazón de la nave y el piloto oliendo a vaca aceleró el motor halando un cable que se había atado a un pie y todos se posicionaron para empujar el armatoste, el piloto dio la orden: CORTEN, CORTEN, CORTEN, y cortaron la soga que suspendía la nave y los hombres empujaron a un tiempo y de hecho despegó la nave al caer al vacío de la loma, subió y dio una vuelta de trescientos sesenta grados y se desplomó loma abajo, el piloto colgaba del cable del acelerador por un pie por la parte de afuera de la nave como tirado por cordeles de marionetas, giraba y vociferaba mientras salían calabazas como bolas de cañón y yucas en el aire y pedazos de madera y cuero de vaca y humo y gasolina. La nave fue a parar a un campo de piña y se arrastró por unos 100 pies.

Después de largas horas de desmonte llegaron a la nave y encontraron al piloto aun vociferando, colgado por un pie con el cuerpo lleno de espinas de piña y aceite del motor y pigmentación verde de cuanta vegetación encontró en el descenso. Olía intensamente a vaca, a estiércol de vaca. Lo bañaron en la tina de abrevar los animales, de lejos lo restregaban con una escoba de ramas de palmiche y lo tendieron encima de una mesa como a un mantel y le extrajeron las espinas entre todos como se apartan las impurezas del arroz y aún vociferaba CORTEN, CORTEN, CORTEN, y halaba el pie como si aun accionara el acelerador y extendía los brazos a cuanta cosa se ponía en frente de él y lo giraba como a un timón y hablaba desordenadamente de las variedades de frutas de la finca como un vendedor de paraguas. Envejeció en un día y murió con una coloración verde hasta dentro de la boca y oliendo aún a cuero de vaca. Lo enterraron en el surco que dejó la nave en el campo de piña en una caja que hicieron los hombres recolectando las tablas que se desprendieron de la nave y resaltaban las letras inscritas en las tablas ADA, único remanente que quedó del “Aéreo De La Viajaca” y las parteras, desde entonces, empezaron a nombrar a los recién nacidos que nacieran “como genuinos descendientes del toldero, mirando al cielo”, con nombres como Adán, Adelfa, Adelfo Adelo, Adela, Adrián, Adelina, Adolfo, Ada, Adán, Adonis y Adalberto, mi nombre.

De En el lenguaje lascivo de los perros (Cuentos)

Sobre el autor

Adalberto Ad Guerra

Adalberto Ad Guerra

Adalberto Guerra (Ad.Guerra). Nació en San Antonio de Cabezas, Matanzas, en 1967. Reside en Palm Beach, Florida, desde 1994. Poeta, narrador y periodista. Editor de la revista “La Cohoba Magazine”. Ha publicado "El desierto que canta" (Endowment for Cuban American Studies 1994 - Ant. de Poesía), "Reunión de ausentes" (2001- Ant. de Poesía). Recientes publicaciones: "Cazadores de la sombra del ave" (2009 - Poesía.) y "En el lenguaje lascivo de los perros" (2010- Cuentos).

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