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Denis Fortún habla de sus lecturas

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Denis Fortún habla de sus lecturas

Denis Fortún habla de sus lecturas
octubre 31
17:37 2015

 

Denis Fortún nació en La Habana en 1963. Se ha desempeñado profesionalmente como editor de noticias en sitios de Internet. Ha publicado artículos, poemas y cuentos en diversas revistas de Cuba y el mundo. Parte de su obra ha sido antologada en Cuba y en Estados Unidos. Poemas suyos han sido traducidos al inglés.

En el Diario las Américas ha publicado también reseñas sobre la obra de otros escritores. Crónicas de su autoría, relatos con un toque humorístico sobre la cotidianidad en la isla y en el exilio, aparecen con regularidad en bitácoras de otros autores, portales diversos de Internet, así como en España, en la Revista Hispano—Cubana. En Miami, donde reside, conduce el blog Fernandina de Jagua. Ha publicado los libros Zona desconocida, El libro de los Cocozapatos y Diles que no me devuelvan (Crónicas del Aeropuerto).

Kiko Arocha. ¿Qué libro estás leyendo ahora?

Denis Fortún. Te confieso que hará unos días saqué de mi librero a Maupassant —“El Horla”, para ser más exacto—, después de una etapa en la que estuve leyendo mucho en portugués; sobre todo a Paulo Coelho, luego de que mi mujer me trajese de Brasil una amplia colección de este autor. Y como es un cuaderno pequeño, el de Maupassant, que ya he leído en ocasiones, igual tomé “La conjura de los necios”, de John Kennedy Toole, novela que te aseguro estoy disfrutando considerablemente.

Por cierto, nada que ver con la pregunta, pero lo mismo te lo comento: un sujeto interesante Toole. Un escritor que se creyó frustrado y terminó suicidándose en 1969. Un libro, que finalmente publicó su madre a los 79 años, y que hoy día es considerado un clásico dentro de la gran literatura norteamericana.

KA. ¿Dónde y cuándo acostumbras a leer?

DF. Donde tenga la oportunidad y el tiempo. Por ejemplo, “Erótica”, la novela de Armando Añel, la leí de un tirón una noche de trabajo, en el aeropuerto, en lo que esperaba un vuelo atrasado de American Airlines. Así ha sucedido con otros escritores, como José Abreu y su libro de cuentos “Yo no soy vegetariano” (más conocido entre los amigos como “El arrascapie”). Pero todo depende del formato del libro. Es decir, la cantidad de páginas es un elemento importante a tomar en cuenta. Un mamotreto grueso resulta imposible leerlo de esta manera.

KA. ¿Cómo lees? ¿Subrayas y haces notas en los márgenes?

DF. Gusto de subrayar textos que me parecen interesantes, si el libro no es prestado. Inclusive, los marco para posibles usos cuando escribo. No escapo a la fuerza que sugiere la referencia, por aquello de la apropiación, que te provoca nuevas ideas.

KA. ¿Cuánto lees?

DF. Lo suficiente que me permita el dichoso tiempo. Aunque sea periódicos —que al decir de Apollinaire son buenos para la prosa y no para la poesía—,  y páginas de la Red. Creo que leo todo el tiempo y no me doy cuenta.

KA. ¿Cuál fue el último libro extraordinario que has leído?

DF. El último está por llegar. Pero más que libros extraordinarios, tengo autores que ubico en ese espacio. Sin embargo, por mencionarte una novela que leí en Cuba y por suerte la tuve de nuevo no hace mucho en su versión en portugués: “La guerra del fin del mundo”, de Mario Vargas Llosa.

KA. ¿Cuáles son los libros que han tenido mayor impacto en tu vida?

DF. Definitivamente, cuando tenía once años, “Los conquistadores del fuego”, de J. H. Rosny. Más o menos a la misma edad, “El Hobbit”, de Tolkien, con un excelente prólogo además de Daína Chaviano. Más madurito, “Corazón de perros”, de Bulgakov —sin desmerecer “El Maestro y Margarita”—. Por supuesto, la lista es extensa y las épocas diversas. Cada libro que leo, y me gusta, deja en mí cierta cicatriz favorable.

KA. ¿Lees ficción o realidad? ¿Cuáles son tus géneros favoritos y tus autores favoritos?

DF. Leo todo lo que me parece atrayente. Mi género elegido es la ficción, pero eso no excluye el ensayo, la crónica, la poesía, o cualquier otro donde la prosa o el verso te atrapan y además te deja alguna enseñanza optimista. Autores predilectos, igual tengo una enorme lista. Desde Hemingway; Faulkner;  Zweig; Saramago; Kafka;  Cabrera Infante —Arenas por lo escatológico y paródico—; hasta Dostoievski y el mismo Bulgakov; pasando por amigos cuya literatura disfruto, contemporáneos que por suerte me regalan sus libros, el diapasón es amplio. La de favoritos, en mi caso, es una definición que tiende a aumentar, por lo que reducirla puede llevarme a cometer un olvido imperdonable.

KA. ¿Prefieres reír o llorar cuando lees?

DF. Prefiero reír entre buenos amigos. Llorar solo si viniese el caso. Leer con total desprejuicio. La lectura precisa de complicidad; abrirse y llegar a participar del universo que su autor nos propone. Esos estados emocionales a los que te refieres, pueden aparecer, y de hecho los he sentido. Recuerdo cuando leí “1984” –y en menor medida “Rebelión en La Granja”—. Primero me reía por el paralelo que ofrece Orwell  con la realidad cubana, aunque haya quienes consideren que exagero; inmediatamente después de terminarlo, quedé en un estado de total de desesperanza y concluí con una suerte de depresión delirante, que por suerte duró unas pocas horas.

KA. ¿Prefieres un libro que te entretenga o uno que te enseñe?

DF. Los mejores son lo que cargan con las dos variantes; igual no renuncio al entretenimiento. Pienso que siempre hay una enseñanza por muy festivo que se nos antoje un texto, lo que no se ha de asumir como prejuicio al momento de leer. Lo único que me reprime la lectura de un libro es que, desde el comienzo, no me atrape lo que cuenta o en su defecto me resulte “demasiado barroco”.

KA. ¿Solamente lees libros de editoriales consagradas o te arriesgas a leer libros autopublicados?

DF. Leo de todo, hasta la guía de Bellsouth. No te niego que un sello editorial importante te persuade a leer un libro; se supone que estos “emporios editoriales” no apuestan por un desconocido, a no ser que hablemos de un “monstruo en ciernes”. Pero recién estoy leyendo muchos autores autopublicados, y no sólo de Miami. Y te digo que cuenta con sus ventajas: primero, sus autores, o uno que otro editor, terminan regalándome el cuaderno. Y créeme cuando te digo que me he tropezado con textos muy buenos, que me atrevo a recomendar, sin reducirme a un género específico.

KA. ¿Cómo escoges el próximo libro que leerás? ¿Vagando por las librerías? ¿Leyendo reseñas? ¿Oyendo recomendaciones de los amigos? ¿Atendiendo a las promociones?

DF. Pienso que la receta es todo eso y más. El margen restante queda al amparo del azar. Cualquier forma es válida, siempre y cuando el libro te agarre.

KA. ¿Cómo compras los libros, en las librerías o a través de la Red?

DF. Últimamente compro pocos libros, lo que no quiere decir que no lo haga. Existen otras prioridades a las que les doy un lugar preponderante en mi vida —como la de ser padre con hijos lejos; la renta; la comida; el seguro del carro; y por qué no confesarlo, el whisky, el tabaco y el vino tinto—. Sin embargo, cuando se trata de un título que de veras me interesa, hago de tripas corazón y compro; desde luego, siempre que su precio sea razonable.

En cuanto al sitio para la compra, prefiero las librerías. Nada como esa zona. Se trata de un espacio que carga con una suerte de magia o hechizo que simboliza una confabulación con el autor que todavía la Red no me ofrece. Internet me sigue pareciendo demasiado impersonal en ciertas cosas, la compra de un libro es una de ellas.

KA. ¿Qué títulos para leer están en tu horizonte?

DF. No lo sé. Depende de una buena reseña; de una buena promoción; del azar; del nombre de un autor; o de lo que publique un buen amigo escritor…

KA. ¿Lees libros electrónicos en la pantalla de tu computadora? ¿Compraste un lector de libros electrónico o lo tienes en la mirilla?

DF. Te confieso que leo mucho en mi laptop. Ahora, lo que se dice propiamente un libro, jamás. Un cuaderno para mí representa el incomparable acto que ratifica la letra impresa, el olor a tinta —que ya no se siente lamentablemente— y el ejercicio de doblar sus páginas cuando he de marcar por donde voy.

Y te digo más, aunque no coincido en buena medida con Vargas Llosa cuando acusa “que el soporte sea insensible al contenido”—creo que los escritores escriben hoy día sin pensar en el formato que ha de reproducir su obra, precisamente por la multiplicidad de esos formatos—, y el ilustre peruano culpe  a “la tableta” de una posible banalización de la literatura —como algunos se atreven a jurar que ha sucedido con la televisión—, todavía me mantengo reticente al uso de una especie de persiana digital para leer un libro.

Reitero, nada en contra de la tecnología. Aun cuando conozco las ventajas de un kindle, que las tiene, esa pantalla me distancia. Me dirán conservador, ortodoxo, pero un libro se me figura una suerte de puente, de conexión con el autor, que el lector electrónico todavía no consigue darme.

En cuanto a la compra del “artefacto”, la dejo para cuando lo asuma como algo cotidiano, y que no afecte las prioridades que te mencioné antes.

No me cabe dudas que en un futuro no muy lejano la “electrónica” al servicio y promoción de la literatura será la hechura predominante, o al menos la más barata, lo que decide; los costos son una ecuación de la que no escapa ningún proyecto. El papel se encarece, el mundo se convierte al culto de lo virtual, lo competente, y el libro tal y como lo conocemos hoy puede llegar a ser una rareza digna de museos y coleccionistas.

Cuando Gutenberg inventó la imprenta, el universo de la lectura sufrió una conmoción fuerte; el teclado de una computadora sustituyó a la máquina de escribir. Hoy, tal vez, estemos pasando por un estadío semejante. Sucedió en el cine, con el sonido. En fin, que nos vamos adecuando a lo que la vanguardia marca como pauta, lo que no se traduce necesariamente como la aceptación total de lo que ofrece. Siempre quedan reservas, por lo que, en cuanto al libro se trata, prefiero su viejo formato.

http://alexlib.com/

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Sobre el autor

Kiko Arocha

Kiko Arocha

Modesto Arocha (Kiko). Nació en La Habana en 1937. Ingeniero en Electrónica y doctor en Ciencias Técnicas. Llegó a Estados Unidos en 1995 y decidió reinventarse como traductor y editor de sitios web y de libros, para lo cual fundó la editorial Alexandria Library (www.alexlib.com) en Miami. Es autor del bestseller "Chistes de Cuba", una antología de chistes populares contra el castrismo que recopiló en la Isla.

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