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Denzil Romero y los divinos infundios del absoluto

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Denzil Romero y los divinos infundios del absoluto

Denzil Romero y los divinos infundios del absoluto
Noviembre 22
22:36 2015

 

Al decir de Mario Vargas Llosa, el escritor no es solamente un hábil y mágico ladrón de ideas, sino también un asombroso y divino embustero que con sus mentiras nos proporciona una manera creativa para conocer y sentir mejor el mundo.

Esto siempre me lo recuerda y corrobora la lectura de los cuentos y novelas del narrador venezolano Denzil Romero (1938-1999), a quien conocí en Cuba y con quien compartí actividades literarias en La Habana durante la década de los años 80.

Siempre encontré una sonrisa, un chiste y una ironía en las conversaciones con él. Recuerdo que una vez —con su portentosa memoria— me estuvo ilustrando de un gran número de sonetos satíricos sobre los rasgos, hechos o características burlescas que a modo de identificación caricaturizaban a una buena cantidad no sólo de escritores cubanos, sino también de altos dirigentes de la cúpula gobernante y que “secretamente” corrían de boca en boca (o por “radio bemba”, como se dice en Cuba), en el ocultismo que suele (o solía) usarse en la isla para trascender el orden de lo establecido.

Los libros de Romero siempre remiten al lector a lo insólito y prodigioso de una atmósfera intelectual. En buena medida es una literatura de estilo erudito, pero altamente refrescante y convincente por el sentido del humor espontáneo y de auténtica conducta de belleza artística y filosófica que sus novelas y cuentos recrean con excelencia, y que históricamente ha caracterizado al hombre dedicado a la cultura.

Denzil Romero fue, de hecho,  un hombre obsesionado por la palabra, y lo fue porque amó la diversidad del mundo, las cosas ocultas de la vida y de la historia, y amó la vida misma con un deseo salvaje de vivirla. Sirvan pues, estos breves apuntes sobre uno de sus libros de cuentos para rendir un sensible homenaje a su intensa vida de creador:

Compuesto por siete relatos fantásticos, Infundios (Caracas, Síntesis Dosmil, 1978) es el primer libro publicado por  Denzil Romero, autor de la novela La tragedia del Generalísimo, Premio Casa de las Américas 1983. Su segundo volumen de cuentos, El Invencionero (1982), al igual que el anterior, preludiaba ya las excelencias de un novelista con sobria apariencia de abogado, que en lo personal nos sorprendía con un carácter jubiloso y afable; una personalidad que desde su infancia hasta la madurez se había venido forjando por el amor al estudio, la aventura, su desbordante pasión por la vida y una férrea disciplina de trabajo.

Si La tragedia… descubrió las posibilidades imaginativas del autor para transcribir la trayectoria histórica del general Francisco de Miranda a las más inusitadas efervescencias de una realidad barroca y alucinante, no es menos cierto que su sentido del lenguaje como posibilidad de abarcar el cosmos y de lo fantástico como la otra dimensión de lo real estaba proyectado ya desde su libro Infundios.

En las narraciones de este libro el nivel fantástico se sustenta por la utilización de un lenguaje erudito, en el que las imágenes adquieren valor consustancial debido a la riqueza del léxico, aunque también la fantasía se siente apoyada por una singular imaginación a la hora de establecer el argumento de las variadas historias. No obstante, el contenido de la palabra y su belleza (como diría un lingüista: el significado y su significante) son esencia creadora de estos “infundios”. Pero asimismo, el tiempo, el espacio y el humor resultan coordenadas gnoseológicas que Romero renueva constantemente, como el río de Heráclito, haciendo del lenguaje un fenómeno altamente connotativo, como verdadero hacedor de una atmósfera estética.

En la mayoría de los relatos (“La saga de Juan de Grosseteste”, “No todos los diablos están en el otro mundo”, “Eutrapelia”, “El día de los dosmil y tantos años” y “La entrevista”) hay un interés por la omnisciencia —tal como se presenta en su novela “Entrego los demonios”— que refleja la pretensión por llegar al divino súmmum del conocimiento. Pero a un conocimiento como estímulo en la vida de los personajes; o sea, como un modo de vivir. Así, los protagonistas recorren un sinnúmero de experiencias, adversas o felices, pero todas trasvasadas por la orgía de la palabra: son voces que representan una misma manera de sentir el mundo en su unidad y diversidad. En estas voces el sarcasmo y la ironía componen, a todas luces, un culto sentido del humor que, en su jubileo, se manifiesta como una de las líneas características de la mejor narrativa latinoamericana de nuestros tiempos.

Vemos así la erudición al igual que un regodeo lúdico que impone un afán totalizador, cósmico, y que en los casos de “La saga…”, “No todos los diablos…” y “Eutrapelia” arremete con mordacidad y chanza contra el antiguo dogma eclesiástico. Quizás, este aspecto de la sátira permita entender —después de un análisis más profundo— esa intención del autor por desarrollar con fuerza el esoterismo y las ideas masónicas en el Miranda de La tragedia del Generalísimo.

Otros dos cuentos son “El hombre contra el hombre” y “Soliloquio de la momia”, cuyos temas corresponden a las guerras civiles entre federales y conservadores y al poder corrompido de algunos caudillos latinoamericanos. Son relatos inmersos dentro del contexto histórico de Venezuela. Aunque ambos se apartan de la línea temática anterior corresponden a la misma unidad de discurso, en el cual lo fantástico sostiene su alto nivel gracias a la festividad dionisiaca del lenguaje. La realidad se hace entonces un telón de fondo para que la palabra se reafirme y logre una revitalización estética de los hechos históricos.

En Infundios las ideas del autor, mediante el sentido artístico de la palabra, confluyen siempre en un punto focal que es “lo absoluto” (o también, el logos, pero en el sentido de palabra como “razón infinita”), trasmitiendo la inagotable sed de conocimientos que tiene el hombre. A lo largo de sus páginas encontramos una infinidad de elementos de la cultura universal que van conformando un ambiente inverosímil, de extraordinaria fabulación, que rompe los límites de la geografía y el tiempo, y se apropia de la historia como el derecho que tiene el hombre de universalizar su propia aventura.

——————————–

Denzil Romero. Narrador venezolano nacido en Aragua de Barcelona (Anzoátegui), en 1938. Es considerado uno de los más destacados escritores de novela histórica en el marco de la literatura venezolana. Entre sus novelas, merecen ser citadas “La tragedia del generalísimo” (1983), situada en el momento de las guerras napoleónicas y cuyo personaje central es Francisco de Miranda; “Entrego los demonios” (1985); “Gran Tour” (1986) y “La esposa del Dr. Thorne” (1987), libro que al año siguiente le dio el premio de narrativa erótica La Sonrisa Vertical. Romero inició su carrera literaria como escritor de cuentos. Publicó “Infundios” en 1978 y “El invencionero” en 1982. Recibió en 1983 el Premio Casa de las Américas. Falleció en 1999.

Sobre el autor

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías, escritor, investigador literario y periodista cubano, ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1992, y en el año 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, “Retablo de la fábula” (poesía), “Valoración múltiple sobre Andrés Bello” (investigación), “El jaguar es un sueño de ámbar” (cuentos), “Marja y el ojo del Hacedor” (novela) y “La noche del Gran Godo” (cuentos). Reside en California.

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