La culpa la tiene el fanatismo imberbe que confunde al futbolista con el monje y ha pretendido vendernos durante todos estos años una imagen idílica, inmaculada, sobrenatural del Messi individuo que, como no podía ser de otra manera, no se corresponde con la realidad. Y es que nadie es perfecto. ¿Quién tira la primera piedra?
Rebobinemos. Messi perdiendo los estribos en el Bernabéu (partido de 2011) y golpeando el balón rabiosamente contra el público, recriminado luego por Pepe. ¿Ya se nos olvidó? Rebobinemos. Messi fuera de sus casillas, regañando como un maestro de primaria (partido de 2012) a su compañero de equipo David Villa, a la vista del estadio repleto, por no pasarle la pelota. ¿Ya se nos olvidó? Nos han querido vender una imagen falsa de un deportista que, como todos, es de carne y hueso y comete errores, pierde la paciencia, enfurece, se pelea. Ya basta de endiosar a quien, a nivel humano, no es más que un muchacho, como tantos otros.
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