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¿Desaparecerá el editor?

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¿Desaparecerá el editor?

Idabell Rosales y Mayra Hernández durante el panel editorial del V Festival Vista en Miami

¿Desaparecerá el editor?
diciembre 09
00:23 2016

 

¿Está llegando a su fin la vida socialmente activa del editor? Quizás algunos o muchos de ustedes estén pensando que la respuesta pudiera ser afirmativa. Claro, con los tiempos que corren, y en particular con el desarrollo casi frenético de los avances tecnológicos, se facilita el vínculo entre el autor y la imprenta. Digamos entonces que la labor del editor hasta cierto punto se ha minimizado.

Sin embargo, habría que darse una vuelta por las bibliotecas de Miami para comprobar cómo se quejan algunos técnicos bibliotecarios de los errores y las erratas que se aprecian en algunos libros que llenan sus estantes. A veces sucede que un autor prefiere no poner en manos de un editor su original digitalizado, porque piensa, equivocadamente, que la pretensión del editor es convertirse en    coautor. Nada más alejado de la realidad.

Al concluir su obra (en prosa o poesía), el autor piensa que ha logrado su cometido satisfactoriamente. Algunos le dan una re-lectura para corroborar su conformidad con el contenido, sin tener en cuenta la forma. Otros, la dejan «refrescar» por un tiempo, y luego la releen con el mismo propósito. No obstante, ya ese autor está tan compenetrado con su texto que puede leer en una página una palabra o frase mal escrita y no la detecta.

Los viejos editores, que debieron enfrentarse a la lectura de una obra en varios procesos (original, galeradas, primeras y segundas pruebas de planas y arte final, como sucedía antes de la llegada de tales avances tecnológicos) decían que un editor debe tener «los ojos adiestrados» para ver más allá del autor.

Esos inconscientes «descuidos» de algunos autores son los que deben ser detectados por los editores. Por lo tanto, esa es la labor del editor: colaborar con los autores proponiéndoles sugerencias, cambios, «puliéndoles» (no cambiándoles) el estilo, corrigiendo errores o erratas (que no son exactamente lo mismo: error es el mal uso de un gerundio, la repetición de palabras en un mismo párrafo o en párrafos seguidos, faltas de concordancia, palabras mal escritas, falta de uniformidad desde el punto de vista de las reglas ortográficas o en el uso de las negritas, comillas y cursivas, entre otros aspectos, mientras que una errata se introduce en el proceso tipográfico de la imprenta, o sea, la ausencia o presencia de una letra incorrecta, la repetición de sílabas al final de línea (cuando ya la obra está en su fase final)…

¿A quién perjudica que un libro salga de imprenta plagado de faltas de ortografía, incoherencias gramaticales y redundancias? En primer lugar, al autor y, después, al posible lector, quien notará esas «fallas» que dificultan la lectura, lo que puede llevarlo, quizás, a abandonarla. De ahí que sea aconsejable la presencia del editor como intermediario entre autor e imprenta, pues, como dije antes, el autor está apegado a su obra y, por tal motivo, no «ve» lo que el editor sí alcanza a distinguir.

Por poner un solo ejemplo, hace un tiempo, consultando un libro justamente sobre el papel del editor, me tropecé con uno de esos errores que a menudo vemos. Decía: «Esto da más “poderˮ al autor, que va a “poderˮ decidir en qué medida requiere la participación de un editor». En dos líneas se utilizó poder como sustantivo y como verbo en infinitivo. Ese es uno de los descuidos a los que antes me referí. Con un sencillo cambio, en alguno de los dos momentos, se hubiera solucionado.

Esto es aplicable lo mismo al texto en prosa como en poesía. Si el editor nota que un verso malo o deficiente puede ser sustituido por otro, es su deber sugerírselo al autor; si no lo acepta, es su derecho, pero un lector conocedor siempre se dará cuenta de ese detalle.

Hay autores que no admiten sugerencias. En estos casos, al editor le corresponde asumir su profesionalidad, su ética, y emplear argumentos sólidos que demuestren el o los errores detectados. Es el editor el que debe llevar al autor al convencimiento de su error, sin imposiciones, teniendo en cuenta siempre que el editor no es el autor, pero recordando que cuando el libro sale de imprenta, en la página 4 (dedicada a los créditos) estará su nombre, y por eso debe velar por la calidad de su trabajo.

Es de destacar que en Colombia, los estudiantes de Comunicación Social de la Pontificia Universidad Javeriana tienen en su programa un espacio para hacer énfasis en la producción editorial, mientras que la Universidad Autónoma posee un perfil profesional en edición. Por su parte, en la Argentina de 1991 fue creada la carrera de Edición en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. En otros pocos países de Latinoamérica se realizan maestrías y posgrados en diversos aspectos del quehacer editorial.

En Cuba se han dado también algunos cursos de posgrado en torno a este ámbito, pero fundamentalmente, sin formar parte de una carrera específica, y por lo regular son los mismos editores en funciones los que se interesan por recibir esos conocimientos que, a su vez, son transmitidos por otros editores de más experiencia. No obstante, los que empezamos en estas lides en los sesenta y setenta del pasado siglo no aprendimos el trabajo en ninguna universidad, sino en su día a día, frente a un original. Y hay que decirlo: al editor debe gustarle mucho su labor porque cuando el libro está en las manos del lector, este solo reconoce el nombre del autor, mientras que el editor queda en el espacio ignorado y olvidado.

Un editor debe dominar con todo rigor las reglas ortográficas, el uso de adjetivos, sustantivos, adverbios y verbos, y tener a su alcance un buen diccionario por si se enfrenta a una palabra de poco uso. Hoy en día se ha facilitado esa labor, porque cualquier duda se puede solucionar a través de ese poderoso amigo que es internet, por el que puede consultar infinidad de diccionarios. Un libro, como objeto de arte, puede tener un gran valor por la belleza de su presentación, su ilustración de cubierta, e incluso por su encuadernación, pero si su contenido está plagado de errores gramaticales o erratas tipográficas, el lector puede incluso perder el interés y, como antes dije, dejarlo a un lado.

Claro, siempre se dice que no hay un libro perfecto, y es lógico. Pero a veces sí sucede. No obstante, de ser así, el mérito lo tendría el autor. Ahora bien, «si se le va» aunque sea una sola errata, pobre del editor, sobre él o ella caerá una inmerecida diatriba, sin tener en cuenta que a veces, por estar inmerso en solucionar un problema para mejorar la obra, se puede no detectar esa errata. El editor es un ser humano y, por ello, su desempeño no es infalible; sin embargo, a veces se logra. Digamos que son ocasiones como las que acontecen en un juego de pelota, cuando un pitcher hace un juego sin hits ni carreras, y lo consideran un juego perfecto, con la diferencia de que el pitcher será reconocido al final, mientras que el editor seguirá ignorado y olvidado.

El quid del trabajo del editor es formar un equipo bien llevado con el autor. En mis cuatro décadas de experiencia en este oficio o profesión, tuve que compartir con escritores de todas las categorías: desde Premios Nacionales de Literatura hasta jóvenes que publicaban por primera vez. Y les aseguro que jamás tuve una confrontación con ninguno, porque primó el respeto mutuo. Nunca intenté imponer mi criterio, y puse por delante la ética profesional.

Por eso, a pesar de todos los adelantos tecnológicos que han logrado facilitar la relación autor-imprenta, todavía algunos prefieren no prescindir de la labor del editor, porque saben que en ese diálogo autor-editor, la ganadora será la obra terminada, sea un poemario, un libro de cuentos, una novela o un ensayo. En otras palabras, en ese equipo de trabajo radica el futuro de su libro.

Entonces, les pregunto: ¿desaparecerá el editor?

Texto leído durante el panel “Editoriales de Miami”, coordinado por Rebeca Ulloa en el V Festival Vista.
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Sobre el autor

Mayra Hernández Menéndez

Mayra Hernández Menéndez

Mayra Hernández Menéndez (La Habana, 1950) es licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas. Escritora, editora, investigadora y ensayista, ha publicado, entre otros libros, 'La poética de Rafaela Chacón Nardi (Premio "Pinos Nuevos", 1996), 'Recado para Jonás. Sobre el discurso femenino en la décima para niños en Cuba' (Premio "La Edad de Oro", 1998) y 'Hombres necios que acusáis... Estudio sobre el discurso femenino en la décima en Cuba' (Premio "Razón de Ser", 1999). Actualmente reside en Miami.

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1 comentario

  1. Mayda Anias
    Mayda Anias diciembre 16, 05:09

    Comparto la opinión de Mayra Hernández y doy fe de su rigor profesional. Solía mirar los créditos de los libros que compraba en Cuba: si estaban editador por Mayra, eran garantía de calidad.

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