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Disección de una nariz

Disección de una nariz

Disección de una nariz
enero 23
02:01 2014

Uno de los poemas más representativos de la poesía barroca conceptista, en la obra de Francisco de Quevedo y Villegas, es el soneto, de corte satírico, A una nariz. Sin duda, el conceptismo en esta pieza es llevado a su más alto grado de distorsión por medio de un lenguaje que toca los goznes de lo mordaz y caricaturesco. La nariz se convierte en espejo  de la visión rebelde e inconforme del autor con respecto a su ámbito social, el cual consideraba una gran farsa. Este soneto también nos da testimonio de la audacia literaria de Quevedo, tal como podemos leer:

A una nariz

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.

Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.

Estos endecasílabos confirman el talante conceptista de Quevedo y su singularísima forma de plasmarlo. El poeta parte de la nariz como símbolo y, en torno a ella, deja que fluya su torrente estilístico –pletórico en metáforas– de una manera aparentemente desordenada e inconexa como velo tras el cual yacen significados o expresiones conceptistas. La nariz es asidero para la creación de una atmósfera poética que alcanza la deformación o exageración que autoriza la hipérbole, la cual Quevedo emplea para ridiculizar la realidad. Cada verso constituye una unidad independiente que gira alrededor de su eje: la nariz.

Desde el primer verso, la nariz se presenta como símbolo negativo, monstruoso. De ahí que el poeta aluda al hombre pegado a la nariz como si ésta fuera un órgano prescindible por su carácter malsano: la nariz es más grande que el hombre, superlativa. Luego, en el tercer verso, nos dice: “Erase una nariz sayón y escriba”. Aquí la monstruosidad puede ser letrada al remitirnos a un verso de un soneto escrito contra Góngora: “Tiene de sayón su valentía”. Enseguida, en el cuarto verso, consigna: “el peje espada es muy barbado”. Este verso tiene dos vías interpretativas apelando al equívoco. El peje puede ser un hombre de nariz superlativa o un pez espada de grandes aletas o barbas; en efecto, una nariz por cuyos orificios brotan los pelos. El binomio pez-hombre queda emparentado por la nariz y su componente alegórico. Otra analogía hombre-animal aparece en el séptimo verso: “Erase un elefante boca arriba”. Ahora el hombre es comparado con un elefante por tener la nariz tan grande como una trompa, es decir, la nariz es un apéndice animal, o monstruoso, adherido al ser humano. En la estrofa final podemos leer: “Erase un naricísimo infinito/ muchísimo nariz, nariz tan fiera/ que en la cara de Anás fuera delito”. Otra vez Quevedo tensa su arco hiperbólico para aludir a la nariz como un mal interminable, tan fiero como un animal en el rostro de Anás, nombre judío cuya etimología significa “sin nariz”. Este elemento antitético denota el sentido negativo de la nariz como apéndice maligno, a tal punto que en el rostro de un chato se convierte en un delito.

Al hacer esta breve disección del soneto A una nariz, podemos constatar la complejidad conceptista de Quevedo. El rechaza el culteranismo de Góngora porque en éste predomina el ornamento suntuoso y la verbosidad sonora, con una acentuada búsqueda de perfección y belleza formal; pero esa aversión no lo lleva a caer en la escritura llana que podría hacer de un poema, como el que hemos analizado, un discurso simplista y ramplón. Para ello se vale de una serie de recursos estilísticos que lo distancian de la pobreza expresiva de algunos poetas de extirpe conceptista. En la obra del poeta madrileño contenido y forma constituyen una unidad indisoluble de su pensamiento –muy arraigado al ideal moralista de su tiempo–, pero el mismo queda a salvo de los rostros de la temporalidad gracias a la riqueza de su instrumental estético. El barroquismo conceptista de Quevedo, como hemos visto en el soneto A una nariz, es un contraste de luz y sombra, de fuego y nieve. Por eso, en su más acendrada tendencia satírica –descarnada y procaz–, nos aguarda un Quevedo sediento de justicia y de virtud.

Sobre el autor

Joaquín Gálvez

Joaquín Gálvez

Joaquín Gálvez (La Habana, 1965). Poeta, ensayista y periodista. Se licenció en Humanidades en la Universidad Barry y obtuvo una Maestría en Bibliotecología y Ciencias de la Información en la Universidad del Sur de la Florida. Ha publicado los poemarios "Alguien canta en la resaca", "El viaje de los elegidos", "Trilogía del paria" y "Hábitat", este último con Neo Club Ediciones. Coordina el blog y la tertulia La Otra Esquina de las Palabras. Reside en los Estados Unidos desde 1989.

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1 comentario

  1. Lieia
    Lieia enero 28, 12:41

    Quevedo era un hacha! No creia en nadie el poeta, gracias por recordarlo con este luminoso ensayo…

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