Neo Club Press Miami FL

Domingo ardiente

Domingo ardiente

Domingo ardiente
abril 14
14:41 2014

I

Una bandada de buitres se acerca lentamente a la pista del aeropuerto. Su vuelo es acompasado y a baja altura.

La luz del sol se proyecta con una intensidad fuera de lo común. Desde principios de año vienen anunciado una ola de calor para la última etapa del verano.

Este domingo empezamos a padecer las secuelas de un evento meteorológico que esta vez durará entre dos y cuatro semanas, según informan los especialistas.

Al mediodía, las irradiaciones del sol son como latigazos de un mayoral enfurecido. Por la radio alertan sobre las altas posibilidades de deshidratación. En todos los boletines de noticias, tanto en la radio como en la televisión, se recalca la necesidad de ir acompañado de un recipiente con agua para evitar la deshidratación.

Los cuarenta grados centígrados que declaran los meteorólogos se quedan muy por debajo de la realidad.

La piel de los transeúntes hierve como si estuviera junto al fuego. Todos sudamos copiosamente. Las zonas de sombras son más disputadas que los números de la lotería.

El aire de los ventiladores pierde su utilidad ante los lengüetazos amarillos que desde la antesala del firmamento proyectan su incandescencia en cada palmo del país. El movimiento de las aspas solo refresca momentáneamente. En segundos, el calor vuelve a imponer su reinado.

Con discreción, un hombre de edad mediana pregona la venta de agua en una esquina. Una de sus manos sostiene la bolsa de nylon con los pomos semicongelados. De la otra surge una hilera de pequeños vasos blancos de cartón que conforman un cilindro de unos cincuenta centímetros.

Muy pronto crece el número de vendedores ilegales. Su producto es el más codiciado en medio de las circunstancias impuestas por la naturaleza.

Desde la cafetería El Gallo, llegan las evidencias de un altercado que concluye con la retirada del hombre sediento profiriendo insultos contra el dependiente que se niega a darle un poco de agua.

El aludido justifica su negativa en voz alta con argumentos que no convencen. Las personas presentes en el lugar del hecho, le dan la razón al que consideran víctima de un exceso de egoísmo.

A lo lejos, el grupo de aves mantiene la misma dirección. Ahora vuelan formando un triángulo equilátero que parece esbozado por las hábiles manos de un dibujante.

 

II

―Ya se siente la atmósfera cargada. Mañana el sol nos va a cocinar a fuego lento ―indica Eduardo tras expulsar de su boca una densa voluta de humo. Lo que queda del cigarro está a punto de apagarse entre sus dedos.

―Bota la colilla que te vas a quemar ―le advierte Marcelo. Eduardo obedece al instante.

―También estaba pensando en eso. Lo que se nos avecina no es cualquier cosa. Por suerte no estaremos en el país por unos cuantos días. A propósito, ¿tú crees que aprueben el aumento salarial? ―desde hace tres años están con esa historia y la situación se mantiene igual.

―No seas pesimista. Yo tengo la impresión de que ahora sí hay posibilidades. El nuevo secretario general del sindicato tiene unas agallas del carajo. Además, el tipo sabe plantear las cosas. Tiene carisma, ¿no es verdad?

Marcelo no responde. Bebe un sorbo de jugo de naranja, mientras concentra toda su atención en las piernas de una muchacha que en ese momento camina del otro lado del cristal que sirve de línea fronteriza entre el restaurant y la calle Galiano.

―Oye, despierta. Eso es mucho para ti ―le dice Eduardo tocándolo levemente por el hombro y soltando una efímera carcajada.

―Te noto un poco deprimido. Tienes que cambiar de actitud. La vida es demasiado corta para…

―Tú sabes que sigo enamorado de María Elena, pero ella no quiere reconciliarse. Perdí la cuenta de las veces que le prometí cambiar. Para colmo ya tiene otro compromiso y parece que es feliz.

―No te lamentes por eso. Entierra el pasado. Déjate de tanta bobería y levanta el ánimo ―manifiesta Eduardo golpeando la mesa con los nudillos.

―¿Qué vas a hacer por la noche?

―No sé ―contesta Marcelo.

―No quiero acostarme tarde. Acuérdate que mañana salimos de viaje ―añade mientras lanza un ligero bostezo

―Podríamos vernos en la Zorra y el Cuervo. Hoy estarán Bobby Carcacés y William Roblejo, un violinista que está sentando un precedente en el latin jazz. ¿Te decides? ―inquiere Eduardo.

Marcelo frunce el ceño.

―Te llamo a medianoche para decirte ―responde en medio de otro bostezo y con la vista dirigida al reloj pulsera.

En su mente bulle el deseo de encontrarse con sus dos últimos hijos, Aron y Richard, de dos y tres años respectivamente. Le comunica sus pretensiones a Eduardo. Quiere verlos antes de partir. Hace quince días que no sabe de ellos.

Han transcurrido siete meses de la separación con la madre de los muchachos. Una atractiva mujer que no sobrepasa las cuatro décadas de vida.

Su nombre de flor resume los encantos físicos que provocan el asedio de los hombres por medio de encendidos piropos o miradas tan intensas como el calor que en pocas horas se instalará en la Isla.  Orquídea lo odia por sus infidelidades. No quiere saber del hombre que asegura le tronchó su futuro.

La tarde del sábado es fresca y apacible.

 

III

A las cuatro de la tarde del domingo la pista reverbera como un horno. Tenues humaredas emergen del pavimento.

El avión próximo a despegar es invisible a cierta distancia. Los pasajeros se entretienen observando por las ventanillas la dispersión de los vapores que el sol arranca de la superficie asfaltada.

―Nunca se había visto algo así. Nevadas en África y olas de calor en Europa, alega Marcelo sin quitar la vista de las llamas que flamean cerca de la arboleda situada a unos trescientos metros de la terminal aérea. A lo lejos se visualiza el ajetreo de los bomberos alrededor del fuego.

―¿Pudiste ver a los niños? ―pregunta Eduardo interrumpiendo un  torpe ademán para levantarse de su asiento.

―Nada de eso. La madre se los llevó para la casa de un pariente que vive en un pueblito que no recuerdo ni el nombre. No regresan hasta el lunes o el martes.

―Te perdiste la descarga de anoche. Fue un desfile de estrellas. Aparte de Bobby y Roblejo, estuvieron Chucho Valdés, su hermana María Caridad y un saxofonista recién egresado de la escuela de música que puede competir con cualquiera de los consagrados en igualdad de condiciones.

―Quería ver a los muchachos y… ni una cosa ni la otra. De todas formas preferí acostarme temprano. La noche anterior no había podido dormir bien.

―Dentro de quince minutos debemos estar en el aire ―enfatiza Marcelo y lanza una ojeada a través del cristal en dirección a las llamaradas que se extinguen entre el agua disparada desde las mangueras.

Afuera el calor se intensifica. Pascual González está detrás de un montículo de hierba de tres metros de alto. El avión se balancea en sus pupilas. La oscilación del Airbus es parte de la ilusión óptica que se produce a causa de la abusiva descarga térmica.

Se despoja de la camisa. Parece sacada del mar. La tela gotea hacia la vegetación, que va tomando un color mustio debido al sobrecalentamiento.

La aeronave hace un giro de ciento ochenta grados y se dirige al extremo de la pista. Los motores emiten un ruido descomunal.

Marcelo hace una señal con el puño cerrado y el dedo pulgar apuntando hacia arriba. Eduardo le dirige una mirada de soslayo y le devuelve el gesto. Ambos intercambian una sonrisa cómplice.

 

IV

―Al fin volando ―le notifica Marcelo a su amigo.

―Fue un despegue perfecto ―advierte Eduardo, mientras dirige una fugaz mirada al panel de control.

―Al fin lejos de la hoguera ―agrega con un tono irónico.

―El mundo está patas arriba. Terremotos, olas de calor, tsunamis, huracanes, hambre, enfermedades. El hombre ha roto el equilibrio ecológico y creo que hemos llegado a un punto de no retorno ―comenta Marcelo.

―¡Mira! ―el índice de Eduardo apunta hacia el flanco derecho como el cañón de un fusil listo para disparar. Su rostro denota una preocupación que en segundos se transforma en pánico.

Marcelo trata de ascender con una rápida maniobra, pero falla.

―¡Inténtalo otra vez! ―le indica Eduardo desde su condición de copiloto.

―No hay tiempo ―le grita Marcelo con las manos temblorosas puestas sobre el timón.

La compacta alineación de aves se deshace con el golpe. El triángulo que formaban se fragmenta en mil pedazos y el avión se estremece. Todos los pasajeros salen disparados de sus asientos.

Varios buitres entran por el hueco de las turbinas y tiñen de sangre el fuselaje.

Un amasijo de tripas y plumas se precipita sobre el majestuoso bosque de pinos.

Pascual González sospecha que algo no anda bien. La brusquedad de las sacudidas aumenta su incertidumbre. Le falta el aire y los mareos le provocan las primeras náuseas.

Se pregunta si llegará vivo a Vancouver en el momento que las compuertas del tren de aterrizaje se abren de par en par.

Sus manos quedan aferradas al tubo metálico que sujeta las ruedas. El cuerpo cuelga en el vacío.

Aún no decide si mantener el agarre o lanzarse sobre la espesura.

Sobre el autor

Jorge Olivera Castillo

Jorge Olivera Castillo

Jorge Olivera Castillo (La Habana, 1961). Periodista, editor y escritor. Premio Nacional de Literatura Independiente de Cuba. Entre otros, tiene publicados los libros “Confesiones antes del crepúsculo” (2005), “En cuerpo y alma” (2008), “Cenizas alumbradas” (2010), “Sobrevivir en la boca del lobo” (2012), “Tatuajes en la memoria” (2014) y “Antes que amanezca y otros relatos” (2010). Fue condenado a 18 años de cárcel en la "Causa de los 75" por ejercer el periodismo independiente. Actualmente se encuentra bajo "Licencia Extrapenal" por motivos de salud. Obtuvo una beca en la Universidad de Harvard en el 2009, a propuesta del English PEN, pero el castrismo impidió que asistiera.

Artículos relacionados

0 Comentario

No hay comentarios

No hay comentarios, escribe el tuyo

Escribe un comentario

Escriba un comentario

Video destacado:

Letras Online

LA REVISTA INTERACTIVA DE NEO CLUB PRESS
  Jorge Olivera Castillo

Pan (de yeso) y circo

Jorge Olivera Castillo

                El circo no es el pasatiempo donde lavamos las llagas del hambre con sonrisas espontáneas y puras. Tampoco es el lugar para

0 comentario Leer más
  Juan Carlos Recio

Para desalmar un cadáver

Juan Carlos Recio

                Si no estás dispuesto a perdonar y todo lo que das es sombras cómo pudieras ser el amado cómo irías hasta el

0 comentario Leer más
  Luis Jiménez Hernández

En primera persona

Luis Jiménez Hernández

                no escribo versos en primera persona, ser decadentes es un oficio cruel como el de jugar a ser Dios. Pero hoy escribiré

1 comentario Leer más

Festival Vista Miami