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Domino Effect

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septiembre 15
02:29 2014

 

Desde que la noticia es “mercado”, la verdad dejó de interesar. Y los procesos de profundización en cualquier cosa resultan demasiado engorrosos, demasiado caros y sobre todo peligrosos. En peligro de parecer tediosos, de no ser fashions, de no ser competitivos, de ser excluidos de lo que se entiende como “interés general”.

Ya ningún periodista se porta en los hechos. Por ejemplo, copia sus notas de Google o de ciertas redes que están ahí precisamente para que sea así. Para contribuir a los procesos de anatema y homologación general. Ajeno a la sustancia real del hecho –un cuerpo sin sombra. Una (in)materialidad “continente”.

Pensar –digamos por simplificar– sea como sea y se haga lo que se haga, es un riesgo, un sacrificio, una proeza. Todo está preparado, concebido y articulado como una celada para que eso no se produzca.

La frase cartesiana de filósofo egocéntrico de “pienso luego existo” se jubila por un existo sólo en la medida que soy pensado, narrado, tenido en cuenta, visto, legitimado. Y para ello se exige cumplir el rol del mercado taylorista y poscivilizatorio. La “Mimesis” que argumentaba Aristóteles. “La esclavitud como derecho natural”.

Los contextos políticos como otra creencia más entre innumerables instrumentalidades y “tecnologías del yo” (Foucault), son aparatos productores, industrias de la verdad y hay que tener mucho cuidado con eso.

De la “historiografía” se ha pasado a la “imagología”. Un estado PANÓPTICO de externalización de las cosas… Caracterología de su cáscara exterior sin nada dentro. O más bien con la nada dentro… ¡Pura Danza de la entropía y el cinismo!

Cuando para ser hay que abrirse paso en la herida y transitar la sangre y el vaho a morgue y su alzamiento de la escena del crimen. Un crimen contra la realidad cuya crónica de la muerte anunciada hoy vive en “el simulacro” virtual (Baudrillard) su penúltima –dígase póstuma o postrera—“cordialidad” –entiéndase siniestralidad.

Desmontarlo es responsabilidad de todos. Decía Sergio Pitol en su “arte de la fuga” que el creador, el artista o el interventor del lenguaje debería convertirse en un desinformador permanente, suministrando perennes dudas como alteridad a cualquier construcción monolítica de la supuesta verdad (canónica, según los postulados estoicos). Un deliberado desestabilizador del homologado texto-cultura. Un terrorista intelectual. Un subversivo en el campo de lo social y el ámbito colonialista de la antropología comparada, que reverencia un solo centro y que por ende excluye al resto. El dilema entre el allá y el aquí, platonismo o experiencia, revolución o conservación, retrógrado o liberal.

Sin saber que ambos concurren simultáneamente.

Luz inexorablemente ligada a su sombra.

Por eso el Zen invita a mirar en lo no representado, en lo no dicho, en lo no visto, yendo a la raíz donde hallas el sentido. Y un mismo Nietzsche vocaciona su intento de estar “más allá del bien y del mal”. Donde los argumentos saludable y afortunadamente carecen de sentido.

Sobre el autor

Adrián Morales

Adrián Morales

Adrián Morales Rodríguez es Doctor en Estética por la Universidad de la Sorbona, Paris. Artista visual, músico, compositor y multinstrumentista. Discípulo del padre de la Deconstrucción Jaques Derrida. Entre sus textos obran: “Trastornos. De lo Antropofágico a lo Antropoémico. Power Food LEXIcom” Edt: Artium, Vitoria Gasteiz, 2008. “Sobre Dalí o la Metástasis del Inconsciente”, Edt: Fundación Joan Abelló, Barcelona, 2005. “HisPánico, I, II y III”, Edt: NomadART Productions, Barcelona, 2001 o “Genética Control y Sociedades en Descomposición”, Edt: Atópics, Paris, 1995. Vive y trabaja entre Europa y Estados Unidos.

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