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Donde crece el vacío (I)

Donde crece el vacío (I)

Donde crece el vacío (I)
julio 20
13:31 2014

Dicen que Homero no era ciego, sino rehén, pero al fin y al cabo es lo mismo. Este poeta griego no sólo cantó sobre la descendencia y el origen de dioses y mortales, sino también del erotismo encarnado en la guerra y la épica en mujer, sobre furias y viajes, que en definitiva es la vida a través de la istoria, escrita sin hache por el viejo de Halicarnaso, nueve libros de acciones humanas, esta vez, sin la voluntad de los dioses y con la soberbia de cualquier especulador. El Génesis es una enumeración continua en la descendencia mesiánica que aparenta ser una lectura cansada, sin duda la acción del verbo está en el pasado, en la sucesión del pensamiento, en la historia que se repite, con otro énfasis y otra palabra. La Ilíada y el Génesis son libros que a pesar de sus contradicciones de una generación a otra (¡Ah! Nietzsche, devuélveme ese Olvido para seguir adelante) advierten, nos divierten o interpretamos el origen, la descendencia o la familia, matrimonio o poligamia, linaje, consanguíneos, convivencia y/o conveniencia, sobrevivencia, incestos, adulterios, violaciones, alianzas, ajetreo social, la fiebre del oro y la historia del odio, barcos bajo el mar, el éxodo y la muerte exótica, es decir, morir lejos. Semántica de la sangre, guerra de los altares, mesías, hidrocarburos y razas. Del templario, el Arquitecto y el aliento alcohólico. De conejos de Indias y un Diablo pagando nuestras culpas. El Diablo es el preso de conciencia más antiguo del mundo. La familia nos hace escribir estas cosas. De lo que encierra. Razones de fe. La envidia, el amor oblicuo, la transgénica religión, la política abrupta, el dinero inexorable. O cualquier loco advertir que la familia nació por miedo a la soledad, por ese arraigo misterioso (crianza sin memoria). ¿Acaso reproducirnos y luego morir? Nada nos puede sorprender. Ni siquiera el origen cada vez más ajeno adentro acéfalo. Sin otro contexto.

―¿No se te olvida escribir sobre el contexto? ―me preguntó Clarita.

―¿Cuál contexto? ―le dije abrumado con otra pregunta.

―El histórico. ¿Cuál otro pudiera acecharnos más? ―dijo como si supiera la respuesta.

―Cuando el contexto no cambia ni en cincuenta años: ¿De qué sirve entonces? Es mejor apuntalar el asunto de la historia. Sabíamos que en su majomía traspasaría los cincuenta y más. Ni el flash forward cambiaría el futuro. Léete 1984 de Orwell, donde el sentido inamovible, más que medieval es sagaz (los jefes de Isla Tabú ni se crean ni se destruyen, sólo se trasladan de puesto), una ficción asaltando la realidad. Caminar sobre las aguas de una sátira, donde el palco también puede hundirse con el aplauso. Cualquier cosa puede pasar donde el contexto no cambia.

Fragmento de la novela de Ernesto Olivera “Donde crece el vacío”, de próxima aparición por Neo Club Ediciones.

En la Isla no pasa nada, ni los viejos framboyanes en los parques, las máquinas de alquiler en La fraternidad son las mismas, el mismo discurso en la Plaza rancia, en las guaguas. La nostalgia rellena la vida del container. La nostalgia es la fractura. La más íntima de las leyes es la herejía en silencio. Todos sabemos lo que sigue pasando y no decimos nada. Ese es el contexto. Cayendo brutal epifanía me dejas solo, dije sintiendo las imágenes, los verbos cotidianos: en el barrio del Hoyo la lluvia torrencial me daba a la cintura a los 7 años, y arrasaba con mis soldaditos de plomo. Esa fue mi infancia a los siete, ocho… hasta los veinte y tantos, hasta la cintura, donde la verosimilitud es más duradera que la verdad. Además, un país entra en crisis cuando deja morir a sus escritores. Cuando el contexto deja de perseguir a la felicidad. Al mover mucho la mandíbula para responderle, Clarita cerró los ojos.

Sin estos parrafitos no pudiera continuar dentro del abrevadero. Ese container con sabor a grasa de Acaeme, arrumbado en medio del barrio del Vedado. Con esa soledad de escritor que te escupe la cara. Partí muchas puntas de lápiz en rescribir y fumar. Un hueco en la metáfora, porque no hay concilio sino negociación. Esos genes ocultándose. Mi padre decía que sin árbol genealógico no hay prueba de vida. Pero no hay otra forma de trascender más que escuchar y contar. Y sigo sin contar el escape de la Isla, sin contárselo a Clarita, mi cómplice. El regreso ilegal sólo se explicaría a partir de mi salida ilegal.

Sobre el autor

Ernesto Olivera Castro

Ernesto Olivera Castro

Ernesto Olivera Castro (La Habana 1962), escritor, editor, académico y promotor cultural, es también ingeniero forestal y diseñador. Ha recibido el Premio Nacional de Poesía Paula de Allende, de la Universidad de Querétaro, en 1991, entre otros premios y reconocimientos, y su poesía ha aparecido en antologías de México, Cuba, España y Estados Unidos. Ha publicado, entre otros poemarios, “Habitante provisional” (1994), “Cuarto menguante” (1998) y “Largo aliento” (2013). Recientemente, Neo Club Ediciones publicó su novela "Donde crece el vacío". Reside en Miami.

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