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Donde crece el vacío (II)

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Donde crece el vacío (II)

Donde crece el vacío (II)
febrero 10
00:46 2016

 

¡He regresado a la Isla que me vio nacer!, dije aspirando los olores del patio, de hierbabuena y orégano. Mente ilegal: salir y entrar sin permiso del gobierno. Pronto se inundó el resto de la casona del Vedado con el perfume de las vicarias en los pomos de compota (de puré de manzana rusa) del vecino de al lado. No fue arriesgado salir en plena luz del día por los alrededores del barrio. A todas horas ese pueblo sale a resolver la flauta de pan, la leche de soya, la carne de soya, la vida de soya. Para eso están las colas, las horas. Nadie me buscaría en ese barrio como una carga al machete. La gente no imagina a alguien que se le ocurra regresar, infiltrarse entre los mangles de la costa sur de Batabanó persiguiendo a un ladrón belga desde un bar de Orense hasta el Cementerio Colón de La Habana, y todo por un árbol genealógico ¡Pa´ qué sirve esa mierda! ¡Eso es tremendo paquete, chico!, dirían.

Trataba de olvidar los papeles de familia. De papeles podridos por la gotera del techo de mi casa en Guanabacoa (no podía volver allí, estaba ilegal, y al morir mis padres el gobierno expropió los bienes). Me sacaba de quicio vivir entre cuatro paredes de hierro. La noche sería mi escondite hasta acabarse los fulas, según Petra Dosamantes, presidenta vitalicia de los C. D. R. y dueña del alquiler ilegal, o pesos según mi hermano jugando dominó en la calle 8 de La Pequeña Habana, o waniquiqui según las jineteras a la salida del Túnel de Neptuno (Si las jineteras sostienen una cerveza en su trasero fue debate oficial en la plataforma política de esa Izquierda cafetera de Latinoamérica y parte de Europa, aunque hay otra Izquierda menos dogmática. Más pragmática, aquella que funciona. Al final todo es intrascendente, triste y dulce, y ruego por Marco Antonio, no como magister equitum o gobernantes que mantenían el poder enriqueciendo al ejército, sino ese romano que “se limpiaba el culo con el senado” y murió en brazos de su amante. De nada servirá el servil discurso para treparse al poder), olvidando barrios insalubres como El Plátano en el municipio Plaza, El Hueco en Guanabacoa y los recovecos de La Hata donde la policía lo piensa para entrar. Olvidándose del inútil embargo, el churre político y la pésima administración en Isla Tabú.

Donde crece el vacío (I)

Para olvidar el encierro y enriquecer la libreta de los recuerdos comencé a vincular la memoria del pueblo, conocer más a la gente. Necesitaba de todos, esa parte oculta de la genealogía. Eran entrevistas ilegales: Toda mi vida creció bajo el trabajo voluntario, decía la mulata con pupilentes azulísimos y mamey en los labios, Mi trabajo es muy antiguo, hasta El Ungido nos tuvo piedad. No creas que no he leído. Me hubiera gustado un poeta como tú, pero mejor húndete con las zorras intelectuales. Prefiero multar extranjeros por su falta de Eros, también ese dios griego anda en crisis. La falta de goce sexual es un problema, mijo, por eso la humanidad es pobre. ¿Usted es feliz con esa labia? señaló con su dedo advenedizo la mulata muy escarlata. Es apariencia, dije, sólo erección del lenguaje. Bueno señol, y amarrándose el pelo que hizo extender su cuerpo de canela, finalizó diciendo: Nadie tiene razón sino en las muchas razones. Una pareja sin fantasía es una naranja ácida ¿Mejor la pasión por las mitades eternas?

Fragmento de la novela de Ernesto Olivera “Donde crece el vacío” (Neo Club Ediciones), que Omar Villasana presentará el próximo sábado 20 de febrero, a las 7.00 p.m., en Delio Photo Estudio (2399 Coral Way)

Fue distinto con una blanquita de muchos legrados en sus ojos, tenía la destreza de engañar con tal de alcanzar Hialeah, y allí engañar y engañar como si fuera una tara maléfica. Dijo llamarse Liendre por los piojos en la cabeza, así se ganaba la confianza de todos. Dijo ser aprendiz de enfermera, mesera, robatinas de baños. Su breve escultura era irrelevante ante su falta de cultura, y confesó que se la fornicaban desde muy joven, tal vez no mintió. Quiso volver, pero no fue necesario, y se le pagó un dólar extra por la insistencia. Tenía el despilfarro de la juventud, no sabía que la belleza va cayendo al mar como un Coloso de Rodas. El Comedor de pecados haría una excepción, pues faltaría el final, dije, pero no lo entendió. Dicen que logró su sueño dorado (un baño de oro bajo) como obrera puntual de Walmart, pero sigue mintiendo con mal acento inglés. Ni siquiera eso.

Sobre el autor

Ernesto Olivera Castro

Ernesto Olivera Castro

Ernesto Olivera Castro (La Habana 1962), escritor, editor, académico y promotor cultural, es también ingeniero forestal y diseñador. Ha recibido el Premio Nacional de Poesía Paula de Allende, de la Universidad de Querétaro, en 1991, entre otros premios y reconocimientos, y su poesía ha aparecido en antologías de México, Cuba, España y Estados Unidos. Ha publicado, entre otros poemarios, “Habitante provisional” (1994), “Cuarto menguante” (1998) y “Largo aliento” (2013). Recientemente, Neo Club Ediciones publicó su novela "Donde crece el vacío". Reside en Miami.

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