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Donde el Diablo puso la mano (fragmento)

Donde el Diablo puso la mano (fragmento)

Donde el Diablo puso la mano (fragmento)
noviembre 20
08:17 2014

Fue la algarabía la que despertó a Clara. Parecía que algo sobrenatural ocurría en el Averno. Hubiera querido seguir con el cuerpo enredado entre las sábanas y permanecer así hasta tarde, sola, pues ya el faisanero no estaba a su lado. Además del escándalo Iluminada tuvo el descaro de entrar a su casa, por primera vez sin aviso, y llegarse al cuarto. No le gustó ni un poco que la viera en semejante facha, con la cara medio hinchada y los pelos de punta. ¿Qué diría después, cuando estuviese reunida con las hijas? Pero por la cara que traía, Iluminada no pareció darle importancia a la apariencia física de Clara, que salió de la cama preocupada.

—¿Qué pasó ahora, mujer? —preguntó Clara cubriéndose la boca con una mano para no despedir mal aliento.

—Lo peor, está por llegar, ¿recuerdas eso? —dijo Iluminada y antes de continuar hablando fue corriendo hasta una de las ventanas del cuarto y entreabrió una persiana, para mirar afuera.

—Fue la bruja, pero, ¿murió alguien? –se persignó Clara, y esta vez llevó las manos a sus tetas, que en el interior de la bata de dormir se balanceaban como flancitos encima de un plato de dulces.

—Algo peor. ¡Mucho peor! ¡Carajo! —Iluminada salió de la ventana, y se fue a sentar a la cama que parecía un revoltijo con tantas sábanas y almohadas.

—¡Es una mujer!, tú marido y el mío, están hablando con ella, ¿y sabes qué?, la chiquilla está dentro de la casa de Hortensia.

—¿Dentro de la casa de Hortensia? —Clara se quedó pasmada, con rapidez fue a la ventana, y desde allí vio frente a la casa de Hortensia a los hijos de Alaya y a los García, junto con el faisanero y Alfonso Fonseca, que conversaban con una mujer joven muy bien vestida, y que por la apariencia parecía tener unos veintidós años o quizá menos.

—¡Pero hay que sacarla de ahí! —gritó Clara y sin dejar de mirar prosiguió—  ¿De dónde vino?

—Eso es lo peor, vino de la ciudad, llegó esta mañana bien temprano. Fui yo quien la vio, me pareció raro ver la casa de Hortensia encendida, pensé que era Martha que había ido a buscar alguna cosa, y entré. Entonces me salió esta muchachita, dice que viene de la capital, y lo que más me ha molestado es que según ella me dijo, compró la casa, hasta me mostró los papeles firmados por el hijo de Hortensia…

—¡Llamaremos a la policía!, ¡aquí está prohibido vender y comprar casas! ¿O no?

—¿Estás loca? Para que vamos a llamar a la policía, ¿se te olvida, lo que hicimos? además, ella trae papeles con firma, ¡la compró y punto!

—¿Pero, para qué venir a vivir al Averno? ¿No te parece raro? —preguntó Clara y afuera vio que el encuentro comenzó a tener aspecto de reunión, a la que se sumaron Martha, el marido, y Francisco Campusano con Elena y su hija Sonia. Clara hubiese querido estar allí para saber acerca de que hablaban con la desconocida que por su estatura parecía una jirafa, tenía una palidez en el rostro como el de una madona salida de una estampa. Clara comenzó a vestirse con rapidez para ir afuera lo más pronto posible, pero, terminando de tender la cama, el faisanero llegó para confirmar que la nueva vecina había despedido a todos porque estaba muy cansada por el viaje. Según contó el faisanero, su nombre era Flabia, estudiaba geología y se especializaba en petróleo, decidió comprar la casa en El Averno porque el hijo de Hortensia le habló de la casa, y le hizo la proposición de venta. A la tal Flabia el sitio le pareció ideal para encontrar algún yacimiento petrolífero.

—¿Y dijo eso? —preguntó Iluminada y se echó a reír.

—¡Sí! de encontrase petróleo en El Averno ¡todos seremos ricos, millonarios! Y eso es a lo que vino la chiquilla, a abrir huecos para buscar petróleo, dice que está segura de que ha de haber más de un yacimiento.

—¿Yacimiento?, ¿qué es un yacimiento? —indagó Clara.

—¡Yo qué sé! Pero por lo que nos dijo, dentro de poco el Averno será el mejor lugar del país .—aseguró el faisanero, y Clara e Iluminada por la cara que pusieron se notaron felices.

—¡¿Un lugar, como Nueva York?! —preguntó Iluminada, y por la felicidad que sintió en ese momento abrasó a Clara que no sabía que hacer ni decir.

—¡Mejor, mejor que ese Nueva York! ¡Éste es el trópico! haremos una playa inmensa y miles de construcciones, para que vengan gente de muchos lugares, deberíamos pensar en construir algo que nos pueda reportar muchas ganancias.

—¡Ay! ¿Podré comprarme las cosas que quiera? —preguntó Clara, a punto de echarse a llorar por la alegría.

—¡Claro, y no nos faltará la comida, ni la ropa. Podremos comprar una cama mas cómoda, mujer, no nos faltará nada! —dijo el faisanero y se llevó a los brazos a Clara, que lo retribuyó con un abrazo. En ese momento al cuarto entró corriendo Martha. A Clara le pareció demasiado para una mañana, por lo visto todo el mundo tuvo la necesidad de entrar a su casa sin previo aviso.

—¿Ya te enteraste? —dijo Martha, y se sentó sobre la cama para tomar un respiro.

—¡Sí, ya todos nos enteramos! –le dijo Clara y se quedaron mirando a Martha que parecía tener algo más que decir.

—¡Petróleo! Hay petróleo en El Averno, según nos dijo ella, mientras más rápido se comience con las excavaciones será mejor y…

—¿Excavaciones? —interrumpió Clara.

—¡Hay que hacer huecos, mujer! —dijo el faisanero.

—¡Sí, huecos!, para encontrar el líquido, porque si no se escarba ¿cómo se va a encontrar entonces?, hemos decidido que sean los hombres de aquí quienes realicen ese trabajo, porque ya saben que no es conveniente que venga gente de afuera. Lo nuestro es nuestro ¡¿no?! —dijo Martha y miró al faisanero.

—Claro, lo de nosotros es de nosotros, nadie va a venir a quitarnos nada, ¡yo estoy de acuerdo en abrir huecos!

Clara escuchando hablar al marido se sintió orgullosa, y no solo por eso sino que pensaba en lo bueno que sería tener dinero suficiente para lo que quisiese, solo así podría ver sus sueños convertidos en realidad, largarse de allí, para rehacer su vida y dejar atrás el pasado.

Iluminada, no aportó palabra alguna, tal vez pensaba para sus adentros. ¿Cómo sería su vida, estando en un sitio totalmente diferente al del Averno, sin carencias? O, tal vez no pensaba en nada, solamente bendecía la llegada de esa extraña que había aparecido para cambiarles la vida. Una muchachita que Dios les puso en el camino para colmarlos de felicidad y regocijo.

—¡Hay petróleo en El Averno! ¡Tiene que haber petróleo, carajo! —fue lo único que dijo Iluminada, y se fue a casa.

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http://en.calameo.com/books/003026566dd38623d7df6

Sobre el autor

Michel Perea

Michel Perea

Michel Perea (La Habana 1973) es escritor y realizador audiovisual. Premio Ada Elba Pérez 2004. Premio XXV Encuentro Debate Nacional de Talleres Literarios 2003-2004. Premio El Heraldo Negro 2008. Premio Félix Pita Rodríguez 2012 de novela. Mención del Premio Farraluque de Literatura Erótica 2005. Tiene publicados el libro de cuentos “Vivir sin Dios” y la novela “Donde el diablo puso la mano”. Sus trabajos audiovisuales han sido censurados en los medios televisivos cubanos. Reside en La Habana

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