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Edipo y Sherezada: Dos rostros de un símbolo

Edipo y Sherezada: Dos rostros de un símbolo

Edipo y Sherezada: Dos rostros de un símbolo
septiembre 25
19:06 2014

Hay en la literatura personajes que nos persuaden por su coherencia, que acaparan nuestra atención mientras leemos, pero que, pese a la calidad de la fragua poética en que se forjaron, no aciertan a cautivar nuestra memoria, no consiguen perdurar en ella como entidades independientes de su creador o de un determinado contexto anecdótico. Si algún tiempo después de la lectura no los hemos olvidado, los recordamos sólo como parte de la obra de un autor, y sólo porque hemos evocado previamente la obra o el autor. Rara vez o nunca afloran a nuestra memoria como lo hacen las personas reales con quienes hemos intimado, y de quienes podemos acordarnos, evoquemos o no las anécdotas asociables con ellas.  Al Esteban de Alejo Carpentier no cabe recordarlo más que en el contexto de El siglo de las luces. Con él intentó el autor representar al revolucionario decepcionado, y lo logró sin duda. Aun así, en la memoria del lector carpenteriano, Esteban emerge invariablemente ligado a los hechos referidos, supeditado la historia en que aparece. En sí mismo, Esteban no resulta memorable; lo memorable es la obra maestra que lo contiene.

Hay, sin embargo, en la literatura personajes que sí consiguen independizarse de la historia que protagonizan y del autor que los fraguó, y hacer que recordemos su historia y su autor, sólo porque antes los hemos recordado a ellos. No hay que evocar a Rojas ni su Tragicomedia, para acordarse de Celestina. Y bien pueden aflorar Guzmán de Alfarache o Sherlock Holmes a la memoria, aunque se hayan olvidado las aventuras que protagonizan y hasta los nombres de Mateo Alemán y Conan Doyle. Celestina, Guzmán y Holmes son respectivamente la alcahueta, el pícaro y el detective; encarnan prototipos particulares. De ahí, supongo, que sean memorables en sí mismos.

¿Pero qué decir de Edipo y Sherezada, que recurren en mi memoria con frecuencia poco menos que obsesiva? Acaso quiera hablar de esos fantasmas para librarme de ellos. Sé, no obstante, que su imperio sobre mi memoria nada tiene que ver con lo prototípico particular, sino antes bien con lo simbólico más general.

Si algún lector se asomara a esta página, seguramente le resultaría extraño que dos personajes tan disímiles como Edipo (un mítico héroe griego anterior a la Guerra de Troya) y Sherezada (una princesa  persa de un cuento medieval narrado en árabe) hayan aparecido y reaparecido juntos en mi memoria,  irrevocablemente juntos, desde que tuve noticia del uno y la otra en un tiempo que me desdibuja el olvido. ¿Qué razones o sinrazones urdían el lazo que ataba a estos personajes?  Que la atadura fuera razonable o disparatada no me preocupó durante años. El fenómeno psíquico de este enlace era en mí una añeja costumbre, y las costumbres no suelen cuestionarse. Pero hace algún tiempo, mientras escribía un ensayo sobre interpretación literaria, se me presentaron sin más ni más, atados como de costumbre, los fantasmas de Sherezada y Edipo. Seguramente por la índole del tema que me ocupaba a la sazón, mi vieja costumbre se me antojó un enigma, que al punto me apliqué a descifrar. Tardé poco en descubrir que el vínculo que unía a los personajes en cuestión no era un dislate caprichoso; lograba explicarse. Juntos, como indefectiblemente se me aparecían, el hijo de Layo y la hija del Gran Visir acertaban  a  conformar un símbolo que, como una moneda, no podía sino tener dos fases.

Edipo es el héroe griego que, a fin de eludir un destino cruel, resuelve alejarse para siempre de Corinto, a la que cree su ciudad natal. En algún punto de su peregrinación por los caminos de Grecia, se entera de que la esfinge (un monstruo alado con cara de mujer, cuerpo de león y cola de serpiente) se ha instalado en las afueras de Tebas, y está asesinando a todo aquel que se tope con ella, sea tebano o forastero. A cualquier transeúnte que se la encuentre, la esfinge le propone un enigma, y si el desventurado no se lo descifra, no vive para contarlo: la esfinge lo devora. El soberbio Edipo, que se juzga inteligente y lo es, decide enfrentar al monstruo. Sabe que se expone a morir, pero apuesta a sus facultades y parte hacia Tebas. Ya ante la esfinge, ésta, con voz que remeda el susurro del viento o la ignota música de los astros, le compone el enigma de marras: “¿Cuál es el animal que por la mañana camina en cuatro patas, por la tarde, en dos, y por la noche, en tres?” Cabe suponer que la esfinge tuviera la delicadeza de concederle a Edipo un plazo para que le contestara. Total, si de todas formas su almuerzo ya estaba asegurado. ¿Por qué, pues, no iba a mostrarse delicada con aquel Edipo que tenía delante, un bruto más, un bruto como todos?  Pero al cabo del plazo, y luego de pensarlo bien, porque en ello le iba la vida: “Yo, Edipo”, dijo Edipo. “¿Cómo? Explícate”, exigió la esfinge, no sin cierta alarma, porque algo intuía. “Que ese animal que dices es el hombre -abundó Edipo-, que en la infancia gatea, luego anda en sus dos pies, y, por último, en la noche de la vida, añade a sus dos pies un tercero, el bastón en que se apoya”.  Edipo, que ha descifrado el enigma, sobrevive. La esfinge, que entonces enloque de ira, vuela hasta el mar y se abisma en él.

En otra versión del mito, la esfinge, en vez de emprender el vuelo suicida hacia el mar en que se ahoga, se queda tiesa, inmóvil, por la cólera y la perplejidad, y Edipo, ni tardo ni perezoso, la liquida con una espada, o con una lanza, o tal vez con el mismo palo y la misma soberbia de la fatal encrucijada en Daulis.

De atender sólo a los detalles superficiales, la historia de Edipo con la esfinge no se parece a la de Sherezada con ese sultán de Las mil y una noches, que a causa de la traición de una mujer, da en la práctica de desposarse con una virgen todas las noches y hacerla ejecutar al día siguiente. Pero de mirar allende la superficie anecdótica, se descubre que la Sherezada que cada noche de las tantas se enfrenta a Shariar, el sultán (un hombre que es una especie de monstruo), no dista en realidad del Edipo que se enfrenta a la esfinge (una especie de mujer que es un monstruo). Cuando se reducen las historias de estos personajes a su esencia alegórica, la identidad entre ambas no tarda en revelarse. Si Edipo (el hombre como especie) no ejerce su facultad racional, si no asocia ideas, si no piensa, perece como ser humano, y si Sherezada (también el hombre como especie) no ejerce su facultad sensible, si no crea poesía, igualmente perece como ser humano, aunque el uno y la otra sobrevivan a modo de bestias, o aun de monstruos, como Shariar. Lo que está en juego en el plano alegórico no es la vida en sí, sino la pervivencia de la condición humana.

Sherezada, que al final de su historia consigue sensibilizar al monstruo, es el poeta. Edipo, que desentraña el enigma y hace que desaparezca el monstruo, es el razonador (el científico, diríamos hoy). Pero reducidos a su esencia última, Edipo y Sherezada representan respectivamente la racionabilidad y la sensibilidad; conforman ese símbolo de dos rostros a que antes me referí,  y cuyo tenor es la inteligencia.

Sobre el autor

Lourdes Tomás Fernández de Castro

Lourdes Tomás Fernández de Castro

Lourdes Tomás Fernández de Castro nació en La Habana. Ensayista y narradora, ha ejercido también la docencia. Ha publicado, entre otros, los libros “Las dos caras de D” (Sibil, 1985, cuentos), “Fray Servando Alucinado” (University of Miami, 1994, Premio Letras de Oro, ensayo), “Espacio sin fronteras” (Premio Casa de las Américas, 1998, ensayo) y la novela “El domador” (Vinciguerra, 2007). Actualmente reside entre Miami y Buenos Aires, Argentina.

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1 comentario

  1. Joaquín Gálvez
    Joaquín Gálvez octubre 05, 11:02

    He disfrutado mucho tu ensayo, Lourdes. Acertada analogía entre dos personajes literarios como Edipo y Sherezada, lo cual demuestra tu gran capacidad de análisis al hacer asociaciones, y descifrar, por medio de ello, su función simbólica.

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