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Eduardo López Pascual: Poeta busca a su Dios desconocido

Eduardo López Pascual: Poeta busca a su Dios desconocido

mayo 20
14:53 2011

1-Eduardo_Lopez-VegamediaTanto las religiones despectivamente llamadas paganas como el judaísmo, el islamismo o el cristianismo, aspiran a encontrar en su entorno las huellas de Dios. O del Creador. Nómbresele o no. Desde que el hombre pinta en las cavernas y cree que el rayo es un don regalo de un ser superior, esa búsqueda no ha cesado.

Los brujos entonaban ensalmos, los cristianos letanías, los taoístas y budistas entonan mantras que los transportan a otras dimensiones.


María Zambrano en “El hombre y lo divino” despliega todo una vasta argumentación donde la filosofía y la poesía se unen en su escritura particularmente bella y acendrada en torno a este fenómeno: la necesidad del hombre de trascender. Pocos saben que Maria Zambrano en su primera adolescencia compartía la mesa con Antonio Machado, amigo de su padre en Segovia y profesor entonces de Filosofía en un institutito de allí. Ella antes que ser discípula de Ortega y Gasset lo fue de Machado. De ahí su enorme devoción por los poetas, por la poesía.  

Uno de sus grandes aportes es no centrarse en Dios, sino en aportar una categoría: lo divino. Y parte desde luego de las bases de nuestra civilización occidental: Grecia y Roma. El primer bibliotecario que hubo en Grecia, Andrónico de Rodas, es que el que va a clasificar a los libros y desde luego a los que hablaban de física; les siguieron los que llamó meta-físicos. Así metafísica y poesía fueron dos claves para desentrañar lo que le rodeaba. Nada para ella más misterioso que un poeta.

Al poeta lo han definido de muchas maneras. Cientos de ellas hay. Pero siempre es alguien que está más allá de las palabras e incluso del verso. A veces creo que se puede ser poeta sin haber escrito jamás un verso. Para Sócrates la indagación se hacía dialogando, pero para San Juan de la Cruz era vital el silencio para escuchar lo que él llamó “la música callada”. Esa música que a veces adormece hasta el sueño, que también María exaltó en “Los claros del bosque”. Y es que esta autora es realmente la gran continuadora del pensamiento místico, al que tantos aportes ha dado España. Larga sería la lista, pero sólo citaré a tres místicos que fueron además poetas: Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Y es que el poeta místico busca “lo divino” en sus horizontes interiores.

A esta raza de poetas pertenece Eduardo López Pascual (Baza, 1939) que desde muy niño va radicarse en la ciudad de Cieza. Allí  se forma y educa; allí va a ser un animador incansable de la cultura y al teatro. Creará asociaciones culturales como Pueblo y Arte,  escribirá novelas y poemarios, algunos de los cuales pude leer en tardes muy calmas en casa de nuestro común amigo, el cubano Carlos Miguel Suárez Radillo, también como él incansable a la hora fomentar valores éticos y estéticos.

El poemario último de Eduardo López Pascual se llama “A un Dios desconocido” (PR-Ediciones, 2010). Poemas llenos, como dice el prologuista que misteriosamente firma OBD, “nacidos desde el interior de su espiritualidad”. Y sí, tiene razón. Los poemas son un incesante diálogo con “lo divino”, pero también con Dios. Dios como una presencia y no como una evidencia. El poeta añora esos años de inocencia en que no llegaba a cuestionarse nada sobre la existencia y se confiaba a la generosidad del Padre como los pajarillos del campo de la metáfora de Jesús. Época muy anterior a cualquier crisis de fe, a las que nos llevan las pruebas evidentes de un mundo donde el culto a lo material y al cuerpo suplanta aquella exaltación del alma y lo espiritual que alentaba en nuestra primera formación.

Así el poeta busca ese “Dios de todos” y va a buscarlo donde antes lo encontraba, “rodeado de sombras que se anunciaron / entre los bancos deslucidos de tu iglesia”, ya que realmente no son los de hoy, sino eran “los pasos que ayer / me acercaban a tu inmutable mirada”. El poeta ha tocado con sus manos “el inmenso vacío”, “el duro desamparo”, “el pavoroso frío”. Quiere volver “a las palabras que se dijeron en Emaús, / en las orillas del Jordán, o en Samaria”. Es un “volver hacia dentro”, un recorrer “la íntima andadura”. Y como solución sólo hay una salida. “el regreso al origen”. Que era la propuesta de María Zambrano para encontrar “la raíz de lo que fuimos”, “el espíritu que nos alce sobre la torpe casualidad”.

El poeta vive su camino al Gólgota de la soledad transitando “aquellos áridos desiertos del Sinaí”.  La costumbre marca la nostalgia: la misa de diez de la mañana, en que se aguardaba esa “conversación esperada con el Dios en esta Iglesia”, casa familiar de oración fija en su memoria  y donde confiesa aferrarse a lo intangible: “recuerdo las mañanas de domingo, / blusas recién lavadas y olor a almidón”. Reino candoroso de la infancia alejada de “la ciudad inhóspita y tan anónima”. En la exasperación por encontrar respuestas a sus preguntas desde  la razón o la lógica, llega a confesar: “me rebelo mientras mi alma exige / respuesta a la larga confusión que me arrastra”. ¿A dónde?  El mismo responde: “la deriva se ha instalado entre nosotros” ya que “las palabras perdieron para siempre su sentido”.  Y ya, en la más encarnada aridez, confiesa a Dios que “no tengo nada que ofrecerte, ni la fe / si quiera”.

Cuenta Santa Teresa de Jesús en sus memorias que treinta años estuvo mirando las mismas vigas del techo de la iglesia del convento de clausura donde estuvo encerrada esperando una respuesta, una evidencia que le restituyera su fe inicial, de cuando era niña. Se hacía, como dice Eduardo López Pascual, “las preguntas eternas / temiendo lo incierto”. Y sí, aún hoy “todavía nos parecen casi imposibles / las parábolas anunciadas”.

Se une el poeta no sólo a los místicos, sino a poetas más cercanos a nosotros, donde Dios ha sido un tema esencial. De indagación en Dámaso Alonso; de celebración en Luis Rosales; de contemplación en Jorge Guillén y, desde luego, exultación en la última etapa del magisterio poético de Juan Ramón Jiménez en “Dios deseado y deseante”.  Todo lo contrario a la respuesta del vacío existencial de Elliot, al que también se opuso, por ejemplo, Edith Sitwell, convertida al catolicismo en 1956.

Contrario a la alegría eufemística de Jorge Guillén o a lo cosmogónico en Vicente Aleixandre, Eduardo López Pascual logra un verso prosaísta pero también reflexivo donde su diálogo con Dios, en medio de incertidumbres y dudas, toma una única resolución: “no lejos del llanto que nos duele, / de la soledad que oprime, y sin embargo / exiges un camino que nos lleve hacia ti. / Y aún así requiero tu presencia, la mano  / que apriete mi mano”. Como cuando  nuestros padres nos sacaban de paseo y éramos pequeños.  

En esa confianza se hace real lo que dijo Jesús: que el que no es como niño no entrará en el reino de los cielos.  Se hace aquí real, según palabras de Jesús, algo que debe consolar la búsqueda incesante del poeta en sí mismo, lo prometido por él: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

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