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Ego, muerte, infelicidad y dependencia

Ego, muerte, infelicidad y dependencia

enero 15
15:17 2012

 

1-11_presidioEl ego afecta la salud. Me refiero, por supuesto, al ego descontrolado, que se impone al individuo y lo esclaviza. Hablo de la necesidad incontrolada de reconocimiento. La dependencia creada entre el individuo y la necesidad de reconocimiento, sobre todo cuando ésta es protagónica, puede incluso acortarnos la vida.

Probablemente nadie ha llevado la estadística, pero sería interesante, por ejemplo, establecer la edad promedio en que mueren los escritores. Digo los escritores porque en el campo de la cultura suelen ser los menos reconocidos por el gran público, y por supuesto por sus colegas, pero la observación puede extenderse al resto de los creadores o artistas. Los escritores suelen sufrir amargamente la falta de reconocimiento público que padecen, lo que afecta particularmente sus frágiles sicologías. Como son esclavos de su ego, invariablemente terminan azotados por la frustración del susodicho ego iracundo. Y tanto azote puede acercarles la muerte.

Claro que la muerte no existe. Es decir, la muerte puede ser superada por una asunción plena de la vida. Cuando la obsesión de primar y la necesidad de reconocimiento exterior han sido vencidas o atenuadas significativamente, cuando finalmente se vive a plenitud, el temor a la muerte, la muerte misma, pasan a un segundo plano y sólo son reconocibles en el hecho de morir. Pero ello no es posible. Dado que la muerte no puede ser registrada, no puede ser en tanto experiencia individual –cuando supuestamente se muere no se sabe que se muere (la verificación de esa muerte es ajena al individuo que entraría en ella)–, no existe sencillamente. ¿Pero cómo hacerle entender algo así a un escritor sediento de reconocimiento, obsesionado por no morir sin ser reconocido o por ser reconocido tras su muerte?

Una de las grandes fuentes de la infelicidad humana, sino la más grande, es la dependencia social, la necesidad que tiene el hombre de reconocerse en la opinión de otros hombres, de realizarse en eventos ajenos a su espiritualidad. Tanto el hombre-masa u hombre débil como el líder u hombre fuerte –y aquí “fuerte” no es más que un eufemismo–, son dependientes. El hombre débil precisa la protección del hombre fuerte, o su guía o calidad de referente; el hombre fuerte necesita el reconocimiento o la admiración del hombre-masa. A ambos, tan aparentemente en las antípodas, los iguala un factor común: La dependencia.

La necesidad de reconocimiento exterior constituye una de las grandes fuentes de la infelicidad humana, de la muerte en vida, de la esclavitud sicológica. Creemos que la libertad es un concepto abstracto o relacionado con estructuras de gobierno, que emana de circunstancias ajenas a nuestra voluntad, cuando en realidad sólo es posible en nosotros, sólo puede existir a partir de nosotros (la liberación es interior o no es). Por eso los sistemas totalitarios y las políticas represivas sobreviven. Por eso regímenes como el castrista proliferan o son incomprensiblemente justificados. Gracias a nuestra dependencia. En la cárcel de nuestro ego  monumental.

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Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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