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Ejercicio para el cerebro

Ejercicio para el cerebro

Ejercicio para el cerebro
febrero 09
01:54 2015

¿Puede el cerebro curarse, preservarse, o incluso mejorar su funcionamiento, a medida que envejecemos? Desde hace tiempo, muchos científicos han tendido a pensar en nuestros cerebros como máquinas, más comúnmente como computadoras, destinadas a romperse con el tiempo y el uso. En los últimos años, sin embargo, la investigación en neurociencia ha comenzado a mostrar lo insuficiente de esta metáfora para describir la fisiología del cerebro. Resulta que nuestro cerebro, al igual que nuestro cuerpo, es mucho más propenso a desgastarse por el poco uso que por el uso excesivo.

Cuando las personas llegan a la edad madura, ejercitar el cerebro y el cuerpo se vuelve más importante. Es una de las pocas maneras confiables de contrarrestar el proceso de desgaste natural y la influencia dañina de nuestra vida moderna, sedentaria. También apunta a nuevas posibilidades para que el cerebro se cure a sí mismo ante la enfermedad y el trauma.

El filósofo René Descartes consiguió que prevaleciera una idea falsa: el cerebro es una máquina compuesta de piezas separadas. Los herederos de Descartes sostuvieron que cada una de estas piezas realiza una única función mental en un solo lugar. Si una se daña por un defecto genético, accidente cerebrovascular, lesión o enfermedad, el cuerpo no tiene recursos propios para hacer frente al problema: Después de todo, las máquinas no pueden repararse a sí mismas o de forma espontánea, ni hacer crecer nuevas piezas.

Una vez que se delineó la naturaleza eléctrica del cerebro en el siglo 19, los científicos comenzaron a hablar de él como una especie de máquina maravillosa, eléctrica, con “circuitos”, una metáfora aún presente. Se veía a esos circuitos electrónicos, “cableados”.

A medida que la metáfora de la máquina evolucionó, los neurocientíficos describieron el cerebro como una computadora. Esta analogía nos anima a ver el pensamiento como software y la estructura del cerebro como hardware.

La infeliz implicación práctica de este punto de vista, para cualquiera que desee mantener su cerebro, es clara: el hardware inevitablemente se degenera con el tiempo y el uso. La regla para una máquina es: “úsala y piérdela”. Muchos médicos, bajo el dominio de esta analogía, estiman infructuosos los intentos de evitar la degeneración del cerebro a través de la actividad y el ejercicio mental.

Ahora, un creciente cuerpo de investigadores sugiere que esta visión es vieja y falsa. Parece que una regla más precisa para el cerebro es “úsalo o piérdelo”.

A finales de 1970, las investigaciones de Mark Rosenzweig, de la Universidad de California, en Berkeley; de Michael Merzenich, de la Universidad de California, en San Francisco, y de otros, comenzaron a mostrar que los circuitos del cerebro cambian microscópicamente con la experiencia y la actividad. El Dr. Rosenzweig y sus colegas encontraron que con la estimulación del medio ambiente, los cerebros de los animales crecían en áreas claves. Descubrió que si un animal deja de utilizar una parte del cuerpo, el área del cerebro que procesa la información sensorial de esa parte se debilita o se toma para realizar otra función. Estos resultados ya se han replicado muchas veces.

La opinión dominante en la neurociencia y la medicina de hoy es que el cerebro vivo es en realidad “neuroplástico”, o sea, que sus “circuitos” están cambiando constantemente en respuesta a lo que hacemos. Al pensar, percibir, formar, recordar o aprender nuevas habilidades, las conexiones entre las células cerebrales también cambian y se fortalecen. Lejos de ser cableado, el cerebro tiene circuitos que se forman, se desvanecen o se reforman muy rápidamente.

Esta capacidad es la base de la manera distinta en que el cerebro puede curarse. Si un área está dañada, a menudo nuevas neuronas pueden hacerse cargo de la tarea que tenía el área dañada. Y no solo nuestras neuronas. Nuestros recuerdos y experiencias también están codificados en patrones de energía eléctrica producida por células de nuestro cerebro, análogamente a una partitura musical. Al igual que con una orquesta, cuando un miembro de la sección de cuerdas se ausenta, el espectáculo puede continuar si alguien lo reemplaza y lee la partitura musical.

Este nuevo enfoque “plástico” tiene importantes implicaciones prácticas en cómo tratamos los problemas del cerebro y para mantener su salud. Se han realizado algunos descubrimientos sorprendentes.

Considérese la demencia, que de alguna forma afecta a alrededor del 15% de las personas en los EE.UU. mayores de 70 años, y avanza rápidamente a medida que envejecemos. Un cerebro con Alzheimer, la forma más común de demencia, resulta que está perdiendo su plasticidad. Se encoge y pierde conexiones. Sin embargo, un creciente cuerpo de investigación ha encontrado que el ejercicio, tanto mental como físico, puede reducir el riesgo de padecer demencia.

El año pasado, Peter Elwood y un equipo del Instituto de Cochrane de Atención Primaria y Salud Pública, de la Universidad de Cardiff, en el Reino Unido, dio a conocer los resultados del estudio más detallado jamás realizado sobre el efecto del estilo de vida y el ejercicio en relación con el riesgo de padecer de demencia. Los investigadores hicieron un seguimiento a 2,235 hombres durante 30 años, casi todos los habitantes masculinos de Caerphilly, Gales, con edades iniciales entre 45 y 59 años de edad

Encontraron que los hombres que hicieron de forma consistente algunas cosas, redujeron su riesgo de deterioro cognitivo y la demencia en un asombroso 60%. Estas actividades incluyen una dieta saludable (al menos tres a cuatro porciones de frutas y verduras al día), mantener un peso normal con índice de masa corporal de 18 y 25; limitar el alcohol a cerca de un vaso de vino al día y no fumar.

Pero la actividad de mayor impacto positivo fue caminar al menos 2 kilómetros al día, andar en bicicleta 15 millas al día o realizar alguna otra actividad física regular y vigorosa.

Imagínese si hubiera un medicamento que redujera el riesgo de demencia en un 60%. Sería el fármaco del que más se hablara en la historia. Sin embargo, este sorprendente hallazgo ha sido recibido sin mucho bombo.

Una de las razones es que muchas personas asumen que la enfermedad de Alzheimer es “genética”. Pero el neurólogo e investigador de la demencia Tiffany Chow, del Instituto de Investigación Rotman y la Universidad de Toronto, señala que “factores ambientales interactúan con la genética para permitir o negar a la demencia un punto de apoyo”. Incluso, tener varias copias de materiales genéticos asociados al riesgo, como señala el Dr. Chow, “no es suficiente para producir la enfermedad de Alzheimer”.

Artículo de Norman Doidge publicado en The Wall Street Journal el domingo 9 de febrero 2015. Síntesis y traducción por Kiko Arocha

A la investigación en Gales siguieron al menos otros diez estudios que mostraron que el ejercicio durante la edad mediana se asoció con una menor tasa de demencia, y que la falta de ejercicio regular correspondió a mayores tasas de demencia.

Otro estudio reciente, un ensayo controlado aleatorizado, de la Universidad de Pittsburgh, que Kirk Erickson y colegas publicaron en la Academia Nacional de Ciencias, mostró que quienes realizaron ejercicio aeróbico durante un año mostraron una ampliación significativa del hipocampo, que es la región del cerebro que convierte recuerdos de corto plazo en recuerdos a largo plazo, y es a menudo la primera en degenerar en casos de Alzheimer, y con la edad en general. Estudios anteriores mostraron que el ejercicio aeróbico aumenta la materia gris y blanca del cerebro en el lóbulo frontal, áreas implicadas en la planificación y la actividad dirigida a objetivos.

¿Cómo funciona esta forma de sanación? El ejercicio desencadena el crecimiento de nuevas células cerebrales en el hipocampo. También provoca la liberación de “factores de crecimiento neurotróficos” –una especie de fertilizante cerebral que ayuda al cerebro a crecer, mantener nuevas conexiones y mantenerse saludable.

Frederick Gage, del Instituto Salk, co-descubridor de las células madre en el cerebro, ha sugerido que nuevas células surgen de largas caminatas, ya que, en un sentido evolutivo, nuestros cuerpos asocian el esfuerzo con el movimiento, desde un territorio existente, tal vez agotado en alimentos o demasiado peligroso, a un nuevo territorio inexplorado, cuyos datos deben ser aprendidos. En previsión, el cerebro libera nuevas células y factores de crecimiento, que crean un estado más plástico y hacen posibles nuevas conexiones neuronales. Este puede ser uno de los mecanismos por los que el ejercicio ayuda a proteger contra enfermedades como el Alzheimer.

Estudios recientes también han encontrado que el ejercicio puede reducir los síntomas de Parkinson, una enfermedad degenerativa que causa que los pacientes pierdan gradualmente el control de sus músculos. El tratamiento de Parkinson se ha centrado principalmente en la medicación, con el ejercicio en un distante segundo lugar.

Sin embargo, en 2011, se publicó un estudio en la revista Neurology. J. Eric Ahlskog de la Clínica Mayo, que revisó la evidencia disponible sobre el ejercicio y el Parkinson, en animales y seres humanos. El ejercicio vigoroso, para los propósitos del estudio, fueron caminatas, natación y “actividad física suficiente para aumentar el ritmo cardíaco y la necesidad de oxígeno”. Se llegó a la conclusión de que el ejercicio se merecía un “lugar central” en el tratamiento del Parkinson.

El principio neuroplástico básico de “úsalo o piérdelo” y el beneficio de la formación de nuevas conexiones cerebrales a través del aprendizaje intensivo, se aplica también a las personas sin problemas cerebrales. El ejercicio físico produce algunas células nuevas en el sistema de memoria, pero el ejercicio mental también preserva y fortalece las conexiones existentes en el cerebro, que da a la persona una “reserva cognitiva” para defenderse de las pérdidas futuras, y para perfeccionar habilidades.

Los ejercicios para el cerebro desarrollado por el neurocientífico Dr. Merzenich se han evaluado en los Institutos Nacionales de Salud, según un estudio publicado por George Rebok de la Escuela de Medicina Johns Hopkins y sus colegas en la revista de la Sociedad Americana de Geriatría. Las personas que hicieron los llamados ejercicios cerebrales mostraron beneficio en las prueba HQ 10 años más tarde. La función cognitiva mejoró. Estudios anteriores demostraron que los ejercicios incrementaron la agudeza mental de una persona para que pudiera procesar la información con la velocidad y precisión que tenía con diez años menos.

Todavía tenemos mucho que aprender sobre el cerebro y sus poderes de recuperación, por supuesto. Pero cada vez tenemos más evidencias para concluir que hemos estado entendiendo nuestro cerebro de manera equivocada durante demasiado tiempo. Muchas metáforas a menudo ocultan tanto como lo que revelan. Un día, pudiéramos sorprendernos que durante varios siglos optáramos por ver nuestro cerebro como una máquina inanimada, pasiva e inalterable.

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