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El absoluto causa-efecto

El absoluto causa-efecto

El absoluto causa-efecto
mayo 28
11:38 2015

Con la llegada del ciclo tecnológico y del mercantilismo, se entroniza la convicción de que la política y la economía resultan los paralelos por donde deben transitar las ciencias, la tecnología, la cultura y el progreso; se denuncia el alquimista utópico y se establece el funcionalismo de las investigaciones, circunscribiéndolas al industrialismo fabril, a las comunicaciones y al aparato militar. Esta distinción radical entre mente y naturaleza lleva a la creencia de que todos los fenómenos y enigmas pueden ser resueltos a través de un procedimiento de análisis lógico deductivo, donde la naturaleza y la sociedad se entienden reduciendo los problemas complejos a sus elementos más simples.

El pensamiento en Occidente llegó a la consideración absoluta de causa–efecto, donde todo acontecimiento o fenómeno, en la naturaleza, en la sociedad o en la vida individual, se define, invariablemente, por premisas que les condicionan. Así es como el pensamiento científico, el cultural y el filosófico, están reducidos a meras ideologías que supuestamente responden a disposiciones históricas específicas, y las ideas se consideran –erróneamente– definidas por el contexto técnico-social. Así es como se llega al reduccionismo de que la objetividad palpable, el mundo–objeto de la naturaleza o de la sociedad, solo es transformable por los cambios sociales y políticos.

Mientras que en el pasado el homo, armado de filosofías, amalgamaba en un todo la lógica con las emociones, el espíritu con la materia, y la razón con la fe, ya desde el siglo XIX se sacraliza la divisoria tajante entre ambos campos, particularizándonos en filosofías delimitadas para cada ciencia y descartando por irracionales el fideísmo, las emociones, la idea, los sentimientos y la metafísica.

Hemos restringido y parcializado el uso de conceptos, de emblemas culturales, de construcciones artificiales, de una experiencia real. El pecado original de nuestra distorsión filosófica, teórica y cultural, se centra en la aparición del “logos” griego, cuya simbología es incapaz de descifrar lo que acontece en el mundo sub-atómico.

Pero esta vía de pensamiento fundado en las leyes de la geometría descansa en una disposición jerárquica, que se aplica a todo lo que el humano construye o conceptúa, a su organización militar, fabril, estatal, que entonces se traduce en poderes espirituales extraordinarios que son otorgados a seres humanos específicos. Esta jerarquización divide a los humanos a partir de diversos niveles de menor a mayor grado de concienciación. Así, comparecen los seres insignificantes y los importantes; el concepto de razas superiores e inferiores; el criterio de naciones elegidas y condenadas; de los ya iluminados y los todavía envueltos en tinieblas; de los maestros y los neófitos.

En esencia, dicha armazón es un reflejo de los esquemas que se arrastran en nuestra sociedad desde Sumer, que no dejan más opción a sus integrantes que buscar obsesivamente los escalones más altos en cualquier jerarquía, sea religiosa, en el mundo económico, académica, en el aparato estatal, en las actividades sociales, en las organizaciones militares. Ya nadie se realiza al estilo de Solón de Atenas paseando, bajo la admiración general, su inteligencia y cultura por las calles griegas, rodeado de discípulos.

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Sobre el autor

Juan F. Benemelis

Juan F. Benemelis

Juan Benemelis (Manzanillo, 1942). Diplomático, historiador y ensayista. Ha publicado más de una veintena de libros centrados en diversas temáticas, que van de lo científico a lo histórico. Entre ellos, "Las guerras secretas de Fidel Castro", "Castro: subversión y terrorismo en África", "Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica", "De lo finito a lo infinito", "El Corán y el Profeta", "Islam y terrorismo" y "La memoria y el olvido". Reside en las afueras de Miami.

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1 comentario

  1. Pedro Perez
    Pedro Perez mayo 28, 12:47

    capitalismo,racionalidad,

    Reply to this comment

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