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El abuso ideológico

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El abuso ideológico

El abuso ideológico
marzo 24
16:34 2016

 

Aunque parezca una paradoja, no lo es. El abuso ideológico, a diferencia del físico y psicológico, es post traumático. Mientras lo padecí en Cuba entre los años 1960 y 1989, no tenía síntomas y evidencias del abuso. No podía mostrar hematomas y verdugones, ni siquiera sentía el acoso o el temor característicos del psicológico. Nada de eso. El ideológico es silencioso, asintomático y sólo se hizo evidente cuando me percaté que mis pensamientos y palabras habían sido programados por el abusador.

Caí en una especie de vacío existencial al descubrir que no era el timonel de mi vida, alguien manejaba mi barco a su antojo. Entonces el grito de Munch se dibujó en mi rostro y enmudecí por una simple razón: los abusos físicos y psicológicos me acechaban ya que el abusador se enfurecía cada vez que una oveja se apartaba del rebaño.

Entonces mi piel se tiñó de negro y comprendí, por primera vez, que esas ovejas negras que balaban inconformes denunciando los maltratos del pastor eran libres del abuso ideológico y sufrían con aplomo los maltratos, las injurias y el acoso de sus ovejas hermanas atontadas ideológicamente y azuzadas por el amo.

Después vino la vergüenza, la pena de haber sido parte de mítines de repudio contra esas ovejas negras y me arrepiento de no haber gritado “basta” cuando una turba golpeaba a alguien por el sólo crimen de marcharse de Cuba. Aunque no di golpes, ni grité consignas de repudio contra la multitud que escapaba por la embajada del Perú en 1980, me siento culpable de haber sido parte de la Marcha del Pueblo Combatiente.

Y este es el crimen mayor del abuso ideológico. El abusador te compromete en sus desmanes para que, si despiertas y te quieres apartar, lo pienses muy bien porque te ha convertido en cómplice de sus crímenes, y te repite al oído: “tanta culpa tiene el que mata la vaca como el que la aguanta la pata”.

Por eso hay muchas ovejas negras que viven en el rebaño del pastor cubriéndose la piel con lana blanca. No saben cómo salirse de esa complicidad impuesta.

Por desgracia en el exilio no encontré un círculo de rehabilitación como los alcohólicos anónimos que me ayudase en la recuperación contra el abuso ideológico. Ni siquiera los medios de comunicación me apoyaron pues sólo respaldan a los que han sido torturados, perseguidos y acosados. Y es obvio. El abusado ideológicamente no puede mostrar evidencias.

Por tanto hube de andar solo en el largo y aterrador camino de descodificar y desprogramar las ideas, los pensamientos y lo peor de todo los sentimientos. Descubrí que razón y emoción están irremediablemente unidas y, si Descartes afirmaba “pienso, luego existo”, yo quisiera humildemente añadir: “pienso, luego padezco”.

A pulmón me convertí en el agricultor de mis ideas y sembré las que daban esperanza y confianza en el individuo, lejos de las consignas y lemas de cualquier Estado.

En mi terapia personal, encontré alivio en cuestionar cada mensaje del abusador. Cuando decía “los que se van de Cuba son traidores”, los veía como héroes que habían vencido el miedo a la libertad; cuando el tirano acusaba a los exiliados, tildándolos de mafiosos, los apreciaba como socorristas que ayudaban a sus familias en la Isla.

En esa práctica diaria de revertir las injurias del dictador, fui encontrando el camino de la luz, el de mis propias decisiones. Parece que llegué al final del túnel, pero algo inesperado me salió al paso: el rencor.

Después de liberarme de la desilusión y de la vergüenza renacía en mi pecho la rabia de haber permitido tantos años de abuso. “¿Cómo pude vivir ese tiempo con los ojos cerrados?”, me recriminaba. Enseguida me percaté que el abusador todavía me acechaba, que aún pervivían los sentimientos de menosprecio y baja autoestima que el dictador sembró por décadas. Por eso cada día apaciguo mi rencor ridiculizando al tirano no en su parte diabólica, que ya exhibe con orgullo, sino en la humana, como un ser rígido y desahuciado, incapaz de renovarse.

Y actualmente como escritor, lejos de la garras del abusador, me encuentro que muchos de nosotros aún repetimos estructuras de pensamiento del dictador, de atender sólo a los premiados, a los artistas distinguidos. De esa manera alimentamos el pensamiento elitista de separar y discriminar tan grato a las dictaduras, en vez de unir y aglutinar.

Por eso ahora quiero escuchar mi propio balar, el de cada oveja sin importar el color. No busco que los Castro se sientan incómodos por ello, me interesa más que cada oveja berrinche a sus anchas porque uno nunca sabe qué alarido va a perdurar por los siglos de los siglos (si el de una ilustre o desconocida oveja), y, si esto molesta a los abusadores, les recomiendo jarabe de miel para endulzar la perreta.

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Sobre el autor

Jorge Luis Llópiz

Jorge Luis Llópiz

Jorge Luis Llópiz nació en 1960 en La Habana. En 1995 salió de Cuba rumbo a Estados Unidos y en el año 2000 dio a conocer su primer libro de cuentos, "Juegos de intenciones". Su segundo libro de narrativa corta, "Los papeles de Ventura" (2010), vio la luz diez años después. Otros libros suyos son la novela "Tarareando" (2011) y "El domador de ilusiones" (2013), otro cuaderno de cuentos. Reside en Texas, Estados Unidos.

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