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El adiós

El adiós

El adiós
noviembre 20
08:52 2014

Llegan al banco y se sientan, pero él no se acomoda, se mira las manos y ve que están sudadas, frías, más rosadas de lo habitual, entonces las frota en el pantalón, con fuerza, como si en lugar de secarlas quisiera limpiarlas, arrancarles grasa o fango, la mugre de su nerviosismo. Siente el sol en la espalda y respira hondo, tratando de relajarse, su mente busca desesperada un motivo para sonreír, una frase que, al ser pronunciada casi en un susurro, rompa el muro de hielo que los separa, pero pasan los segundos y esa frase mágica no aparece. Luego vuelve a tener conciencia del sol que le cae encima y pasea la mirada en derredor, por entre el follaje agujereado que los rodea, percatándose, con mal disimulado fastidio, que ha elegido el lugar equivocado.

―Vámonos para aquel otro banco de allá ―propone, y le indica el lugar con un movimiento de cabeza, sin atreverse a mirarla, manteniendo los ojos fijos en el próximo sitio.

Pero ninguno de los dos se mueve, sino que se mantienen allí, tostándose unos segundos más, esperando a que el otro dé el primer paso. El parque que los cobija atraviesa, junto al río, por debajo de un enorme puente de piedra con cuatro grandes arcos que de alguna manera atenúan, empujándolo hacia el cielo, el ruido de los automóviles que corren por su lomo en ambas direcciones. Bajo uno de esos arcos, el que les queda justo enfrente, hay buena sombra y habrá para rato, pero ese puente está demasiado lejos ―calcula sin darse cuenta― , a más de treinta pasos; e intuye que ya para ellos es imposible recorrer juntos esa distancia sin que, al menos uno (ella seguramente), desvíe su rumbo y desaparezca para siempre. De modo que propone ese otro banco, también de piedra sobre piedra, que está a mitad de camino.

―¿Vamos entonces? ―pregunta ahora  haciendo  ademán de levantarse primero, estudiando a su compañera de reojo, y tranquilizándose al comprobar que ella lo imita.

―Yo sigo pensando que esto es un error ―dice ella mientras lo sigue, arrastrando la vista por el suelo arenoso y cubierto de hojas secas―. Por lo menos innecesario. Bien pudimos habernos despedido en mi casa.

En su casa no hubiera podido ser, y los labios de él se tuercen en una mueca triste de persona incomprendida, porque esa casa estaba llena de parientes que lo detestaban, aunque ahora ella se empeñara en negarlo, en asegurar que ya todo había sido perdonado, prácticamente olvidado. Como si una familia en su sano juicio pudiera echar tierra sobre un tema tan delicado ―aunque sobre ellos recae la responsabilidad de no haber sabido manejarlo― y concerniente a su única hija, su única sobrina, su única nieta, la única hembrita entre tantos muchachos varones. En aquella casa ni pensarlo, atestada también de sus amigas (¿o enemigas?) que seguramente llevarían días despidiéndola, aconsejándola, diciéndole que se cuide de tipos como él, que mire que allá no es como aquí, recomendándole, sobre todo, que no sea boba ―aquí intercambiarían sonrisas cómplices con la madre, la tía o la abuela― y cuide a ese muchacho que Dios le ha puesto delante, que eso sí es un matrimonio serio y responsable, económicamente asegurado. En esa casa no podía ser de ninguna manera, ahora asediada durante la noche por esas enemigas (¿o amigas?) que le aconsejaban exactamente lo contrario, que no siguiera adelante con esa locura de largarse con ese comemierda que, en honor a la verdad, no se sabía de dónde había salido, porque a ver ―y esto lo dirían bien bajito para que no lo fuera a oír la madre o la tía o la abuela―, ¿quién le aseguraba a ella que ese tipo tuviera dinero de verdad y no fuera un comemierda del montón?, llamándole la atención, además, sobre los riesgos que corría, que allá no era como aquí que las tenía a ellas, allá estaría sola, sola de verdad. En fin, que en su casa ―suponiendo que lo hubieran dejado entrar― estaría bajo esos fuegos igualmente molestos, perniciosos en todo caso, a la larga contraproducentes.

Cuento perteneciente al libro “Siete historias habaneras”, que se presentará el próximo 14 de diciembre, a las cuatro de la tarde, en la sede del Miami Hispanic Cultural Art Center (111 SW 5ta. Avenida) que preside Pedro Pablo Peña, en el marco del primer Festival del Arte y la Literatura Independiente de Miami.

―En tu casa era imposible ―dice pues por decir algo, convencido de que ella lo sabía tan bien como él, pero temiendo permanecer callado y aburrirla, delatando así su indecisión, su falta de argumentos― ¿Quieres un cigarro?

Sus miradas se tocan un segundo antes de que la de ella huya hacia la cajetilla que él acaba de sacar del bolsillo de la camisa y le ofrece con mano temblorosa, fría a pesar del calor, aún sudada. La muchacha elige un cigarro al azar, se lo pone en los labios, y aguarda a que él haga lo mismo, después aporta sus dos manos para proteger la vacilante llama del encendedor que su compañero le acerca. En ese instante se vuelven a mirar. No hay duda de que son los ojos pardos más profundos, más bellos, que él haya visto jamás. Quizás por eso se casó con ella y no con cualquiera de las otras, tal vez fueran ellos, con esa expresión suplicante, tan persuasiva y sensual, los responsables de todo lo que había pasado, de lo que estaba por suceder, aunque ya ese futuro lo excluyera a él.

Los dos fuman ensimismados, levantando un poco la cabeza cada vez que van a expulsar el humo, como si estuvieran en un local cerrado y no en aquel lugar abierto en que la brisa lo dispersa en cuanto sale de la boca y la nariz, tiñéndolo de amarillo cuando atraviesa un rayo de sol.

―¿Entonces a qué hora te irías mañana? ―pregunta mirándole el perfil, de frente, ahora sin miedo― Me gustaría acompañarte al aeropuerto.

―Creo que por teléfono me dijiste que esta sería nuestra despedida ―responde ella sosteniéndole la mirada―. Allí estarán todos los que ahora están en mi casa y que tú no quisiste ver.

Entonces sus ojos se separan para contemplar a dos gorriones que luchan en el suelo por un insecto, entre las hojas y el polvo, mientras muchos otros les gritan desde las ramas cercanas. Ella cree saber lo que él está pensando, de algún modo inexplicable lo observa sin mirarlo, lo adivina con los ojos fijos en las aves, indiferente al cigarro que se gasta quemándole casi los dedos, recordando esa llamada telefónica de la mañana, cuando intentó probar fuerza, pero terminó cediendo, aceptando sus condiciones.

―Ahora mismo nos vemos en el Bar Revolución ―había dicho él en cuanto reconoció su voz.

―¿Quién me habla? ―preguntó ella confundida, un tanto soñolienta aún.

―Yo.

―¿Tú? ―quién otro podría ser. Su corazón pegó un salto y su mano intentó soltar el teléfono, pero la voz no se lo permitió.

―¿Pensaste que no me iba a enterar? ¿Te ibas a ir sin despedirte?

―Perdóname, pero mi viaje no es un secreto ―vaciló unos segundos que, del otro lado, a él le parecerían siglos, hasta que al fin dijo―. Ven cuando quieras, aquí te espero.

―¿A tu casa? No ―allí no podía ser.

―Entonces ya, nos despedimos ahora mismo por teléfono ―a ese bar, lleno de vicio, recuerdos de perdición, felicidad y miedo, no regresaría jamás.

―No, no, espera ―su voz sonaba desesperada―. Pon tú el lugar.

Ella entonces pensó un rato, durante el cual escuchaba perfectamente la acelerada respiración de él al otro lado de la línea, hasta que se decidió y, bajo el juramento de que esa sería la despedida, lo citó para aquel parque a aquella hora.

Todavía le gusta, siente que no tiene caso negárselo a sí misma, todavía lo ve y le tiembla corazón, se le eriza la piel, se le altera la respiración. Le gusta su físico, sus gestos, su manera de ser, sabe que bajo otras circunstancias nada de esto habría pasado; pues se hubieran conocido en otro lugar, persiguiendo otros intereses, no habrían tenido la necesidad de herirse mutuamente desde el primer momento, de pelearse y amarse siempre en público, delante de las otras, de los otros que también participaban de su relación.

―Está bien ―había dicho él durante aquel primer encuentro en el bar Revolución de Octubre, o simplemente Revolución, que le seguían diciendo así a pesar de que ahora, con la despenalización del dólar, le habían cambiado el nombre oficialmente por el de Restauración―. Yo me voy a ocupar de ti. Trabajarás con María hasta que ya lo sepas todo de este oficio ―hizo un alto para beber lo que le quedaba en el vaso, y cuando se le pasó la mueca que reflejaba en su rostro la quemazón de la garganta, concluyó:― Esta noche dormirás conmigo, tengo que conocer tus potencialidades ―y se alejó sonriente y bullanguero a saludar a un par de recién llegados.

Ahora, sintiendo un refrescante golpe de brisa en pleno rostro, casi sucumbe a la tentación de recordar aquella primera noche de amor puesto a prueba. Pero no se permite tal lujo, no con él tan cerca, tan solos los dos en ese banco de parque, rodeado de árboles frondosos e intimidad natural, sino que prefiere mirarlo y decirle:

―Aquí nos podemos despedir perfectamente y de manera civilizada. Como siempre.

Y él sonríe ante sus palabras porque sabe que son ciertas, porque entre ellos todo ha sido de la manera más civilizada, de acuerdo al último grito de la moda amatoria, como deben hacerlo en Londres y París, Nueva York y Venecia: Destilando orgullo y amor propio, ocultando las heridas bajo el deteriorado manto de la autoestima. Él, el gran gigoló de la zona del puerto, el amante por antonomasia, dueño y señor de las mejores mujeres de La Habana, de las más experimentadas a pesar de su juventud, de las más sanas a pesar del intenso trabajo, de las más fieles, a pesar de la traición de esta que ahora está a su lado y que pronto se marchará para siempre.

―Por un momento pensé que nuestro matrimonio funcionaría ― dice él totalmente desinhibido, como si hablara de otras personas―, que por estar dentro comprenderías.

Ya esta frase es más compleja y amenaza con transformar el fugaz encuentro de despedida en un largo diálogo sobre un terreno minado, convirtiendo esa cita de adiós en un tardío intento de reconciliación. Por eso ella se demora en contestar, tiene que pensar lo que va a decir ahora, pues hasta el silencio puede ser peligroso por su maldita capacidad de otorgar lo que se calla. Así que mantiene la vista fija en el juego que se traen sus dedos con el asa de su cartera de cuero y, cuando ya no puede esperar más sin correr el riesgo de que él vuelva a decir algo que complique aún más las cosas, dice:

―Yo también tuve mis esperanzas, pero todo fue un espejismo, hay elementos que no se pueden mezclar sin que estallen, el amor y el trabajo son un ejemplo ―y luego de una pausa―. Sobre todo cuando, como en este caso, el trabajo consiste en hacer el amor.

Él sonríe con tristeza porque sabe que ella no lo está mirando, y porque ya él, ahora que ella lo dice, había llegado también, aunque inconscientemente, a esa despiadada conclusión. Sonríe triste ante la certeza de haber errado el tiro, de haberse equivocado ante lo evidente y respecto a lo que más le interesaba. Precisamente él, el experto tasador de las amantes ajenas, no había sabido escoger a tiempo la mejor para sí mismo. Aquella enloquecedora y primera noche de amor, cuando le calibraba las potencialidades a la recién llegada, no reparó en los sorprendentes―por prematuros―destellos de esa gema que, en bruto, sin pulimento artificial alguno, solo a base de talento, imponía su calidad y brillo por encima de todas las bellezas que habían pasado por su sexo.

Cuando por fin vino la propuesta (por parte de él) y la aceptación matrimonial (por parte de ella), ya parecía ser demasiado tarde. Pues, aunque no se veían a simple vista, las innumerables rajaduras y el deterioro gradual de la superficie de contacto entre ellos, por el constante roce de tan abrasivo empleo, existían, y solo esperaban la oportunidad de un acercamiento a fondo, como suele ser el del matrimonio, para hacerse notar.

Él saca otro cigarro y guarda la cajetilla cuando ella rehúsa volver a fumar, le pesa enormemente lo que ha sucedido, pero en el fondo sabe que sus manos han estado atadas desde el principio. Atadas por veinte tonterías, es cierto, pero sin las cuales es imposible vivir en sociedad, o en ese entorno social que le ha tocado en suerte. Los motivos que lo condujeron a dar el paso estaban claros. Se había enamorado de una de sus prostitutas, la última en llegar y la más solicitada, y, por consiguiente, había comenzado a molestarle muchísimo que alguien, independientemente del precio que le pagara por ella, disfrutara también de esos paradisíacos placeres. La solución más a mano era entonces retirarla del mercado y hacerla su mujer. Y eso fue justamente lo que hizo, sin darse cuenta de que ya era demasiado tarde, que había clientes a los que no se la podía negar, que era natural y lógico que ella no quisiera hacerlo más, que se deteriorara como mercancía en la misma medida en que crecía como esposa. Ahora suelta el humo hacia el cielo arbolado que lo cubre y piensa que, en efecto, le exigió demasiado.

―Fui un bruto contigo ―dice y la mira―. Es la primera equivocación de mi vida, pero también la más costosa.

Ella no lo mira, sabe que sus ojos estudian ensimismados su perfil, pero prefiere contemplarse las puntas finas y brillantes de sus zapatos, asombrarse ante el chocante contraste que forman con ese entorno agreste y terroso en que se clavan o que intentan pulir con las suelas. Y le da la razón, pero también se culpa a sí misma. Se sabe o se cree culpable, no de haberse enamorado de él, sino de dejarse llevar por la estúpida vanidad de su belleza, por el orgullo de que la hubiera escogido a ella de entre todas las demás, culpable de haberse enfrentado a su familia y de recibir ahora el perdón sin el menor esfuerzo de su parte, culpable de estarlos traicionando en este instante al estar allí sentada con él. Sin embargo, también se siente redimida por lo que cree ser una respuesta sincera a su propio corazón. Ella se enamoró ―cree estarlo todavía― y luchó cuanto pudo por salvar la relación, no pudo ser, y esta era la hora de borrar y comenzar una nueva cuenta.

―No te preocupes, hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance ―la voz le sale tranquila porque acepta su derrota o su perdón. Mira a su compañero y le sonríe por primera vez―. El día que nos casamos sabíamos a lo que nos enfrentaríamos y aún así aceptamos el reto.

Suelta el cigarro lejos con un enigmático movimiento de dedos, consciente de que ella tiene razón, pero sabiendo además que esa razón no curará su pena. Aquella noche de Luna de Miel, recuerda ahora, entre caricia y caricia, había quedado planteado ante ellos un reto que, sobrevalorando sus posibilidades, habían considerado fácil de superar, creyéndose capaces de renunciar a muchas otras cosas en virtud de aquel sentimiento tan profundo y sincero que los agobiaba y seducía por igual.

―Fui un estúpido al permitir que mi sistema de vida, que ese trabajo de mierda, con sus absurdos compromisos, me separara de ti.

Y había seguido acostándose con las recién llegadas, exigiéndole a ella ―aunque a él mismo le doliera― que pasara las noches con tal o más cual cliente de determinada importancia, que eso no cambiaría nada. En eso no había engaño, era de mutuo acuerdo, como si fueran actores de cine. Ahora tenía que soportar que se hubiera casado con uno de esos clientes y que se fuera a vivir a su país, bien lejos de él y para siempre.

―No vale la pena seguir machacándose por lo que no tiene remedio ―lo interrumpe ella como si le adivinara el pensamiento―. Eso también quedó claro el día que nos divorciamos.

Y lo recuerda presente el día que se volvió a casar, ahora con el europeo que había pagado por ella. Se mantuvo distante, discreto, fingiendo indiferencia, hasta cierta alegría que, como ella, estaba muy lejos de sentir. Ya había habido, desde el divorcio, determinada reconciliación con la familia, o, por lo menos, un pacto de no-agresión, así que no hubo escándalo, sino un intercambio mental, solo en el ámbito de ellos dos, de pena por lo que no pudo ser salvado, por lo que tendría que venir ahora: La separación definitiva.

―Me parece demasiado pedirte una segunda oportunidad ―dice él más que nada para quedar bien consigo mismo, como para luego no tener otra cosa más por la que culparse, sin siquiera pensar que ella fuera a aceptar semejante idea.

―Ya basta, creo que mejor me voy ―dice ella y se pone de pie, como si hubiera estado esperando esa frase para terminar de una vez aquella despedida. Siente que en sus ojos se han empezado a acumular las lágrimas y, por eso, sin mirarlo, se cuelga la cartera en el hombro izquierdo, demorándose más de la cuenta para dar tiempo a que él la siga.

Y, en efecto, él la sigue, se pone de pie sin protestar, con el ánimo deshecho, y echa a andar junto a ella. Se alejan despacio por ese mismo sendero de grava que los trajo. La tarde ha ido cayendo y, en su descenso, el sol le ha dado espacio a una brisa sombreada que invita a desnudarse y yacer sobre la yerba fina del césped que bordea el sinuoso camino, bajo los sauces y algarrobos forrados de largas enredaderas de nombre desconocido. Avanzan en silencio, ella esperando que de un momento a otro él le coja la mano, y él seguro de que ella se desviará en el primer entronque de ese trillo angosto, ruidoso al pisar, y desaparecerá de su vida.

Sobre el autor

Augusto Gómez

Augusto Gómez

Nacido en 1970, graduado en Lengua y Literatura Inglesas en 1993, y librero en las calles de La Habana por más de quince años, salió de Cuba en el 2008. Realizó algunas traducciones para la editorial española Renacimiento, entre las que cabe destacar “Memorias de Arthur Conan Doyle” como la más importante. Toda su producción literaria --dos novelas inéditas y varios relatos-- data de finales de la década de los noventa y los primeros años del 2000. Reside en Miami.

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2 comentarios

  1. Yo
    Yo noviembre 25, 10:33

    Me encanta su manera de redactar y recrear sentimientos y emociones aun cuando a propósito, deja mucho por decir, dejándonos puestos a imaginar. El tema desgarrador, el desencuentro y el punto de no retorno en cámara lenta, convierten este cuento en una vivencia para el lector.

  2. Tony Cuartas.
    Tony Cuartas. noviembre 25, 21:27

    Saludos.
    Gracias mi amigo por darnos este disfrute de narracion y enfoques sicologicos, asi como la tecnica empleada. Que estas lecturas no sean esporadicas deben ser fluidas para seguir saborear esta evocacion de desarrollar un proposito esquisito. Gracias nuevamente.
    Chao.

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