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El alma de las máquinas

El alma de las máquinas

febrero 06
15:57 2013

Parafraseando al filósofo William Leibniz, nuestro Universo fue uno de entre una cantidad infinita de posibles universos, y en el mismo un mínimo de leyes ha llevado a una máxima diversidad de resultados. Leibniz ayudó a promover los dos movimientos excepcionales de la era computacional en la cual vivimos: su máquina de calcular, que inauguró la mecanización de la aritmética, y su cálculo lógico o calculus ratiocinator, que “aritmeticó” la lógica conduciendo al simbolismo universal donde las verdades racionales se reducirían a un tipo de cálculo.

Su cálculo aritmético, basado en la notación binaria —la cual acreditó a los chinos— tenía sólo dos signos, el 0 y el 1, al igual que la notación de los lenguajes de los programas computacionales, capaces de representar con ellos a todos los números. En 1679 Leibniz concibió lo que puede llamarse una computadora digital, en la cual podrían representarse los números binarios, exactamente en la forma que trabajan los microprocesadores electrónicos.

¿Pueden las máquinas calcular? ¿Pueden las máquinas pensar? ¿Pueden las máquinas adquirir conciencia? ¿Pueden las máquinas tener alma?, se preguntaba Leibniz, quien creía en la aritmetización del pensamiento. Para él, todo lo que podía hacer el cuerpo humano o animal era tan mecánico como el reloj. Por eso discrepaba con la posición del filósofo inglés Thomas Hobbes, el cual lo reducía todo a meros mecanismos, incluso a nuestra conciencia y a la existencia. Sólo resta decir que los comienzos de la lógica contemporánea se iniciaron con Hobbes, cuando estableció que la lógica y la computación digital abrazaban los mismos principios. Su aritmética binaria y sus cálculos de lógica, junto a la noción vaga sobre la razón y las funciones matemáticas, en la actualidad son ejecutados por calculadoras y computadoras a una velocidad infernal, millones de veces por segundo.

En esta clasificación de ideas, teorías e intentos pre-computacionales habría que incluir al hombre-máquina del olvidado filósofo bretón Julien Offray Le Mettrie, a los trabajos del pensador francés Blaise Pascal y los del Doctor Illuminatus, el mallorquín Raymund Lull; y en el siglo XIX especialmente las ideas del matemático inglés Charles Babbage, que, ocupado en un proyecto llamado “Ingenio Analítico”, comenzó a emplear términos como “almacén” y “fábrica”, que investigadores posteriores, como el prodigioso matemático húngaro John von Neumann (1903-1957), antropomorfizarían más refiriéndose a “memoria” y entendimiento.

El investigador de la electrodinámica, el francés André-Marie Ampère, en sus Ensayos sobre la filosofía de las ciencias, fue un proponente del telégrafo electro-magnético; asimismo, se anticipó a las ideas cibernéticas de Norbert Wiener, quien un siglo después reinventó la terminología de Ampère y la filosofía de Hobbes en su actual proyección electrónica. En 1841, la genial matemática Augusta Ada Lovelace —hija del poeta Lord Byron— diseñó en teoría una maquinaria analítica capaz de combinar símbolos generales en sucesiones de variedades y extensión ilimitada, como un idioma poderoso para el futuro uso del análisis. Augusta  proponía una computadora digital con un programa, apta para almacenar información. En 1870 el fisiólogo y antropólogo agnóstico Thomas Huxley anunciaba que el humano llegaría tarde o temprano a lograr una máquina consciente equivalente a sí mismo.

Mientras Leibniz y sus legatarios soñaron con un código universal que posibilitase los cálculos de todas las verdades, el matemático Kurt Gödel demostró que un sistema tan simple como de las aritméticas ordinarias nunca podía completarse. Esta reconsideración de los principios de las matemáticas aconteció simultáneamente con una revolución en la física, eventos que en el siglo XX transformaron nuestra percepción del mundo.

Sobre el autor

Juan F. Benemelis

Juan F. Benemelis

Juan Benemelis (Manzanillo, 1942). Diplomático, historiador y ensayista. Ha publicado más de una veintena de libros centrados en diversas temáticas, que van de lo científico a lo histórico. Entre ellos, "Las guerras secretas de Fidel Castro", "Castro: subversión y terrorismo en África", "Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica", "De lo finito a lo infinito", "El Corán y el Profeta", "Islam y terrorismo" y "La memoria y el olvido". Reside en las afueras de Miami.

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