Neo Club Press Miami FL

El alma y el sueño

El alma y el sueño

julio 24
01:02 2012

 

1-0_aaaaa_razon_y_suenosLos textos de mi amigo Ángel Rolando (Velázquez Callejas) son inspiradores, excelentes para debatir ideas que van desde lo político y social hasta lo poético filosófico. Lo que más agradezco de ellos son la espontaneidad y autenticidad con que se muestran, además de los vericuetos de honduras que descubren. De hecho, tengo que expresar mi fascinación por esos temas suyos y la facilidad in crescendo con que Ángel Rolando teoriza, de una manera que bordea verdades que parecen decirme lo suficiente como para estimularme a escribir de esos mismos tópicos que también me propongo hacer míos, y que en verdad lo han sido siempre aun cuando diametralmente opuestos. Tópicos que él desarrolla muy bien, pero que en realidad en momentos se distancian de mis esenciales consideraciones.

En mi criterio, lo que sucede es que mi amigo basa sus presupuestos en el practicismo de una sola realidad, que a mi modo de ver —quizás estuviera equivocado, digo— es una realidad a medias; sus planteamientos son solo la parte de lo que yo considero la Realidad mayor (con mayúscula; una dimensión generatriz que va desde lo visible, físico y corpóreo a lo invisible, imaginario y espiritual).

Lo que quiero significar es que en el trasfondo de sus conceptos (los de mi amigo) subyacen los resultados o proyecciones de una única realidad: la cara física o corpórea, pragmática y exclusiva de esa, su realidad, que hasta donde yo me he podido percatar, al menos por ahora, para nada contempla el sentido de que el alma pueda existir por sí misma, como un algo más allá de la conciencia. (Y hablo entonces del inconsciente, o mejor, de un algo que aún no se manifestaba como inconsciente, cuando en su era primitiva se encontraba en un estado colectivista, para más bien decir, en un estado de conciencia tribal —no era “inconsciente” aún, a mi modo de ver—, y que en algún momento de los orígenes, por una razón misteriosa, al menos todavía no clara y ampliamente explicada, se convirtió en un freno al libre albedrío del ser humano. Por lo que entonces se hizo necesaria la fragmentación, la diversidad del yo individual o surgimiento de una conciencia personal, propia, individual, con el propósito de superar aquella etapa de homogeneidad insoportable, de sonso colectivismo, que se sustentaba al modo de un estancamiento).

Si bien es innegable la existencia cierta de esa realidad corpórea de la cual parte Ángel Rolando (ya que por ello y gracias a ello es que ahora yo puedo escribir este texto), a mí se me ocurre ver la Realidad con mayúscula por estar compuesta de dos caras como la Luna, digamos: un rostro visible, el que vemos y conocemos, y el otro oculto, donde entre tantas cosas se encuentran las dimensiones del inconsciente, la imaginación de la Imago, el alma y el aspecto complejo de los sueños.

Por eso aquí, desde mi punto de vista muy particular, intento dar mis intuiciones sobre el alma y los sueños no a modo de discrepancias radicales, y mucho menos antagónicas, en contra de las concepciones de mi amigo, sino a manera de una armonía de contrastes en los que se debaten en buena lid interesantes consideraciones. Y al mismo tiempo aprovecho la provocación de sus escritos para inspirar mis disquisiciones. Tal vez así, la luz se haga al final de este laberinto de los sueños y del alma, y podamos ambos salir de él más fortalecidos.

En otro sentido, aclaro que me basaré en Carl Gustav Jung para partir en mucho de ideas que este sabio de la psiquiatría y de lo irracional puso de manera eminente en la palestra científica alrededor de la primera mitad del siglo XX. Sus concepciones alumbraron el camino de la siempre compleja ciencia de la mente humana y crearon nuevas perspectivas que, en mi humilde y nada especializado juicio, aún son válidas y pueden sustentar sólidamente mis intuiciones por muy extrañas que parezcan.

Una aclaración más sería la de insistir en que escribo de estos temas por pura intuición y placer, y porque asimismo dejo escapar estos supuestos que provienen desde lo más remoto de mi inconsciente; ideas que muy bien podrían parecer carbones encendidos que —de la hoguera lejana del inconsciente— han pasado a mi conciencia para fraguar, ahora, un fuego más nítido en mi vigilia.

1

El despertar de la conciencia fue el verdadero surgimiento del “yo”, la fragmentación de ese colectivismo, que a partir de ahí se constituyó en atraso. Sucedió cuando —en fecha indefinida— nació el primer individuo que enarboló sus propias decisiones, su nueva conciencia y su personal libertad. Y de hecho comenzaron las luchas, a veces armónicas, y otras antagónicas, entre ambas formas de conciencia. La primera (según mi interpretación de Jung), la colectivista, cuando todo era igual y se degeneraba el Paraíso en el aburrimiento de Lo Mismo. Fue en ese tiempo que el Todo se desdobló de consciente a inconsciente colectivo, no pudiendo evitar que la novedosa forma de conciencia fuera la del individuo. De aquí que la pasada conciencia de igualdad ahora se constituyera en inconsciente colectivo, pues tuvo que ocultarse o enmascararse en una especie de almacén de arquetipos, mitos, sombras y originalidades, y así quedar escondido, desde entonces, en nuestras remotas regiones de la mente.

Para comenzar cito a Jung en su mencionado libro Realidad del alma, cuando en una de sus sorprendentes revelaciones dice lo siguiente:

“El sueño es la pequeña puerta escondida en lo más íntimo del alma, que conduce a aquella noche cósmica que ya era alma cuando todavía faltaba mucho tiempo para que existiera la conciencia del yo, y que continuará siendo alma en unos límites que nunca alcanzará la conciencia del yo”. (Ob. cit., pp. 46-7)

Me sumo entonces a este trazado que es para mí un acierto, complementario de muchas otros supuestos que me he formado y que también me han llegado de mis sueños más remotos.

Asimismo algo que quiero explicar es lo siguiente: todos tenemos ese inconsciente colectivo que, supuestamente, ha confundido a muchos que estábamos naturalizados por una igualdad del Ser (me refiero a los primeros tiempos de la humanidad); y hasta cierto punto era verdad… pero ya no. Cuando irrumpió el yo, el individuo, es decir, la conciencia, el ser humano sin saberlo dejó de “mentalizar los sueños”, porque estos se transformaron en mitos, arquetipos y sombras de los orígenes. Hecho que me advierte de que se independizaron el uno del otro; o sea, que se creó la diferenciación entre el alma, los sueños y la “conciencia del yo”.

Y es entonces que los sueños se convierten en la “pequeña puerta”, como dice Jung, el camino para emprender el viaje nocturno diariamente hacia las regiones del inconsciente donde de alguna manera y en alguna medida (y esto ya no lo dice Jung) se encuentra el reino de Imago.

2

La Imago (para mí el reino y súmmum de la imaginación) ocupa una parte muy importante del alma, por lo que hace que esta no tenga una misma forma definida (hay que recordar que cada persona tiene su propia alma, y cada una de ella —como la persona misma— es única; es decir, todas las almas son mutuamente distintas). Pero quedó lo original del Paraíso en espera de su renovación, la posibilidad del nuevo Edén apuntando al final de todos los tiempos en el destiempo de Omega. Por ello aún el Alma (que no es el Todo, pero como si lo fuera) encierra múltiples formas en sí misma; y en su realidad imaginaria se acopla a las infinitas imaginaciones que pueda albergar. Estas son características que, al tiempo de darse en todas las almas, asimismo —paradójicamente— son diferentes unas a otras. Es curioso además que biológicamente todos los seres humanos, a pesar de tener la igualdad de ser “humanos”, somos al mismo tiempo diferentes. Lo que me daría la probabilidad de acercarme quizás a entender un poco de que el hecho igualdad-diferencia en lo físico y biológico podría muy bien depender de la igualdad-diferencia de las almas. Pero esto sería otro asunto a tratar.

Lo que sí me interesa ahora es reconocer que el conjunto universo del Alma/las almas hace que el ser (humano), como parte del Ser, exista en una relación dinámica y progresiva de Unidad – Diversidad – Diversidad – Unidad – Unidad – Diversidad, y así sucesivamente hasta el infinito de Omega.

3

El alma trata siempre de unificar al “yo”, de hacer que el individuo se sumerja en su dimensión. El “yo” se resiste, pero si es un “yo” racional, con inclinación a la curiosidad del “ergo proteico” (que surge dentro del ego racional, cuando este demuestra una postura altamente positiva hacia la comprensión de la existencia del alma), se dejará seducir por el alma y disfrutará (aun cuando ello pueda significar un sufrimiento placentero, masoquista, digamos) del hecho muy real de abrir cada noche la puerta del sueño e internarse en las imaginarias, terribles, lujuriosas y fascinantes etapas de lo onírico.

Por tanto, a mi modo de ver, el sueño no es un lugar, sino un camino, un proceso; es el viaje en sí mismo que haces ya dentro del alma que también envuelve al inconsciente colectivo de una humanidad primitiva que como algo del Uno quedó en ti, aun cuando te convertiste en el “yo” individuo, y te separaste de la unidad y pasaste a formar parte de la diversidad. Esta fragmentación es una fase superior de aquella vida de igualdad primitiva que teníamos en los orígenes. Como afirma Jung:

“En el mundo primitivo de los hombres existía una especie de alma colectiva en lugar de una conciencia individual, la cual solo surgió al llegar la humanidad a grados superiores de su desarrollo”. (Ob.cit. p. 37)

Pero antes de este “desarrollo”, todo era “igual”. Había una sola Alma para todos (esto lo dice Jung); todos pensábamos iguales; todos teníamos los mismos gustos y el mismo aburrido placer de que cada cosa tenía que ser así de igual a la otra. Cualquier evento extraordinario suscitaba el resquemor, la condenación y el pecado. Por eso las sociedades primitivas eran incapaces de avanzar dentro de la existencia corpórea e imaginaria del ser humano (y esto se supone lo debió pensar también el extraordinario psiquiatra que fue Jung).

4

Realmente el sueño —como lo narrativo— tiene dos facetas: una al modo de un proceso, un movimiento o acción, y por ende: energía; y otra faceta como historia, anécdota, fábula y símbolo (esto último muy importante por cuanto es un enmascaramiento del significado de algo que viene de los orígenes).

La primera de ellas (el proceso) tiende a ser un movimiento en línea pero a veces también es dislocado; quiero decir, hacia adelante y hacia atrás y viceversa; y hacia los costados (digresiones), en lo que se traduce como la irrupción de una supuesta nueva historia dentro de aquella en la que se viene soñando.

En el sueño, como proceso, lo que mueve la historia es la fuerza de la agonía, esa energía que viene de un impulso mayor que existe dentro y fuera del ser humano y que yo la llamo ámbar. Es un impulso (el ámbar) abarcador de la vida que está —misteriosamente— borboteando siempre en espiral pero hacia adelante dentro de la Realidad Viviente.

El ámbar se mueve a veces en una forma aparentemente caótica… pero nada menos cierto; o sea, no es así, es solo apariencia. Es como un supuesto movimiento browniano, aleatorio, fortuito o del azar, pero que en última instancia va hacia adelante, que desde una esencia compleja organiza la historia del sueño en función de un significado o varios significados.

De aquí que en su mayoría, el sueño como historia tenga la apariencia de una locura, una sinrazón (¿pero cuántas sinrazones al final de un estudio, de una interpretación o de un período de tiempo se traducen en las “razones del corazón” —Blaise Pascal—, por haber sido intuiciones o presentimientos?). Sin embargo, puede no haber tal sinrazón cuando ocurren sueños aleatorios y tangenciales a la historia principal que se ha estado soñando, porque en realidad el movimiento del ámbar termina siempre cumpliendo con un significado (que por esa espontaneidad y naturalidad del sueño resulta ser un significado importante). El concepto está oculto en los símbolos y arbitrariedades de los sueños.

Pero lo que más me ocupa decir es que el proceso, la historia y el significado de los sueños puede ser un llamado (una atracción como de imán) que nos hace nuestra alma a través del inconsciente. Es hasta cierto punto, un sentido colectivista —del más remoto y sano colectivismo divino que quizás tuvimos— cuando nuestra alma no era individual, sino que pertenecía y era el Ánima Única (o digamos mejor: el Ánima Mundi)… Después de la fragmentación, cuando surgió el individuo, repitámoslo, después del surgimiento de la conciencia del yo, nuestra alma individual aspira a reunirse con esa Ánima (o desdoblamiento del Todo), pero ya de una manera más evolucionada, un Ánima Mundi muy desarrollada, superadora de muchos trances de la estupidez humana; un Alma en Cosmogénesis  que, en su profundidad (de experiencias, comprensión y sentimientos), se encaminaría hacia el Espíritu en Omega.

5

Nadie que no se conozca a sí mismo puede conocer a otro. Y en cada uno de nosotros hay también un “otro” que desconocemos. El “otro” nos habla a través del sueño y nos comunica de cuán diferente manera nos ve en comparación a cómo nos vemos nosotros. (Jung, ob. cit. P. 58)

Realmente podemos aprender mucho de Carl Gustav Jung, este psiquiatra y ensayista que hizo historia; agradecer sus escritos, esa mano que empleó para abrir la hermética puerta de la irrealidad. Es sorprendente saber que dentro de uno mismo hay un camino extraordinario hacia la infinitud. Pero tan importante como esto es también darnos cuenta de que en ese camino interior hay alguien que puede ser nuestro propio guía. Ese “otro” es quien nos lleva de la mano por las noches del sueño (o por el sueño de las noches. Es la mano de Virgilio que lleva a Dante del Inframundo hasta la Gloria). La noche aquí no es la exterior, sino la penumbra en que comenzamos nuestro viaje y búsqueda interior.

No hay mayor conocimiento que el conocimiento interior, el conocimiento del alma, pues esta es la única que enlaza a toda nuestra forma corporal, repleta de necesidades biológicas y materiales, en general, con el divino mundo de los orígenes, que por alguna razón misteriosa dejó de ser perfecto, y se convirtió en nuestro punto de partida (caída), y en el cual andamos todavía pero ya tratando de evolucionar (ascenso), gracias a “los poderes del alma, que superan en mucho a todos los grandes poderes del mundo” (Jung, idem, pp. 58-9).

Si cuento con el “otro” que me estimula a seguir y, de alguna manera, me hace comprender que no estoy solo, es porque el alma, también de alguna forma, es ese “otro” aun cuando lo rebasa. Y claro, esto se advierte cuando ya el ego racional que tenemos ha avanzado lo suficiente para dejarse transformar por el alma en un estado de “ergo proteico”. Es entonces que el “otro” me ayuda a resistir y hasta luchar contra los embates del mundo exterior. Una manera de conocer al “otro” y, de hecho, conocerse a sí mismo, es a través del proceso de los sueños. Al menos, al despertar cada día, aun en la incomprensión de lo que vivimos en la noche del sueño, nos queda —si estamos abiertos al mejoramiento intelectual y humano— el sabor de alguna enseñanza que tuvimos; enseñanza que a través del sueño se nos quedó guardada en el inconsciente y que, como quiera que sea, nos va a propiciar mejores sentimientos ante la vida. Y esto es un impulso en nuestra evolución.

6

Cuando un autor como José Lezama Lima llega a realizar un sistema basado en las imágenes, basado en la posibilidad poética de la Historia del Mundo, ese ser humano que fue Lezama trascendió en sí mismo. No porque haya descubierto y dominado el súmmum del Logo, sino porque él, en su particular manera de concebir su viaje evolutivo, logró dejarnos más que una dimensión de conocimientos, sí, logró dejarnos una dimensión de sentimientos bellos, de sentidos sonoros y gráficos mediante la palabra, con la cual no nos da sus propias imágenes para que pensemos y sintamos a lo Lezama, sino para propiciarnos la posibilidad de crear nuestras propias imágenes de todo el universo potenciado en mí mismo, digo, en la potenciación que me hace tener mis propios sueños.

Lezama, así como Virgilio Piñera (diametralmente opuesto a él en sus concepciones conscientes e inconscientes), como Søren Aabye Kierkegaard (con su filosofía del sufrimiento y de la angustia),  Friedrich Nietzsche (con su eterno retorno), Gastón Bachelard (con su fenomenología de la existencia poética), como todos ellos entre todos los intelectuales que en el mundo han sido expresando los infinitos caminos del viaje hacia la noche; del viaje de los descubrimientos y de los incesantes aprendizajes hacia adelante; todos los clásicos y aun los desconocidos, repito, todos, han sedimentado la objetividad de la trascendencia con sus obras, con sus libros físicos y ahora electrónicos, para hacernos saber que su pensamiento es real: imaginario y espiritual pero real. Y que cada uno de estos creadores se constituye en un cúmulo de sueños (tanto en lo particular para ellos, como asimismo en lo personal para nosotros que, en mucho, por ellos soñamos).

No se puede entonces dejar de creer en la Realidad (de la experiencia y de los sueños). Una Realidad de ambas dimensiones, que nos habla de la confianza en lo anterior, que nos dice de los puntos de partida que hemos tenido en la humanidad; que podemos negar lo que por sí mismo pasa a ser superfluo pero no lo trascendente, lo que de muchas maneras golpeó el momento de su época… Demos entonces el puñetazo sobre la mesa de los escribas, amigo mío, pero no obviemos ni neguemos la historia del conocimiento material ni, nunca jamás, la existencia real, hermética e histórica del alma y de los sueños.

Sobre el autor

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías, escritor, investigador literario y periodista cubano, ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1992, y en el año 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, “Retablo de la fábula” (poesía), “Valoración múltiple sobre Andrés Bello” (investigación), “El jaguar es un sueño de ámbar” (cuentos), “Marja y el ojo del Hacedor” (novela) y “La noche del Gran Godo” (cuentos). Reside en California.

Artículos relacionados

0 Comentario

No hay comentarios

No hay comentarios, escribe el tuyo

Escribe un comentario

Escriba un comentario

Armando de Armas en el Festival VISTA:

Letras Online

LA REVISTA INTERACTIVA DE NEO CLUB PRESS
  José Hugo Fernández

Una trompetilla, eso es la libertad

José Hugo Fernández

  La trompetilla se fue de Cuba. Su ausencia representa para nuestra gente lo mismo que representó la retirada de los cohetes soviéticos para el régimen. De pronto, ya no

0 comentario Leer más
  Ángel Santiesteban

La Parca merodea

Ángel Santiesteban

  A la abuela se le ha hecho costumbre mantener la vigilia en las madrugadas. Espera impaciente en la oscuridad porque de todas maneras quedó ciega por la diabetes, y

0 comentario Leer más
  Nilo Julián González

Querido padre

Nilo Julián González

                si dejara de buscar el asombro de todo y del mundo si dejara de ver con sanidad con este es mi cuerpo

0 comentario Leer más
  Yosvani Oliva

Tenga cuidado la noche

Yosvani Oliva

                Ándese sobreavisada la noche tan permisora de este bufón aburrido buscando quien lo contente. Trastoca las prioridades y a quemarropa dispara estrellas

0 comentario Leer más
  Baltasar Santiago Martín

¿Suicidio?

Baltasar Santiago Martín

  En memoria de Juan O’Gorman             No entres al río con los bolsillos llenos de piedras como hizo Virginia; antes que suicidarte, arrójale las

0 comentario Leer más

Lo más reciente: